Las mujeres jóvenes que trabajan en los bares de la plaza Major de Manresa y sus alrededores hace tiempo que no regresan solas a sus casas cuando salen de trabajar. Comparten un grupo de WhatsApp en el que se coordinan para acompañarse y activan la localización para que el resto sepa dónde están en cada momento y que han llegado bien a sus destinos.
No es una leyenda urbana. Es miedo. Un temor real, envuelto de impotencia y hartazgo, que esta semana se desbordó azuzado por un intenso sentimiento de dolor tras el homicidio de Carles Vilajosana Arocas, vecino de Castellnou de Bages de 45 años. La muerte del jardinero, padre de dos gemelos y muy querido en la comarca, ha sacado también a pasear por las calles de la ciudad discursos de odio contra una determinada inmigración que ni siquiera el dato contrastado de que los dos menores detenidos por la muerte nacieron y crecieron en Manresa ha conseguido silenciar.

Más allá de esa capa nada sutil de racismo, que todos advierten no ser, hay un miedo que existe y que repiten muchos de los manresanos a los que se pregunta. “Yo he dejado de salir tranquila a la calle. Y mis amigas también”, explica con la serenidad de unos espléndidos 94 años, a pesar de necesitar un bastón para caminar, la señora Pepita, sentada en un banco de la calle Divina Pastora.
A su lado, protegidos del sol a la sombra, están Blasi Mellado, de 74 años, y su marido. Ella llegó de muy pequeña con su familia desde Córdoba, conoció a su marido en Manresa y recuerda que entonces presumía de vivir “en la mejor ciudad del mundo”. ¿Qué ha pasado? “Se ha puesto todo muy feo. También tengo miedo y por la noche ya ni se nos ocurre salir”. Ninguno de los tres ha sufrido asaltos ni robos. Pero se sienten intimidados. El miedo es libre y, cuando se instala, cuesta echarlo.
Las estadísticas oficiales de los Mossos d’Esquadra y la Guardia Urbana de Manresa contradicen esa percepción de inseguridad que trasladan muchos vecinos de la capital del Bages. Los datos muestran una bajada de los hechos delictivos en lo que va de año del 6%. Pero las buenas cifras y los mensajes no consiguen tranquilizar a quienes aseguran haber cambiado sus hábitos por temor.
Àngels Valls no sale de casa sin un espray de pimienta y se está planteando dejar la ciudad en la que nació
“Me pueden decir lo que quieran. Han dejado perder una ciudad que era tranquila. Estamos cansados, preocupados y hartos de tanta chusma. Me da igual que vengan de allá o sean de aquí, pero por la noche da miedo caminar por el centro”. La que habla es Àngels Vall, de 58 años, nacida y vecina de Manresa. Nunca imaginó que desearía irse de su ciudad. Ahora sí. Sale de casa con un bote de espray de pimienta porque tiene un temor que asegura no haber sentido nunca. La mujer regenta un bar en la plaza Major y lo que cuenta a esta cronista se lo ha dicho a la cara al alcalde, el republicano Marc Aloy, siempre que ha tenido oportunidad.
Manresa tiene algo más de 82.000 habitantes, según la última lectura del padrón, con datos del 1 de enero. Es un récord de población para la capital del Bages, que desde hace tiempo mantiene un crecimiento sostenido de alrededor de 1.000 habitantes al año, debido básicamente a la llegada de personas procedentes del extranjero, que ya representan más del 22% de la población.

