En el Alto Valle, una chacra que durante años estuvo vinculada al cultivo de lúpulo cambió de destino. En el año 2000, la familia Rastrilla comenzó a plantar allí viñedos y puso en marcha un proyecto que, más de 25 años después, se convirtió en Bodega Aonikenk. Catriel Rastrilla es quien actualmente está al frente de la elaboración y conoce cada etapa de un proceso que empezó con las primeras plantas y que hoy alcanza una capacidad de producción de 40.000 litros.
La elección del lugar tuvo que ver con las condiciones que ofrece el valle para producir uva. “El Alto Valle para la región de uva es un lugar espectacular”, explicó Catriel, y enumeró algunas de las razones: “Tenemos muy buen clima, muy buenos vientos, el viento te seca la uva, no te deja humedad y entonces no tenés hongos”. A eso se suman el acceso al agua, la amplitud térmica de la Patagonia y la calidad de la tierra, factores que, según cuenta, permiten trabajar con una producción de características particulares.
Actualmente, la bodega comercializa sus vinos bajo la marca Pincén, mientras que Elengasem, pensada como una línea de entrada, por el momento no está en producción. A partir de este año, la familia proyecta incorporar Akantek para sus vinos blancos y rosados, y reservar Aonikenk, el nombre de la bodega, para su línea premium.
De una chacra que había sido de Quilmes a un viñedo de ocho hectáreas en Fernández Oro

La transformación comenzó en 2000, cuando compraron la chacra que anteriormente pertenecía a Quilmes. Un año después plantaron las primeras vides y, junto con ellas, empezó a tomar forma la infraestructura que necesitarían para darle una nueva orientación al establecimiento. El proyecto necesitó tiempo: durante los primeros años la producción todavía no tenía las condiciones buscadas y la familia optó por trabajar con la uva hasta que alcanzara el equilibrio necesario para comercializarla.
“Cuando recién plantás una uva nueva, los primeros años no está tan equilibrada”, contó Catriel. Por eso, durante aproximadamente cuatro años trabajaron con la materia prima antes de comenzar a vender la uva a bodegas de El Chañar. Esa primera etapa les permitió conocer el comportamiento del viñedo y consolidar una producción propia antes de dar el siguiente paso: comenzar a elaborar sus propios vinos en 2009.

Para entonces, la infraestructura también había acompañado el crecimiento del viñedo. La construcción había comenzado prácticamente al mismo tiempo que la plantación. “Cuando plantamos en 2001 empezamos a construir y cuando llegó 2009 ya teníamos esta nave y una parte de la casa”, explicó Catriel. Después fueron ampliando los laterales y completando una estructura que hoy permite concentrar prácticamente todo el proceso en el mismo lugar.
“El secreto del buen vino está en el viñedo, no está en la bodega. Vos no podés hacer un buen vino partiendo de un mal viñedo»,
Catriel Rastrillo, productor del Alto Valle.
El establecimiento cuenta actualmente con ocho hectáreas de viñedos, donde producen Cabernet Sauvignon, Merlot y Malbec. La familia trabaja con una producción de alrededor de 5.000 kilos de uva por hectárea, un volumen que Catriel vincula directamente con la calidad que buscan obtener.
“La producción de uva va directamente relacionada a la cantidad con la calidad. Un viñedo de alta calidad tiene que ser de baja producción. Estamos más o menos en torno a los 5.000 kilos por hectárea, lo cual es bastante bajo, pero es el objetivo también porque es nuestra materia prima”, explicó el productor.
Esa búsqueda de calidad también está ligada a una forma de trabajar que la familia sostiene desde hace años. Catriel explicó que el viñedo se maneja de manera agroecológica y que nunca se aplican productos, algo que atribuye en buena medida a las propias condiciones del Alto Valle. “La amplitud térmica hace también que la fruta sea mucho más sabrosa y se desarrolle mucho mejor. Tenemos mucho acceso a agua y muy buena tierra. Tenemos cosas que no se compran. El clima no lo comprás”, destacó Catriel.
Bodega Aonikenk: de la cosecha al vino en la Patagonia
Una de las particularidades del establecimiento es que buena parte del circuito productivo se mantiene dentro de la chacra. Catriel está al frente de la elaboración y trabaja junto con su padre y su hermano, que cumplen distintos roles dentro del proyecto. “Mi viejo fue el de la idea, mi hermano es el enólogo, yo hago el vino”, resumió.

