Mauro da la bienvenida a Clarín y muestra su pequeño paraíso, como lo presenta. Es el departamento que alquila en Chacarita desde principios de año. Hay un colchón en el living que hace de sillón y una mesa con varios libros de Sabato, autor con el que hoy, dice, se siente contenido. Escucha música seguido y no hay televisor. No le hace falta. «¿Te gusta? Es un lugar tranquilo, austero, es donde me estoy reconstruyendo».
Mauro Sosa (39) es entrerriano, de Gualeguay, pero vive hace más de veinte años en Buenos Aires, una ciudad que lo alejó del infierno familiar, pero a la vez lo sumió a otro infierno, cuando cayó en las drogas, a las que -en un principio- creía dominar, pero lo terminaron llevando a las satánicas fauces del monstruo.
«Acá vivía un amigo de mis pagos, lo estaba alquilando, y unos meses antes de irse, en septiembre pasado, me dijo: ‘Ahorrá unos mangos, te va a venir bien, no es caro’. Yo estaba en un CIS en Once, y me puse las pilas para juntar la guita. Llevaba casi dos años en el centro y sentía que era una oportunidad para despegar».
Se refiere a un Centro de Inclusión Social, de los que hay más de 60 con 5.000 plazas para dormir y son administrados por el Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat porteño. Mientras habla, Mauro ceba mate y prepara con paciencia un cigarro distribuyendo el tabaco con suma prolijidad sobre el papel extrafino. «Es el único vicio que me queda por dejar, no es fácil, pero sé que lo voy a lograr».
El silencio acompaña, un silencio que no incomoda. «Este lugar es mi punto de partida hacia una vida normal, digna, y lo tengo que defender como sea. Saber eso viendo de dónde vengo es un montón, porque yo hoy estoy aquí, hablando con vos, pero podía no haber estado», comenta poniendo puntos suspensivos. Tuve pensamientos suicidas muchas veces…». Prefiere no ahondar. «Aprendí a orar y me me ayudó aprender a acercarme a Jesús».
Se le pregunta sobre el alquiler, si se hace cuesta arriba: «Puedo bancarlo, pago 700 lucas, no hay expensas y tengo dos trabajos, uno en la ONG Mujeres por la Nación, donde soy chofer, y los fines de semana en un CIS de Av. Rivadavia, donde ahora soy yo el que trata de dar una mano a personas que eran como yo», desliza con una leve sonrisa.
Huir del (primer) infierno
Una vez terminado el secundario, Mauro se fue de Entre Ríos y se vino a la capital. Más que un viaje fue una huida. «Me vine solo, con 18 años. Me escapé de mi casa, era un inframundo de violencia ese lugar. Mi viejo cagaba a palos a mi mamá y a mí. Me comí varias palizas, para él era algo normal, rutinario… yo no soportaba más. Y una tía que estaba en Buenos Aires me abrió sus puertas y me protegió de ese espanto. Tuve la lucidez de salir de ese lugar, calculo que fue un instinto de supervivencia».
Empezó a trabajar Mauro, primero en un lavadero de autos y después en empresas con relación de dependencia, como en una compañía de salud. «Me iba a bien, al principio, ganaba mi plata, me alquilé un depto, estaba de novio… Me gustaba la noche, la joda y empecé a fumar marihuana. Cada vez más y me producía mucha colgadez, estaba en cualquier, y en Buenos Aires no se puede estar así de colgado, te liquida, pero yo seguía en la mía. El faso me bajaba los decibeles».

