Los soldados más próximos y los más silenciosos

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la guerra al lado de casa. En la Terra Alta, epicentro de la Batalla del Ebro. Estamos en el Memorial de las Camposines, en La Fatarella. Los muertos más próximos y, en cambio, los más silenciosos. En casa nunca se había hablado del tío abuelo Àngel. Una historia común a la de tantos comedores y salas de estar. En los años setenta los niños, como los de ahora, solo queríamos jugar. Y los mayores no tenían ganas ni necesidad de recordar la guerra. Así que nos criamos en la ignorancia de la propia familia. Una consecuencia de la maliciosa directriz del régimen atribuida al mismo Francisco Franco: “Haga como yo, no se meta en política”   . Una forma de seguirla era dejar la guerra y la Batalla del Ebro cerrada con llave en el cajón de la desmemoria.

Ante nosotros una lista inacabable de muertos y desaparecidos en la batalla más sanguinaria de la Guerra Civil española. Buscamos al nuestro. Mi padre dice que no con la cabeza, que no lo encontraremos. Pero lo hacemos enseguida: Àngel Martí Llambric. Nacido el 2 de febrero del año 1919 en l’Ametlla de Mar, el día de la patrona, La Candelera. Llamado a filas con la quinta del biberón y muerto en combate a los 19 años. Estamos un rato en silencio. Mi padre pone los dedos encima de la inscripción. Cuando él retira sus dedos pongo los míos. Una manera de buscar un contacto imposible a estas alturas. Pero el tío abuelo, un fantasma desconocido, se ha hecho un poco real. Siga descansando en paz. El yayo Rafel también estuvo en estas trincheras. Quizás por eso se negaba la memoria. El dolor a veces pone un esparadrapo en la boca mientras la procesión va por dentro. Ya en el coche, hablamos de la posguerra. Mi padre me explica historias que sí conozco del tiempo del hambre y como a los nueve años ya iba embarcado como niño a bordo de una barca de pesca.

Hemos pasado primero por el pueblo viejo de Corbera d’Ebre, totalmente destruido al inicio de la batalla del Ebro por las bombas de la aviación alemana al servicio del ejército franquista. En Aragón está la cruz, Belchite, totalmente arrasado por el fuego de artillería republicano. La guerra es un riego automático de sangre. También hemos estado en Quatre Camins, en Vilalba dels Arcs. En el lugar exacto donde el Tercio de Montserrat fue aniquilado. Hemos subido a la Cota 705 de la Serra de Pàndols, en Pinell de Brai, posición que los republicanos mantuvieron con heroísmo hasta el 3 de noviembre de 1938, cuando solo faltaban cinco días para el final de la batalla. Hemos llegado hasta Coll del Moro, en Gandesa, para ver el sitio desde el cual los mandos franquistas dirigían sus ofensivas, la tercera por el mismo dictador en persona.

Antes de ir

‘Héroes y verdugos’, de David Tormo

Para entender la complejidad y dificultad para construir una memoria histórica compartida del escenario principal de la Batalla del Ebre una lectura de gran utilidad es Víctimes i botxins. La repressió a Vilalba els Arcs durante la Guerra Civil i el franquisme (1936-1945). Del mismo autor, La batalla de l’Ebre. Crònica fotogràfica, permite una inmersión en los 115 días de enfrentamientos a través de las imágenes de los fotoperiodistas que cubrieron el conflicto.

El Consorcio Memorial de la Batalla del Ebro ha hecho un buen trabajo durante muchos años. La primera visita la hice ya hace un montón de años, con un reducido grupo de periodistas que capitaneaba el añorado mataronés Manuel Cuyàs como cap de colla. La batalla, la guerra, se ha tratado aquí con cuidado y precisión. No podía hacerse de otra manera en la Terra Alta o en la Ribera d’Ebre, lugares donde el ensañamiento entre la población fue de ida y vuelta. En esta tierra la paleta de colores hace falta que esté entera para poder pintar una memoria compleja y dolorosa, como demuestran los Fets de la Fatarella o Vilalba dels Arcs, para poner solo dos ejemplos. Los memoriales, los espacios y los centros de interpretación cumplen con el mandato de promover los valores democráticos a través del dolor de la guerra, sin simplificaciones. El Centre 115, los días que duró las batalla, en Corbera d’Ebre; Les Veus del Front, en Pinell de Brai y centrado en la propaganda, y el de los Hospitals de Sang en Batea son imprescindibles. Tantas visitas, tantas excursiones y hasta hoy no me he encontrado de cara con el tío abuelo. Hay muchas excusas para la ignorancia, pero no siempre tapan la vergüenza.

Redacción

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