La elaboración comienza con la vendimia y continúa con distintas etapas dentro de la bodega. “El momento de la vendimia lo decide la concentración de azúcar. El azúcar es lo que después te va a dar el alcohol. Uno no decide nada, acompañás a la naturaleza”, explicó Catriel.
Una vez que la uva ingresa a la bodega, se separan los granos del escobajo y la parte sólida pasa a los tanques para iniciar la fermentación. Durante aproximadamente diez días, el líquido y los sólidos permanecen juntos. Cuando el azúcar ya se transformó en alcohol por acción de las levaduras, llega el descube: primero se extrae el vino y luego los sólidos se llevan a la prensa para recuperar el líquido restante.
- 53.000 botellas
- por vendimia es el nivel de producción máximo que ha tenido la bodega hasta ahora.
Después comienza otra etapa, más extensa, en la que el vino permanece en guarda antes de definir si continúa su evolución en tanque o pasa a barrica.
La bodega tiene capacidad para producir 40.000 litros y guardar hasta 62.000 litros. En los años de mayor volumen, la producción puede llegar a 53.000 botellas por vendimia, aunque el número cambia según las condiciones de cada cosecha.
La infraestructura también les permite trabajar con distintos volúmenes y tiempos. Tienen tanques de diferentes capacidades y alrededor de 540 barricas, y no toda la producción corresponde a las etiquetas propias. También elaboran vinos para otras bodegas y enólogos.
La paciencia es otra parte de la identidad del proyecto. Catriel contó que no buscan sacar rápidamente sus vinos al mercado: “Siempre quisimos hacer vinos bien típicos y con buena capacidad de guarda”. Por eso, actualmente pueden pasar varios años entre una cosecha y su llegada a las góndolas. “Nosotros tardamos tres años en sacar cada vino del mercado”, explicó, una decisión que apunta a dejar que cada variedad desarrolle sus características antes de ser comercializada.

Vinos del Alto Valle de Río Negro que llegaron al mar y a Brasil
Con el paso de los años, los vinos de la familia Rastrilla ampliaron su recorrido: además del mercado interno, llegaron a Estados Unidos y Brasil, y también se comercializan en Salta, Santa Fe, Córdoba, Tucumán y Santa Cruz. Pero el crecimiento no estuvo solamente en vender más, sino también en encontrar nuevas formas de trabajar. La bodega comenzó a elaborar para terceros y a compartir experiencias con otros productores de la región.
“Cualquiera que haga algo está bueno charlar con colegas de otros lados que hacen lo mismo, pero diferente”, afirmó Catriel. Para él, ese intercambio también forma parte de la manera de crecer y de sostener un proyecto familiar en una actividad donde cada cosecha plantea un desafío diferente.

Una de esas experiencias fue llevar sus vinos al fondo del mar. La familia participó de una iniciativa de cava submarina en Las Grutas, donde colocaron botellas para estudiar cómo respondía el vino bajo el agua. “Fue una experimentación. Surgió de querer unir -porque tenemos un Río Negro que va a haber mucha experiencia vitivinícola- cordillera y mar, que no es tan común”, explicó Catriel.
La experiencia incluso terminó con una degustación de las botellas que habían permanecido bajo el agua y su comparación con vinos conservados en bodega. Ahora buscan repetir el ensayo con una cava propia para poder probar distintos tiempos de guarda y variedades.

El próximo paso apunta a ampliar la experiencia alrededor del vino. La familia proyecta terminar una sala de degustación y analiza sumar un restaurante, con la idea de que la chacra pueda convertirse también en un lugar para recibir visitantes. “La parte productiva de vino como está, está bien. Yo no la agrandaría, pero sí tengo ganas de terminar la parte más social del salón, una sala de degustación grande”, adelantó Catriel.
La mirada está puesta en 2027, cuando esperan retomar con fuerza esa obra. La idea es que la producción siga siendo el corazón del lugar, pero que la experiencia pueda ir más allá de la botella: recibir gente, mostrar el trabajo y convertir los años de historia en una nueva etapa para la bodega.
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