Al Mauro que vivía en Buenos Aires lo atormentaba su infancia y adolescencia en Gualeguay, donde la casa donde creció resultó un martirio. «Eran muchos sentimientos, el dolor, la bronca, la impotencia, la culpa, todo me golpeaba, estaba vulnerable. Sólo me desconectaba en el trabajo y, después, con los viajes de marihuana. Pero como siempre tenía algún canuto, de la marihuana pasé a la merca y empecé a darle con todo a la cocaína».
Recuerda esos trips como «momentos de sosiego y paz mental. Miraba la vida de otra manera, pensaba menos y me mantenía lejos de los tiempos de dolor y frustración de mi adolescencia en Gualeguay. Ese efecto que me producía, entre placentero y amnésico, me hacía no parar, estaba en un estado de fiesta constante, dándole sin pausa… Yo creía manejar la situación y hasta podía caretearla en el laburo, al menos un tiempo, después calculo que se debieron haber avivado».
Entre sus 23 y 32 años, calcula, Mauro estuvo perdidísimo. «La droga me volteaba, pero yo no me veía, no me daba cuenta, es más, yo pensaba que estaba bien, pero en realidad era un derrotado total de la vida, incapaz de pedir ayuda. Apagado, alejado, sin amigos, sin deseos, era un ente, un fantasma. Los que sí me veían, unos pocos, trataron de ayudarme pero no sabían cómo, no tenían herramientas. Y yo no me dejaba ayudar… era un omnipotente absoluto».

Por qué cree que cayó en la droga, se le pregunta a Mauro con prudencia. «Tal vez no hay un solo motivo. Fue un conjunto de malas decisiones que tenían que ver con no poder hablar ni mirar a los ojos, tampoco afrontar un tema o resolver un problema. Yo arranqué como algo recreativo, pero seguí sin pausa y con el tiempo me di cuenta que había muchas cosas más… Cuando quise reaccionar, estaba hundido en un barril de mierda. Tuve pensamientos suicidas varias veces y maldecía no tener una cuerda para terminar con todo. Quería ahorcarme, colgarme, no cortarme las venas, ni tirarme bajo un colectivo».
Enciende otra vez el cigarro, mete dos pitadas y luego renueva la yerba y arranca la ronda de mate. Hay un poco de silencio. Mira al cronista buscando empatía ante semejante apertura. La encuentra. Repite que «lo más jodido, pero también lo más importante de todo es saberse derrotado y tener que pedir ayuda. Es lo último que adictos como yo quieren aceptar». Y un día, el llamado de su mamá Teresa, desde Gualeguay, encontró una vulnerabilidad inesperada.
«¿Cómo estás hijo? Contame, decime la verdad», escuchó Mauro del otro lado de la línea. «En ese instante, mientras hablaba, me topé con un espejo y lo que veía no lo reconocía… Te confieso que me asusté por primera vez… ¿Qué vi? Un pibe abandonado, muerto en vida… Ahí me aflojé y le confesé a mi vieja por primera vez que necesitaba ayuda, estando así es jodido pedir ayuda. Y ella no se borró: agarró sus ahorros y me pagó una terapia contra las adicciones que fue durísima y muy costosa».

El tratamiento «de limpieza» lo realizó en un centro psiquiátrico en San Telmo y le llevó cinco años, entre 2017 y 2022. «Lo que sufrí en los primeros tres meses no se lo deseo ni a mi peor enemigo, pero pude y si pude yo, puede cualquiera. ¿Qué recuerdo? La charla de la bienvenida cuando uno psicólogo nos dijo: ‘Mírense unos a otros, véanse las caras… De este grupo de diez personas, se van a recuperar dos’. Me acuerdo que en ese momento a mí y a todos se nos encendió el instinto competitivo».
Prosigue Mauro con voz templada y pitando su cigarro. «Todos ahí coincidíamos en que lo más difícil era pedir ayuda. Por supuesto que hubo que viajar al pasado, remover la podredumbre y contar qué vivencias pudieron llevarnos a las drogas. Aparecieron historias tremendas de violencia infantil, abusos, familias rotas». Mientras hacía «la limpieza», en paralelo, trabajaba y alquilaba. «Dormía en mi casa y cada dos semanas nos hacían análisis de sangre y orina. ¿Si temía caer en tentaciones? Cuando uno va a estos centros de rehabilitación, la decisión es firme, uno acude en busca de auxilio porque ya no das más…».

