Tres artistas, un bosque imaginario: así es la muestra “Metamorfosis del jardín”

¿Qué tienen en común una artista chilena, una rusa y una argentina? Metamorfosis del jardín reúne obras de Rita Soto Ventura, Irina Khatsernova y Guillermina Lynch, que buscan desentrañar los misterios de las fronteras, el límite de los horizontes y la fortaleza de la naturaleza mientras observan por los enormes ventanales del Centro Cultural MATTA –situado en el corazón de la Plaza República de Chile– cómo el cielo se oscurece y una sutil neblina se asoma entre los árboles para acompañar esta experiencia inmersiva propuesta por María Mengelle, asesora artística de la institución.

Metamorfosis del jardín, con obras de Guillermina Lynch, Irina Khatsernova y Rita Soto Ventura en el Centro Cultural MATTA. Foto: gentileza.

Acompañadas por un texto de la filósofa y escritora Sofía Di Scala, en cada uno de los rincones de la muestra resuenan preguntas que aún no tienen respuestas.

En uno de los laterales del edificio, donde los límites entre exterior e interior se confunden, descansan las piezas vivas de Irina Khatsernova. La artista, diseñadora y florista se encuentra en su hábitat natural, rodeada de las plantas que rigen el rumbo de su hacer.

«Nací en Rusia, pero viví muchos años en Estados Unidos hasta que llegué a este país que me cambió la vida», relata mientras acomoda los últimos detalles de este refugio que creó con flores, plantas, maderas y piedras. Sin embargo, deja en claro que más allá de su incidencia, las obras tienen vida propia, mutan constantemente y son efímeras.

El día es ideal para apreciar el contraste de los verdes y la suavidad de las hojas en contraposición con las cortezas rugosas. Entre el bullicio de la maleza y la melancolía del escenario, emerge la orquídea que Irina identifica, no como una flor sagrada, sino como una especie dueña de una resiliencia absoluta, dispuesta a adaptarse a cualquier circunstancia.

Metamorfosis del jardín, con obras de Guillermina Lynch, Irina Khatsernova y Rita Soto Ventura en el Centro Cultural MATTA. Foto: gentileza.

«Esta propuesta es un amparo que convive con el bosque imaginario de Guillermina y las criaturas de Rita», aclara al mismo tiempo que comparte el impacto que le generó el edificio y su entorno, por lo que decidió que la naturaleza también debía crecer en su interior. Irina introduce las montañas, la flora que las acompaña y la variedad de materiales, creando un juego entre lo imaginario y lo literal. Un ecosistema que en un sentido es una fábula y que tiene que ver con la muerte, la transformación y los bordes.

«Dentro de una Embajada el territorio cobra un nuevo sentido, algo que en la naturaleza sucede todo el tiempo. Un árbol que pertenece a un sitio puede extender sus raíces hacia otro, atravesar los límites y fusionarse».

Sin darse cuenta, Khatsernova se hace una con la naturaleza. Lo evidencian sus manos. Por eso, este bosque es parte de un proceso constante, donde el devenir es un factor determinante, algo que acepta con alegría. «Quizás es porque soy rusa, pero la melancolía me encanta, así como la necesidad de comprender que la vida está marcada por los ciclos. Es por eso que esta instalación tiene vida propia; yo no la controlo ni quiero hacerlo. Esa es su magia».

Rita Soto Ventura se dedica a la joyería artística, un trabajo que heredó de su padre y que la llevó a estudiar los oficios tradicionales de la profesión. A través de su hacer, propone crear un puente para que el arte, el diseño y la artesanía exploren nuevas disciplinas, iniciando un tipo de joyería más democrática, global y cercana, lo que le otorga la posibilidad de incursionar con elementos más expansivos.

«Ingresan nuevas tecnologías, materialidades y, por sobre todo, la posibilidad de fusionar», comparte.

