
Aunque muchos no lo crean, Buenos Aires está construida sobre varias ciudades al mismo tiempo. Una es la que tiene las avenidas, plazas, parques, escuelas y edificios. La otra quedó enterrada y tiene una historia mucho más inquietante. Son los antiguos cementerios que alguna vez ocuparon distintos puntos de la ciudad y que, cuando dejaron de funcionar, fueron borrados del mapa sin que necesariamente desaparecieran sus muertos.
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La situación de Buenos Aires a mediados del siglo XIX
A mediados del siglo XIX, Buenos Aires todavía conservaba mucho de aquel aspecto de un pueblo grande. Los entierros se realizaban cerca de las iglesias e incluso dentro de ellas. Pero había una diferencia respecto a las clases sociales, ya que aquellos que tenían dinero o poder podían conseguir un lugar privilegiado para descansar después de morir. Pero eso no duró mucho.
Entre 1867 y 1868, el cólera provocó la muerte de unas 1.300 personas. Pocos años después, en 1871, la ciudad enfrentó la fiebre amarilla, la cual mató a alrededor de 14.000 porteños en cuestión de meses. Hubo días en los que fallecían más de 500 personas, muchas de ellas inmigrantes que vivían hacinados en los conventillos del sur.

En cuanto a las ciudades, las familias que podían hacerlo abandonaron el sur y se trasladaron hacia otras zonas para escapar de la epidemia. Mientras tanto, los lugares destinados a los entierros comenzaron a desbordarse. Fue necesario habilitar nuevos camposantos de manera urgente, utilizando terrenos disponibles en distintos puntos de Buenos Aires.
Con el paso de los años, muchos de aquellos cementerios fueron cerrados y los entierros comenzaron a concentrarse principalmente en Recoleta, Flores y Chacarita. Sin embargo, no todos los restos fueron trasladados. Algunos espacios cambiaron completamente de aspecto y terminaron convertidos en plazas, parques o terrenos abandonados.
El antiguo cementerio de Parque Patricios que volvió a aparecer en 1940
Uno de esos antiguos camposantos funcionó en el lugar donde actualmente se encuentra el Parque Florentino Ameghino. Era el Cementerio del Sud, inaugurado en 1867 para recibir a las víctimas del cólera y utilizado posteriormente durante la epidemia de fiebre amarilla.

Hoy, quienes recorren el parque pueden encontrarse con un monumento dedicado a las personas que asistieron a los enfermos durante aquella tragedia. En uno de sus sectores aparece una reproducción de la famosa obra de Juan Manuel Blanes, en la que se observa a un bebé junto al cuerpo sin vida de su madre mientras las autoridades ingresan a la vivienda.
Y hubo una prueba concreta de que el pasado no había desaparecido por completo. En 1940, mientras se realizaban trabajos de remodelación, los obreros encontraron ataúdes y restos humanos bajo la superficie.
La plaza de Chacarita construida sobre un antiguo sector de sepulturas
En Chacarita existe otro espacio que genera interrogantes. Se trata de Plaza Elcano, inaugurada en 2016 sobre un sector conocido como Anexo 22, que durante aproximadamente ocho décadas había sido utilizado para sepulturas del cementerio de Chacarita, hasta los últimos años de la década de 2000 y comienzos de la siguiente.

El historiador Hernán Vizzari, especialista en costumbres funerarias porteñas, cuestionó qué ocurrió con esas sepulturas cuando el terreno fue convertido en un espacio verde. Según planteó, el Gobierno porteño avanzó con la construcción de la plaza sin que se conociera públicamente un estudio ambiental previo que aclarara la situación de los restos.
Los cementerios de Belgrano que quedaron ocultos bajo las calles del barrio
Belgrano también tiene una historia marcada por antiguos cementerios que fueron desapareciendo a medida que el barrio crecía. Uno de los primeros estuvo relacionado con la Capilla de la Calera, construida por los franciscanos en 1726 en la zona de las Barrancas. La pequeña construcción fue levantada con piedras y conchillas que se obtenían de las cercanías del río.

La capilla dejó de funcionar en 1834 y, tiempo después, distintas referencias históricas permitieron confirmar que en sus alrededores había existido un cementerio. Pero aquel no sería el único de la zona.
Entre 1875 y 1898, donde actualmente se encuentra la plaza Marcos Sastre, funcionó el cementerio del pueblo de Belgrano. El lugar tenía una entrada de grandes pilares, un camino central rodeado de árboles y las bóvedas de algunas de las familias más importantes de la época. Incluso allí fueron enterrados durante un período los restos de Marcos Sastre, el escritor que posteriormente le daría su nombre a la plaza, antes de ser trasladados al Cementerio de la Recoleta.

Pero la historia todavía guarda otro escenario. En 1860 fue inaugurado el primer cementerio de Belgrano, en un terreno ubicado en la zona que hoy forman las calles Monroe, Balbín y Zapiola. Funcionó durante apenas quince años y después desapareció del paisaje urbano.
Actualmente, el lugar tiene una apariencia completamente distinta. Es un terreno triangular, tapiado y cubierto de carteles publicitarios. No hay ninguna construcción que permita reconocer qué hubo allí. Solo quedan los relatos de vecinos y antiguas historias que hablan de una supuesta maldición y de una familia que habría vivido en ese terreno antes de desaparecer del barrio.

Y, aunque Buenos Aires haya cambiado de nombre, de calles y de paisaje, debajo de sus plazas todavía sobrevive una parte de aquella ciudad que desapareció. Los cementerios fueron clausurados, las lápidas retiradas y los terrenos transformados para ser convertidos en lugares de diversión y tranquilidad. Ese paralelismo entre la historia y el presente solo convierte a estos lugares en espacios todavía más inquietantes, aunque, a su vez, muy interesantes.



