Subí al balcón del siglo

Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello

Cuando cruzás la puerta giratoria del Majestic, justo en la esquina del Passeig de Gràcia, algo en tu propio ritmo cambia de inmediato. El mármol bajo tus zapatos suena distinto, más grave, como si cada baldosa guardara todavía el eco de pasos ilustres. Levantás la vista y descubrís lámparas doradas, techos altos y un vestíbulo pensado para que cualquier viajero se sienta, apenas por un instante, parte de algo mucho más grande que una simple estadía.
Ese edificio nació en abril de mil novecientos dieciocho, cuando el empresario italiano Ércole Cacciami trasladó su próspero negocio hotelero desde la calle Fontanella hasta este cruce privilegiado del Eixample barcelonés. Bautizó su nueva casa como Majestic Hotel Inglaterra. Aquel nombre honraba el establecimiento que ya administraba junto a la Plaza Catalunya. Imaginá esa Barcelona de comienzos de siglo, todavía cubierta de andamios modernistas, mientras Gaudí terminaba sus últimas obras a metros de distancia y toda la ciudad soñaba con reinventar su propio horizonte.
La familia Soldevila Casals compró el hotel años después y lo sostuvo a través de guerras, dictaduras y transformaciones urbanas sin abandonar jamás su vocación de excelencia. En mil novecientos cuarenta simplificaron el nombre hasta dejarlo en Majestic, apenas eso, y durante los años cincuenta y setenta sumaron ampliaciones que triplicaron la capacidad original del edificio. Tres generaciones más tarde, esa misma familia sigue decidiendo cada detalle del hotel, desde la temperatura del vestíbulo hasta el aroma que flota en los pasillos.
Imaginá, por un segundo, quiénes se sentaron antes en esos mismos sillones. Federico García Lorca conversó horas enteras en sus salones antes de regresar a Granada. Antonio Machado durmió allí sus últimas noches en suelo español antes de cruzar la frontera francesa rumbo a Collioure, cargando apenas unas pocas pertenencias. Miró y Picasso ocuparon mesas del bar mientras discutían sobre arte y revolución, Ernest Hemingway encontró entre esas paredes silencio suficiente para escribir sobre corridas y guerras lejanas, y la reina María Cristina visitó personalmente sus salones durante la Exposición Internacional de mil novecientos veintinueve. Josephine Baker cantó bajo esas lámparas, Robert Capa reveló fotografías históricas en algún rincón discreto del hotel, la soprano Renata Tebaldi dejó su voz suspendida entre columnas, y hasta el Dalái Lama caminó alguna vez por esos mismos pasillos que hoy recorrés vos.
Entre mil novecientos noventa y cuatro y mil novecientos noventa y nueve, aprovechando el impulso olímpico que transformó Barcelona para siempre, la propiedad encaró su reforma más ambiciosa. Ganó luminosidad, ganó amplitud y mantuvo, contra todo pronóstico, su carácter original intacto. En dos mil siete alcanzó la calificación de cinco estrellas gran lujo. Esa distinción corresponde a la más alta que otorga la hotelería española, y poco después ingresó también a la selecta asociación The Leading Hotels of the World. El centenario llegó en dos mil dieciocho con libro conmemorativo incluido y con el regreso del logotipo histórico que hoy volvés a ver colgado sobre la entrada principal.
Este último año trajo novedades importantes para quien sigue de cerca la hotelería catalana. Luis Cobo asumió la dirección general tras una etapa exitosa al frente del Park Hyatt Dubai, y su llegada coincidió con un calendario particularmente generoso en premios. Beyond Luxury Awards eligió al Majestic como mejor hotel de lujo clásico de España, Condé Nast Traveler España le entregó el galardón Hotel y Mantel al mejor brunch hotelero del país, y Travel + Leisure España sumó una nominación como hotel emblemático nacional. Cada distinción confirma algo que los viajeros habituales saben desde hace décadas: pocos hoteles combinan tanta historia con semejante vigencia actual.
Subís hasta la azotea y ahí te espera la verdadera sorpresa del hotel. La terraza La Dolce Vitae despliega una piscina suspendida sobre la ciudad, con la Sagrada Familia asomando entre los tejados y el Mediterráneo brillando justo detrás del horizonte. Si vas al atardecer, encontrás cócteles de autor, vinos escogidos con cuidado y una luz dorada que convierte cualquier conversación en escena memorable. Pedí una copa, sentate cerca del borde de la piscina y dejá que Barcelona entera se despliegue frente a tus ojos como un mapa dibujado a mano.
Bajás después hasta el restaurante SOLC, donde el chef David Romero firma una cocina reconocida por la Guía Michelin como Restaurante Seleccionado durante dos años seguidos. Una finca propia en el Maresme provee cada mañana verduras frescas que después brillan transformadas en el plato. Probá el brunch dominical. Esa cita gastronómica reúne cada semana a barceloneses y viajeros bajo el mismo techo, y después pasate por el rincón dulce del pastelero Marc Pérez para cerrar la tarde con algo especialmente memorable.
Antes del brunch dominical, probá también el desayuno de todos los días en SOLC, distinguido como mejor desayuno hotelero de Europa en la decimosexta edición del Prix Villégiature. Cruzás después por el pasillo que conecta el vestíbulo con el comedor y encontrás fotografías antiguas colgadas en marcos discretos: reinas, poetas y artistas congelados en blanco y negro. Esas imágenes funcionan como testigos silenciosos de fiestas que marcaron época, y ese pequeño archivo se convierte en museo espontáneo para quien tiene curiosidad y tiempo suficiente entre check-in y la primera salida hacia la calle.
Terminá el día en el spa, entre baños de vapor, sauna y tratamientos de hidroterapia capaces de disolver cualquier cansancio acumulado durante la jornada. Volvé a tu habitación y disfrutá del mármol del baño, de las sábanas impecables y del balcón que mira hacia el Eixample entero. Dormís, esa noche, bajo el mismo techo que acogió a poetas exiliados, reinas viajeras y artistas que cambiaron para siempre el rumbo del arte moderno.
Salís del Majestic distinto de como entraste, cargando esa sensación extraña de pertenecer, apenas un rato, a la memoria colectiva de Barcelona. Volvés, tarde o temprano, porque este hotel funciona como esas ciudades que uno jura visitar una sola vez y termina eligiendo cada verano. Guardá esta dirección, Passeig de Gràcia sesenta y ocho, porque tu próximo viaje a Barcelona probablemente empiece otra vez ahí mismo.

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Redacción

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