Cristina Diego, 29 años, ingeniera al frente de un vivero de pistacho: “Una ventana que no se abra puede hacernos perder una semana de crecimiento”

A simple vista, medio millón de plantas de pistacho colocadas una junto a otra pueden parecer exactamente iguales. Sin embargo, basta con que una tubería aporte algo menos de agua, una ventana del invernadero no se abra cuando debería o la calefacción baje durante la noche para que una parte de la producción pierda varios días de crecimiento. En un vivero donde cada planta debe alcanzar el tamaño adecuado para ser injertada y salir al mercado en una fecha concreta, esos pequeños desajustes pueden decidir si meses de trabajo terminan en una plantación o se quedan por el camino.

Controlar todas esas variables forma parte del trabajo de Cristina Diego, ingeniera agroalimentaria y responsable técnica de los viveros de pistacho de Agroptimum, en Albacete. Aunque entró en la empresa para ocuparse principalmente del fertirriego, la climatización y la sanidad vegetal, su puesto ha ido ampliándose hasta incluir el seguimiento de la producción, la coordinación con los equipos de campo y la implantación de certificaciones de calidad. A sus 29 años, tiene una responsabilidad poco habitual para alguien de su edad y trabaja en un sector todavía muy masculinizado, pero asegura que el principal obstáculo no ha sido ser mujer, sino conseguir que otros acepten las indicaciones de una profesional joven.

Antes de trabajar en un vivero, ¿qué imaginabas que encontrarías?

Pensaba que sería un trabajo bastante más monótono. Venía de una finca de unas 500 hectáreas en la que había cultivos de secano y de regadío, campañas diferentes y proyectos de investigación, así que creía que dedicarme a un único tipo de planta sería mucho más repetitivo. Ha resultado ser todo lo contrario. El pistacho es todavía un cultivo relativamente nuevo, sobre el que no existen fórmulas cerradas ni recetas perfectas, de modo que casi todos los días aparece algo que hay que estudiar, corregir o mejorar. Esa parte de descubrimiento constante no me la esperaba.

¿En qué consiste exactamente tu trabajo?

Me encargo del seguimiento técnico del cultivo: controlo el clima de los viveros, las necesidades de riego y fertilización y los tratamientos relacionados con la sanidad vegetal. También medimos el crecimiento de las plantas y analizamos mediante modelos matemáticos si, manteniendo su trayectoria, llegarán al tamaño que necesitamos en cada momento. Si vemos que no alcanzarán a tiempo la fecha adecuada para el injerto o para salir a la venta, revisamos todas las variables y decidimos qué debemos ajustar.

¿Cómo se puede saber con tanta antelación si una planta llegará a tiempo?

Tomamos medidas periódicamente y observamos su ritmo de crecimiento. A partir de esos datos podemos proyectar dónde estará la planta dentro de varias semanas y comprobar si alcanzará el objetivo. Cuando la previsión indica que va retrasada, estudiamos la causa: puede faltar temperatura, riego, fertilización, micronutrientes o aminoácidos, o quizá haya algún problema que esté frenando su desarrollo. También podemos adelantar determinadas tareas, como una poda o una limpieza de brotes, para que la planta concentre su energía en la parte que nos interesa. Son pequeñas decisiones que, sumadas, permiten ganar días y llegar con más margen.

¿Pasas más tiempo entre plantas o delante de un ordenador?

Hay un poco de todo y depende mucho de la época del año. Los datos son necesarios porque nos permiten analizar lo que está ocurriendo y tomar decisiones, pero hay momentos en los que tienes que estar continuamente entre las plantas. Durante el injerto, por ejemplo, se juega buena parte de la producción anual y la presencia en el vivero es fundamental. Además, aparecen muchos imprevistos que no se pueden posponer y, cuando surge un problema, hay que resolverlo en ese momento. Por suerte, cuento con un equipo de producción que conoce muy bien el cultivo y da soporte en toda esa parte.

¿Qué es lo más difícil de manejar un volumen tan grande de plantas?

Lo más complicado es atender las necesidades concretas de cada zona y de cada fase del cultivo. En un mismo momento podemos tener plantas recién plantadas y otras que ya están en su segundo crecimiento después del injerto, y lo que necesita una no tiene nada que ver con lo que necesita otra. Además, cada etapa coincide con unas condiciones climáticas distintas, que unas veces ayudan y otras perjudican. Este año se quiere alcanzar una producción de entre 1,5 y 1,8 millones de plantas, así que el reto consiste en hacer ajustes continuos sin tratar todo el vivero como si fuera un único bloque.

¿Un error aparentemente pequeño puede arruinar meses de trabajo?

