El símbolo más representativo de la sociedad de la opulencia es la alta gastronomía. Coloca a los chefs en un pedestal y los convierte en líderes culturales. La gastronomía triunfa impulsada por la ética del placer. Desde hace décadas, la primera obsesión de los occidentales es pasarlo bien. No nos basta con una vida segura, equilibrada y sana. Queremos que sea seductora, espectacular, deliciosa, confortabilísima. Prensa, redes y publicidad insisten en que nuestro primer objetivo vital debe ser la felicidad, identificada con los placeres. Y no hay fábrica de placeres más potente que la comida.
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