La comunidad extranjera con mayor presencia es, con diferencia, la marroquí, con más de 7.000 personas. Una población asentada desde hace décadas en la ciudad y formada por vecinos que contemplan con preocupación cómo el comportamiento violento de unos pocos los sitúa a todos bajo sospecha. Las fuentes policiales definen al colectivo marroquí como “cero conflictivo”.
A sus 57 años, Jesús Martín encontró trabajo hace dos meses como barrendero municipal. El viernes no quería tocar las decenas de velas, algunas ya apagadas, que los amigos de Carles Vilajosana encendieron entre lágrimas la primera noche tras su muerte junto a los bancos de la calle Divina Pastora, a pocos metros del lugar donde fue apuñalado.
Jesús Martín y su familia regentaban un bar que tuvieron que cerrar. La estocada llegó cuando tocó devolver los créditos que habían solicitado para sobrevivir a la covid. Ahora cobra una nómina a final de mes y dice que vive sin aquellas preocupaciones. Se está adaptando poco a poco a su nueva vida y, desde esa ventana que supone recorrer los barrios con su escoba, asegura que su ciudad ha cambiado. Y a peor. “Está descontrolada. Es como si nadie pusiera orden. Mis hijos son mayores, pero de un tiempo a esta parte les pido que tengan mucho cuidado”.
Las jóvenes que trabajan en los bares del centro regresan acompañadas a sus casas por miedo
Frente a las velas hay una estampa que sirve de metáfora de lo que puede estar pasando en Manresa. Hay dos bancos. En uno están sentadas Pepita, Blasi, su marido y otro vecino que se ayuda de un andador. En el otro, tres marroquíes vestidos con la túnica larga con la que acuden al rezo de los viernes en la mezquita.
No se miran. No se hablan.
Durante los quince minutos que esta cronista observa con paciencia la escena no hay un solo gesto de unos hacia los otros. No se conocen. Y quizá lo peor para todos es que crece cada vez más el desinterés por saber cosas del otro. El desconocimiento genera desconfianza. Y la desconfianza alimenta el miedo.
Los dos menores detenidos por el crimen de Carles Vilajosana —uno de ellos identificado como el presunto autor de la puñalada— formaban parte de un grupo de adolescentes que malvivía en los bajos de un solar destartalado, donde dormían sobre colchones roídos. Es uno de los grupos de adolescentes, muchos nacidos aquí y de padres inmigrantes marroquíes, aunque también hay venezolanos y nacionales de padres españoles, que deambulan por la noche y se arremolinan en los alrededores del Casino, en el paseo Pere III. A ellos señalan vecinos y comerciantes como responsables de buena parte de los incidentes que han acabado alimentando esa sensación de inseguridad.
Los policías que los conocen los describen como adolescentes que se mueven en patinetes con los que circulan a gran velocidad, sin respetar las mínimas normas de convivencia; que cuando van en grupo intimidan a quien los mira y desafían a quien les interpela. No son más de una veintena, repartidos en tres barrios concretos. Apenas una veintena frente a una comunidad marroquí de más de 7.000 personas que esta semana desde la mezquitas de la ciudad se sumó a las muestras de consternación y repulsa del crimen.
La capital del Bages tiene una comunidad de 7.000 marroquíes cero conflictivos, aseguran los Mossos
Los agentes de los mossos especializados en delincuencia juvenil los conocen a todos, uno por uno. De ahí que, tras el homicidio de Carles, los primeros datos aportados por los testigos fueran suficientes para saber quiénes eran los sospechosos y dónde podían encontrarlos.
No son declaraciones oficiales, pero los responsables policiales admiten que la actividad de este reducido grupo ha contribuido a alimentar ese temor enquistado en Manresa, acrecentado ahora por el homicidio del hombre que amaba saltar en la Patum.
El gobierno municipal, formado por ERC, PSC e Impulsem Manresa, puso en marcha distintas medidas para reforzar la seguridad en la calle. Creció la plantilla de la Guardia Urbana —aunque poco, en palabras del propio alcalde—, se instalaron cámaras de seguridad y se impulsó la Mesa de Seguridad, Civismo y Convivencia para abordar de forma transversal, junto a los grupos municipales y el tejido asociativo, los problemas de inseguridad.
Unos meses antes del crimen, el presidente de la Federación de Asociaciones de Vecinos de Manresa, Jaume Canudes, ya advertía de que el ambiente en la ciudad se había enrarecido y que una parte de los vecinos no se sentía segura.
Tras el asesinato de Carles, Canudes ha pedido responsabilidad para no alimentar discursos racistas. Pero también ha reclamado que se afronte con contundencia el que unos menores sobradamente conocidos por su conflictividad, con antecedentes y sometidos a medidas de vigilancia, siguieran deambulando hasta que uno presuntamente utilizó contra Carles Vilajosana la navaja que llevaba encima.
La policía conoce y controla a una veintena de adolescentes responsables de buena parte del temor vecinal
En la calle Divina Pastora, frente a las velas en memoria de la víctima, los dos bancos siguen separados apenas por unos metros. En uno se sientan Pepita y sus vecinos. En el otro, tres hombres marroquíes que vienen de rezar. Quizá el problema de Manresa no sean los metros que separan los dos bancos, sino todo lo que ha ido creciendo entre ellos.

Escribe y cuenta historias de la mala vida desde que empezó en el oficio del periodismo, desde los tiempos del fax. Autora de ‘Desmontando el crimen perfecto’. Convive con dos perros, Simón y Lola; y con todo por aprender