Sí. Algo tan sencillo como un riego desuniforme puede cambiar por completo la trayectoria de una planta. Si una piqueta aporta más o menos agua que otra, esa diferencia quizá no sea importante en un ejemplar aislado, pero, cuando se reproduce en miles de plantas, el impacto es enorme. También puede ocurrir que una ventana no se abra, que no cierre correctamente o que la calefacción baje demasiado durante la noche. Cualquiera de esos fallos puede restar una semana de crecimiento. En una campaña anual, esa semana puede marcar la diferencia entre vender una planta con el estándar de calidad exigido o no poder sacarla al mercado.

¿Qué buscan conseguir cuando hablan de una producción homogénea?

Que todas las plantas de una misma fase tengan un desarrollo similar y cumplan unos parámetros de calidad comunes. Cuando alguien entra en el vivero y ve cientos de miles de plantas juntas, una de las cosas que más le sorprende es precisamente esa homogeneidad. Detrás hay mucho seguimiento, porque no se consigue dejando que todas crezcan sin más. Hay que vigilar el riego, el clima, la nutrición y cada labor que se realiza para evitar que unas zonas se queden atrás. Esa uniformidad es también lo que da confianza al cliente antes de llevarse la planta a su finca.

El pistacho se ha presentado durante años como un cultivo muy rentable. ¿Es realmente tan sencillo como plantar y esperar?

Ningún cultivo funciona de esa manera. Las plantas no hablan y hay que aprender a interpretar lo que necesitan. Cada especie tiene unas exigencias concretas de nutrición, agua, temperatura y suelo, y el pistacho no es una excepción. No se puede manejar una plantación de pistacho como si fuera una viña, igual que tampoco se puede cultivar una viña pensando que es un pistachero. No diría que sea necesariamente más difícil o más fácil que otros cultivos, sino diferente. Cuando se conocen sus necesidades se puede trabajar bien, pero pensar que basta con plantar para empezar a ganar dinero simplifica demasiado la realidad.

¿Por qué crees que el pistacho ha ganado tanto terreno en España?

Una de sus ventajas es la capacidad de adaptación de determinadas variedades. Hay plantas con mucho vigor y bastante resistencia al estrés hídrico y a las variaciones de temperatura. En lugares como Castilla-La Mancha, donde la diferencia entre el frío y el calor puede ser muy grande, ese comportamiento aporta seguridad. Otros cultivos pueden acusar más los cambios bruscos o los años climáticamente extraños, mientras que algunas variedades de pistacho responden bien si el manejo es adecuado. Creo que esa resistencia ha contribuido a que muchos agricultores lo vean como una alternativa interesante.

¿Cuánto tarda un pistachero en empezar a producir?

Tradicionalmente, la bibliografía ha hablado de periodos de siete o incluso diez años para entrar en producción. Sin embargo, con la genética que utilizamos y con el sistema de producción aplicado en el vivero, se está viendo que las plantaciones pueden empezar a producir a partir de unas tres campañas y media. Es un recorte importante, aunque eso no significa que la planta se pueda abandonar una vez colocada en el terreno. La calidad de origen ayuda, pero después sigue siendo necesario realizar un manejo correcto en la finca.

Eres joven y trabajas en un sector históricamente masculino. ¿Has sentido que debías demostrar más que otras personas?

Dentro de las empresas en las que he trabajado, he recibido mucha confianza, incluso antes de la que quizá yo misma me habría dado. Han sido las propias direcciones las que me han planteado asumir responsabilidades porque consideraban que podía defenderlas. Donde sí he encontrado alguna dificultad ha sido al relacionarme con personas de otras empresas o con profesionales que llevan muchos años trabajando y a quienes puede costarles aceptar indicaciones de alguien joven. Creo que la edad ha pesado más que el hecho de ser mujer, aunque la combinación de ambas cosas a veces hace que al principio tengas que explicar o demostrar más.

¿Qué tiene este trabajo para que quieras seguir vinculada al campo?

Es un trabajo muy agradecido porque el resultado se ve. Cuando haces las cosas bien, observas cómo crece la planta y puedes reconocer el fruto de todo el esfuerzo. Después visitas una plantación, sabes de qué vivero salió aquel árbol y compruebas cómo se desarrolla con el paso de los años. Esa parte es muy gratificante. Además, siempre me ha gustado la naturaleza y, aunque estemos hablando de un cultivo productivo, un árbol aporta mucho más que el pistacho que termina dando: forma parte del paisaje, fija carbono y permanece durante años en el terreno.

¿Y cuál es la parte menos amable?

Las condiciones climáticas. En muchos trabajos, cuando hace demasiado calor puedes entrar en un sitio fresco y, cuando hace frío, refugiarte en un lugar con calefacción. En el campo suele ocurrir justo lo contrario: si hace calor, tienes que estar donde hace calor, y si hace frío, también tienes que salir. Nunca parece haber un momento en el que el tiempo acompañe del todo. Es una parte dura y contra ella no se puede hacer demasiado, porque las plantas están fuera y tú tienes que estar donde están ellas.

Joel Sáez

Redacción

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