Hay un camino en medio del monte misionero que une Bonpland, Caá Yarí, Pueblo Salto y Oberá, llamado Picada Finlandesa, que fue abierto hace más de un siglo por los primeros finlandeses que llegaron a Misiones y avanzaron hacia el interior de una provincia que entonces tenía mucho más de selva que de ciudad. Para Hugo Sand, cónsul honorario de Finlandia en Oberá, descendiente de aquellos inmigrantes y custodio entusiasta de su memoria, ese camino es mucho más que un sendero: “Para nosotros es un espacio y es un tiempo, un espacio porque fue abierto por nuestros abuelos y nuestros bisabuelos, y un tiempo porque nos remonta al pasado, pero también el presente nos hace reflexionar qué queremos para el futuro. Nosotros somos argentinos, pero tenemos nuestro corazón en Finlandia”, cuenta a El Planeta Urbano.
La historia comenzó en mayo de 1906, cuando 114 finlandeses emprendieron viaje hacia América del Sur, entre ellos los bisabuelos de Sand y su abuelo, que tenía apenas cinco años. Eran pocas familias y muchos hombres jóvenes que buscaban, según reconstruye hoy el cónsul, algo más que tierras: “Creo que eran anarquistas, libres pensadores, tenían una idea de una sociedad distinta”.

Llegaron primero a Buenos Aires, algunos siguieron hacia la Patagonia y otros remontaron el río Paraná a bordo del buque Roma hasta Corrientes, Posadas y finalmente Santa Ana, donde terminó el viaje por agua y comenzó otro, a pie, hacia el monte. Sand lo resume de una manera mucho más gráfica: “De las nieves eternas al verano eterno. Allá, la noche, el frío, la nieve; acá el calor, la luz, los colores. Creo que debe haber sido un choque muy fuerte”.
Aquellos inmigrantes se instalaron primero en Bonpland y comenzaron a cultivar yerba mate. El suelo, sin embargo, no era el mejor. En busca de tierras más aptas avanzaron hacia el centro de la provincia y fueron abriendo la picada que terminaría convirtiéndose en una vía de entrada para otras corrientes migratorias.

Por ese camino se fue poblando el territorio hasta llegar a Oberá, fundada oficialmente en 1928 y llamada en sus primeros tiempos Nueva Suecia. Cada grupo llegó con lo que tenía y con lo que sabía: herramientas, idiomas, recetas, biblias, canciones. “Construyeron sus templos, sus cementerios, algunos sus escuelas, y fue alrededor de la iglesia donde permaneció la cultura. Estaba la iglesia alemana, donde se hablaba y se predicaba en alemán, la sueca, la de los polacos, la ortodoxa rusa; alrededor se hacían los bailes europeos, las comidas y se festejaban las fechas patrias de aquellas tierras lejanas”, recuerda Sand.
Después llegó el cooperativismo, y aquellos mundos que hasta entonces convivían casi sin entenderse empezaron también a mezclarse: “En las cooperativas se encontraban los colonos y comenzó un intercambio no solamente de productos y económico, sino también cultural, de saberes. Creo que fue fundamental para el desarrollo, pero también para el entendimiento y para fortalecer la paz entre todos”.

Hoy esa historia se celebra cada septiembre durante la Fiesta Nacional del Inmigrante de Oberá, donde cada colectividad tiene su casa, sus platos, sus trajes y sus danzas, y los finlandeses comparten espacio con suecos, noruegos y daneses dentro de la Colectividad Nórdica. Hay niños, adolescentes y adultos que aprenden bailes tradicionales; hay vino caliente con azúcar, especias y canela, cordero con papas y una suerte de panqueque nórdico, el möfle, que en Misiones terminó adaptándose, como tantas otras cosas, a la Argentina: donde antes llevaba frutos rojos ácidos del bosque, ahora puede aparecer relleno con dulce de leche.
Pero las huellas más profundas acaso sean menos visibles. Hace unos ocho años, Sand reunió a un grupo de descendientes finlandeses en Caá Yarí y empezó a preguntarles de qué región o pueblo habían venido sus abuelos. Muchos no lo sabían. Entonces les preguntó qué sentían por Finlandia, ese lugar distante que algunos jamás habían pisado. “Es un sentimiento muy profundo de amor hacia una tierra lejana, hacia una patria que nunca vieron; ya pasaron varias generaciones y, sin embargo, se mantiene ese sentimiento. Y eso tenemos que rescatarlo, porque es un valor cultural y no tiene precio”.

A medida que Oberá se acerca a su centenario, en 2028, Sand y otros descendientes trabajan junto con la Universidad Nacional de Misiones para comenzar “el recate de esas historias”: registrar testimonios orales, recuperar cartas y fotografías, reconstruir árboles genealógicos e identificar antiguos cementerios y tumbas de los primeros colonos, un archivo desperdigado entre casas particulares, publicaciones europeas e historias familiares que todavía no fueron sistematizadas. “Han venido antropólogos, sociólogos, historiadores y periodistas de Europa, recabaron información y la publicaron allá, pero nosotros no tenemos esa información. Acá no tenemos nada sobre eso”, dice Sand.
“Somos eslabones de una eterna cadena”, asegura Sand sobre la inimgración finlandesa en Argentina, aunque cada nueva generación conozca un poco menos sobre el lugar exacto del que partieron sus antepasados. Para el cónsul, hay que rescatar esa historia antes de que el tiempo borre sus huellas. Una historia, todavía dispersa, esperando que alguien la reúna.