Desde hace una década explora una técnica que proviene del sur de Chile, la microcestería con crin de caballo, un descubrimiento que describe como un flechazo inmediato y que desarrolla con empeño. «Desde la tradición me arriesgué, incorporé diferentes metodologías y me interesé por la conformación de volúmenes a través de un proceso que es muy lento y que necesita de un profundo proceso meditativo».

Metamorfosis del jardín, con obras de Guillermina Lynch, Irina Khatsernova y Rita Soto Ventura en el Centro Cultural MATTA. Foto: gentileza.

Criaturas que habitan la naturaleza

De allí nacen sus criaturas que habitan la naturaleza y devienen de una metamorfosis –la del jardín– para unirse a Khatsernova y Lynch. «Lo que más me interesa es que la gente eche a volar su imaginación», aclara. Por esa razón, sus habitantes del bosque o el fondo del mar pueden ser animales, bichos, criaturas fantásticas o parásitos. Siempre y cuando despierten algo.

Guillermina Lynch comparte que el núcleo central de su obra es el terciopelo. Ese material que carga, contiene y transforma su trabajo desde hace tantos años. Un material denso, que absorbe el sonido, bloquea la luz y remite a conceptos cercanos al poder, el lujo, la sensualidad y la religión. Las historias que se esconden en los pliegues de las telas parecen infinitas.

Metamorfosis del jardín, con obras de Guillermina Lynch, Irina Khatsernova y Rita Soto Ventura en el Centro Cultural MATTA. Foto: gentileza.

Sin embargo, Lynch consigue entrar en diálogo con esa carga y descubrir un lenguaje simbólico propio. «Me interesa acercarme a esos significados pero trabajando con técnicas que tradicionalmente no se usan en el tratamiento del terciopelo, abordando los cánones morales y estéticos que han estado asociados a la belleza tradicional».

La artista propone relecturas. Implementa la arruga, la sensación de algo áspero y rugoso y la implementación de la serigrafía. Se anima a mojar el terciopelo, quemarlo, extender sus fronteras, transformar el material en instalación e incluso compartir los procesos.

«Incluí un video donde aparece la obra sumergida en el agua. Es un relato donde conviven lo real con la fantasía y los lugares ambiguos que disfruto mucho. La metamorfosis se hace presente en el sometimiento de los procesos y las imágenes serigráficas que utilizo –algo tradicionalmente estático– que se transforman y cobran nuevos sentidos».

Las figuras que se forman, creadas por capas, nos invitan a preguntarnos cómo se construye la propia identidad. Lynch indaga acerca de la percepción del pasado, la posibilidad de mirar hacia adelante, la imagen del bosque como aquel entorno que desafía y que también resuena en la obra de Irina.

Metamorfosis del jardín, con obras de Guillermina Lynch, Irina Khatsernova y Rita Soto Ventura en el Centro Cultural MATTA. Foto: gentileza.

Otra coincidencia es la orquídea, que aquí aparece, «como una flor con una capacidad de transformación extraordinaria que puede adaptarse a cualquier clima y circunstancia. Sobrevivió en las bodegas de los barcos mientras era trasladada a nuevos terrenos, atravesando el océano casi sin recursos. Es una especie que si bien puede parecer frágil, es profundamente poderosa y tiene una inteligencia que sorprende».

Está inmersa en un bosque poroso y permeable, donde no se respetan las reglas ni los límites impuestos por los seres humanos, donde las fronteras ya no son líneas geográficas sino que devienen en zonas porosas. «Acá se genera algo nuevo entre la realidad y la fantasía, la naturaleza y la cultura, la superficie y el subsuelo».

Metamorfosis del jardín, con obras de Guillermina Lynch, Irina Khatsernova y Rita Soto Ventura. Se puede visitar en el Centro Cultural MATTA hasta el 28 de agosto, de martes a sábados, de 12 a 19 en Tagle esquina Av. del Libertador. Ingreso por Plaza República de Chile. Entrada libre y gratuita.

Redacción

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