Mesurado, aunque crítico, Mario Negri está volviendo a la conversación pública, tanto en Córdoba como el país. Seguro de que el radicalismo tiene que retomar el protagonismo, pide un candidato a presidente de la UCR. Y advierte que, en la provincia, hay que trabajar para lograr el cambio en la gobernación.
«Están dadas las condiciones para el cambio, pero no depende de Llaryora, sino de que se cree una alternativa que enamore a los cordobeses», dijo en el programa Voz y Voto.
–Hubo una reunión esta semana entre La Libertad Avanza y el PRO. Enseguida nos acordamos de Juntos por el Cambio. Ahí estaría faltando un actor central: el radicalismo.
–No voy a describir la situación que atraviesa el radicalismo desde hace mucho tiempo… Una situación difícil, casi de irrelevancia y fuera de la conversación social de los argentinos. Algo que es responsabilidad únicamente de los dirigentes. En mayo, nos juntamos dirigentes de 17 provincias con la sana intención de que el partido recobre visibilidad y que comience a construir una propuesta alternativa por afuera de los extremos. Un radicalismo liberal, progresista, federal, con independencia de la Justicia. Si bien los extremos son los que han pagado electoralmente, ser moderado hoy es acto de valentía. Tiene que ver con las convicciones y con lo que le hace falta al país. A la Argentina, por los extremos, no le ha ido bien nunca y termina mal, porque comienza aceleradamente, simplifica, pero a la larga no pasa nada. El problema que arrastramos no se arregla por los bordes, sino por el centro. Días pasados, hicimos el segundo encuentro nacional con un panel de mucho prestigio. Estuvo Perez Llana dando una visión sobre el mundo, Prat-Gay analizando la economía, Gil Lavedra y la Justicia, y Martín D’Alessandro sobre lo institucional. Fue significativo. Diría que, hoy en términos orgánicos, el espacio despierta mucha avidez. Vamos a continuar. El radicalismo tiene la obligación moral e histórica por su trayectoria, no por sus dirigentes solamente, de trabajar para construir una alternativa. Obviamente sabiendo que hay que ordenar la economía, que tenemos que apostar fuerte al orden, a la producción y al crecimiento. Porque estamos convencidos de que la sociedad no vuelve atrás. Eso presupone que la inflación es una lucha constante que no se debe aflojar, y que el orden y el equilibrio fiscal son clave. Después podemos ver con qué se logra un equilibrio fiscal genuino. El único bien escaso que tiene la Argentina, desde hace muchísimos años, es la falta de coincidencias. Y además, hace falta un acuerdo federal que sea permanente, que salga de la discrecionalidad de los gobiernos centrales. Estamos viendo mucha tormenta en esos frentes.
–¿La próxima elección puede escapar de la polarización? Esa opción de centro, además del radicalismo, ¿qué más podría tener para ganar competitividad?
–El Presidente llegó al gobierno capitalizando la rabia social. Ya lleva dos años. El ajuste se afirmó sobre una lucha descomunal contra la inflación al costo que sea, y la sociedad acompañó. También se apoyó en Vaca Muerta, que venía levantando fuerte desde antes. Y el tercer aspecto es que pensó que el crecimiento se iba a sostener y que iba a haber un nivel de inversiones muy fuerte. Y no pasó. La rabia te puede llevar al gobierno, pero después la sociedad demanda mejores salarios y empleo. Hoy estamos con bastantes agujeros en eso. No es para declarar una guerra, pero tampoco se gobierna a los gritos. Eso puede ser parte de una estrategia electoral, pero no un modo de gestión. Por ejemplo, la gente quiere que le resuelvan el problema de la morosidad, y no que que le digan que se joda porque el Estado no se hace cargo. Por algo ha crecido el endeudamiento. Entonces, ¿por qué no tomar el toro por las astas, reconocer el problema y ver de qué manera se lo afrontar? Hay una enorme fatiga. Y no estoy hablando de lo electoral. Pero percibo que va a haber un momento en el que la sociedad buscará la moderación, que la escuchen y que la contengan. Por supuesto que hay que mantener el equilibrio fiscal. Pero también es cierto que había un billón de pesos que debía ir a las provincias para rutas, y está en el negocio financiero. Son fondos que deben ir a Córdoba, no para que lo maneje la Provincia, sino para que se invierta en rutas. ¿Desde cuándo el equilibrio fiscal presupone que las rutas se rompan? Hay que acatar la ley.
–¿Ese proyecto tiene que tener un candidato a presidente radical?
–Debemos y lo estamos haciendo, y hablamos con todas las autoridades del partido. Acá no hay chiquitaje. Tenemos que volver a encontrarnos detrás de una alternativa de valores, de ideas. Lo que no puede el partido es comenzar pidiendo que le garanticen el triunfo. Tiene que comenzar por ofrecer una alternativa. Recobrar la confianza es difícil, pero no imposible. Es un mandato que tenemos los que creemos en determinados valores en la política. Tenemos que desandar la idea de no tener candidato. Pero un candidato debe construirse. Y solos no alcanza. Es con una coalición de centro, democrática, republicana, liberal que trabaje sobre lo productivo y lo institucional. Estamos frente a una situación global de mucha confusión. Los proyectos libertarios dependen más de un fenómeno global. Y en los extremos, se retroalimenta con el kirchnerismo. Creemos que el radicalismo, primero, debe construir un programa junto con esa coalición. Ojo, en el Gobierno dicen que no hay nada al frente, pero siempre va a haber alguien al frente para votar.