El tratamiento, además de desintoxicar «te lleva a chocarte con la realidad y fue duro, porque empezás a darte con un caño por el tiempo de calidad que tiraste a la basura, por las relaciones que hiciste mierda. Yo perdí diez años, casi el 25 por ciento de mi vida… Y lo peor es que no te das cuenta porque te vas apagando de a poco, se van muriendo partecitas de uno en un contexto en el que uno se ve bien y nadie te dice nada. Es un infierno silencioso».
La calle, la casa
Estos fríos intensos le recuerdan su inesperada estadía en la calle, que se extendió por casi dos meses entre marzo y mayo de 2024. «Recién hoy, con un techo, entiendo a los fisuras de la calle… Entiendo que se droguen, porque es la única manera de tolerar el frío y el hambre viviendo a la intemperie. Yo fui a parar a la calle estando limpio, sin nada de consumo, y no podía entenderlo… ¡Cómo me pudo haber pasado!».
Otra pausa. Suena su teléfono y conversa un ratito. Luego, quiere reanudar el hilo de la conversación. «¿Qué me pasó? ¿Cómo terminé en la calle? -se cuestiona y rebobina-. Estuve en Gualeguay trabajando algunos meses e intentando recuperar un vínculo imposible con mi padre… Ingenuo, pensé que podríamos convivir, lo intenté, pero no fluía, entendí que el amor no se mendiga… Al poco tiempo me embarqué otra vez para Buenos Aires y en una distracción en el micro, me afanaron toda la guita de la riñonera… Tenía para dos meses de pensión».

Así empezó su odisea en la calle. «La situación me superó y no quería volver a pedir ayuda, viste, me daba vergüenza, me sentía un boludo… No es nada fácil ponerse en el rol de víctima otra vez. Así que todos los planes que tenía se desmoronaron y me preguntaba qué carajo iba a hacer… Tenía fuerza, voluntad y necesidad de resolver la situación, pero no sabía cómo».
Cuenta que para alguien que no conoce lo que es vivir en la calle, «lo peor es pasar la noche, ¿sabés lo que es patear las calles cansado, cayéndote de sueño? ¿Sabés lo que es buscar dónde tirarte un rato y no saber qué lugar elegir? Yo estuve muchas veces por esta zona, por Chacarita, por la plaza y cuando podía me colaba en el subte. Andaba por todos lados». Aclara e insiste: «No volví a caer en las drogas a pesar de mi situación, pero me aislé para no contarle a nadie».
Pasaban las semanas cada vez más frías de abril y mayo de 2024 y Mauro vagabundeaba por la ciudad, hasta que conoció a Carlos, un portero de un edificio de la calle Brasil, en Constitución. «Un día lo encaré y le pedí una mano: si me podía guardar la valija, porque ya me resultaba mucha carga, necesitaba andar más liviano. Me ayudó mucho, también con agua y comida, y hasta me prestó el baño y la ducha. Muy buena onda y surgió un lindo vínculo».
Pasaron varios días y en otro encuentro con este encargado, «me habló de un hotel cercano en la calle Tacuarí. Hacía frío, pero yo no tenía un cobre... venía yirando ya agotado. No paraba en todo el día, porque si paraba me congelaba. Me insistió sobre ese hotel que no se pagaba y fui hasta Tacuarí y Av. Garay y pasé por la puerta una vez, dos, tres, hasta cinco veces pero no me animaba a entrar. Hasta que me enteré qué era un CIS (Centro de Inclusión Social), que yo no tenía idea qué era… Tomé impulso, entré y me dieron información».
En recepción le explicaron de qué se trataba el centro asistencial y le dijeron que debía llamar al 108. «Conté mi situación y me dijeron que esperara en la puerta. A la hora y pico llegaron unas personas que me entrevistaron, me pidieron mi documento y me dijeron que por mi perfil me enviarían al San Camilo esa misma noche. Me mandaron a una habitación con otra gente, pero que parecía el Hilton, era la gloria después de tanta calle».
¿Qué le diría esta versión de Mauro, recuperado y hogareño, a aquel otro, primero perdido en las drogas durante tantos años, y luego viviendo en la calle? «Sobre todo al que era adicto le daría un abrazo y al oído le diría. ‘Flaco, volvé a las fuentes. Animate y pedí ayuda‘. Estaba encerrado en mí y era tan omnipotente… No puedo creer lo autodestructivo que fui, pero ya no me reprocho, la aceptación es importante».
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