–El gobierno de Milei descansa mucho en la creencia de que no va a tener nadie al frente.
–Actúa así. Es parte de su juego. Pero guarda con el pecado de la gula de poder, de creer que estoy solo. Está lleno de ejemplo. Uno fue cuando Juntos por el Cambio no lo vio. Se peleaban para ver cuántos candidatos a presidente había y no leían lo que pasaba en la sociedad. En ese tiempo fuimos parte.
Córdoba
–En Córdoba, ¿adhiere a la idea de que la coalición radicalismo-La Liberad Avanza es el modo de ganarle al peronismo?
–Por lo poco que hablo con los dirigentes de acá, ya que no estoy en la «rosca», son 28 años del peronismo y ya no tienen mucho novedoso que ofrecer. Condiciones de cambio hay. Pero a esas condiciones hay que recrearlas en Córdoba y para Córdoba, no en Buenos Aires. El radicalismo debe encontrar la unidad. Muchas veces hubo internas, pero la debilidad es el fraccionamiento. Eso ha obligado al partido a que piense primero en la integración para después convocar a la unidad. ¿De qué van a hablar y con quién si todavía tienen que estar juntos, con una idea y una propuesta para Córdoba? Estoy dispuesto a colaborar, pero cuando los partidos atraviesan esta situación, viven más en la Justicia que entre la gente. Eso es debilidad.
–¿Qué opina de la designación del nuevo juez electoral en Córdoba, Guillermo Arias?
–No lo conozco personalmente. Sí conocí a su padre. No quiero dar una opinión porque solo sé lo que he leído y dice que está preparado. Hay que verlo andar. De cualquier manera, en 28 años, la simbiosis de confusión entre funcionarios de la Justicia que antes eran del Ejecutivo se ha naturalizado. Y eso no es bueno.
–¿Qué evaluación hace del gobierno de Llaryora?
–Están dadas las condiciones para el cambio, pero no depende de Llaryora, sino de que se cree una alternativa que enamore a los cordobeses y mire hacia el futuro. Córdoba está en un punto de inflexión, pero aún no he visto eso en el debate. Por ejemplo, la inversión directa que llegó a la Argentina durante 2025 ha caído mucho. De los 194.000 millones de dólares que vinieron a la región, el 62% se lo llevaron Brasil y México. A nuestro país, llegaron unos 11.000 millones. No es bueno. En ese contexto, Córdoba tiene una necesidad de vínculo con Brasil, porque ha sufrido con la industria automotriz. Hay que pensar en los recursos de la provincia para seguir siendo la niña bonita de la Argentina. ¿Qué tiene para ese desafío? Por ahora, hay competencia sobre lo extractivo. Pero las inversiones que se prometen y que seguramente vendrán y no llegaron, no serán una respuesta inmediata ni en cantidad suficiente para el desempleo ni para recuperar la formalidad. La pregunta es en qué está pensando la política para Córdoba. Por ejemplo, una de las cosas más importantes es que tenemos 10 universidades, que son un centro de pensamiento. A partir de ahí hay que trabajar e imaginar una provincia para 20 años. Estamos en un mundo competitivo donde hay una fuerte disputa entre el desarrollo de la tecnología y la democracia. No veo que el gobierno de Córdoba haya comenzado en esa dirección. Además, el nivel de endeudamiento es alto, aunque se vaya refinanciando. Si no hay un nuevo pacto fiscal, la centralidad y la discrecionalidad se naturaliza. Siempre hubo en los gobiernos alguna negociación, pero no de la manera absurda de hoy. ¿Están dadas las condiciones para el cambio en Córdoba? Sí. ¿Viene como lluvia de regalos? No. Todavía no he visto que se construya eso, y Llaryora debe pensar que eso lo mantiene en el gobierno.
–¿Llaryora también cree que lo que tiene al frente no lo va a desafiar?
–Seguramente debe estar pensando eso, pero ya hubo posibilidades de cambio. Escucho mucha queja, cansancio, independientemente de que el gobierno siempre tiene peso propio… pero son 28 años. El gobierno de Córdoba, cuando habla para atrás habla de su propio pasado. No tiene otro. Lo mismo le va a pasar al Gobierno nacional: cada día se va alejando un poco más del pasado. Y ante el grado de desigualdad que se está planteando socialmente, si querés retener el voto solo con el pasado no podés. Comienza a haber una enorme fatiga. Nosotros tenemos gobernadores e intendentes, y cada uno está con un problema. El radicalismo tiene que ofrecer la construcción de un espacio de centro. Porque le va a hacer bien al país y al propio gobierno. Hay mucha gente sensata. Se sabe que el Gobierno tiene un núcleo duro de 35%, pero todo lo otro se le puede dispersar. Un partido como el nuestro reúne condiciones de compromiso democrático, de división de poderes, tiene un concepto de la integración social y de necesidad de modernizar el desarrollo económico. Tengo miedo de la fatiga social, porque el populismo trabaja con dos condiciones: que pase el tiempo y la gente se olvide de ellos; o que la situación de asfixia o desigualdad, en un momento los recuerde y haga que se los busque.

