Formar una familia ensamblada 6 años después de ser madre en solitario: “He ganado a una persona que me quiere y se preocupa por mi hija”

Cuando Raquel Orgillés decidió ser madre por su cuenta hace seis años, no podía imaginar cuánto cambiaría su vida. Originaria de Barcelona, se decantó por el bachillerato artístico y desarrolló su carrera profesional en el mundo de la hostelería. Sin embargo, en 2018, “se me paró la vida; fue una bomba de relojería que me llevó a volver a comenzar”, remarca.

Uno de los pasos en esa nueva vida era tener hijos. “Siempre había querido ser madre. Tenía hermanos pequeños y era algo que siempre había deseado”, explica Orgillés. Sin embargo, no había nadie al lado con quien hacerlo. “Las relaciones sentimentales que había tenido no habían funcionado. Con una de las últimas sufrí maltrato psicológico. Fue alguien que me hizo mucho daño y salí de aquella relación muy dolida, sin creer en el amor. No quería volver a comenzar con nadie, sino estar sola y tranquila”, recuerda.

Mientras se planteaba si dar el paso o no, empezó a investigar su sistema reproductivo con visitas médicas y distintas pruebas. Los resultados detectaron que tenía una baja reserva ovárica y las dos trompas de Falopio obstruidas. “Significaba que no podía quedarme embarazada de manera natural o por inseminación básica. Me preocupé bastante porque si tenía que esperar a conocer a alguien nuevo y que ambos decidiéramos ser padres, quizá se complicaba todo más”, relata la autora de Cocina para crecer (Roca Editorial).

Fue entonces, con 35 años, cuando empezó a plantearse la maternidad en solitario. “Pensé: ‘Haré un intento y si funciona, seré madre sola. Si no, viviré la vida’”, revela Orgillés. Una opción por la que cada vez más mujeres se decantan en España, vinculada a trayectorias vitales diversas. De hecho, un estudio realizado por el Instituto Valenciano de Infertilidad (IVI) en 2022 señalaba que el 84% de las mujeres encuestadas que deseaban ser madres no descartaban hacerlo sin pareja.

con 35 años, cuando empezó a plantearse la maternidad en solitario. Foto: IG/mamamonomarental

La llegada de Nora

Tras someterse a la primera fecundación in vitro, recibió la mejor de las noticias. “Me acuerdo perfectamente del día que me comunicaron que estaba embarazada. Me hicieron mirar una pantalla y me dijeron: ‘¿Ves esta luz? Eso es ella’”, detalla Raquel. Sin embargo, esa alegría quedó empañada por un embarazo complicado: “Tuve depresión. Venía de esa ruptura y no había superado la idea de tener una familia perfecta. Era duelo porque mi familia no iba a ser como me había imaginado durante tanto tiempo”.

El nacimiento de su hija tampoco fue sencillo. “Fue muy duro porque estaba sola, fueron muchas horas y me destrozaron con el instrumental. Fue todo muy frío y con poco tacto. Llore mucho, pero de todo ello nació mi princesa, muy movida y alegre”, describe Raquel. Las dificultades no quedaron ahí, ya que al poco de dar a luz llegó el confinamiento por COVID-19.

“Imagínate. Madre en solitario, con una depresión que arrastraba del embarazo y una bebé que tenía unas ganas de vivir increíbles. Además, yo con ella no podía bajar ni a tirar la basura, con los vecinos lograba dejarla abajo con una cuerda”, expone Raquel. Al mismo tiempo, la empresa en la que trabajaba aplicó un ERTE que provocó que estuviera cuatro meses sin cobrar nada. Toda esta situación hizo que Raquel se volcara por completo en su faceta como madre. “Yo no me acordaba de cuidarme a mí, ¿sabes? Yo estaba maternando”, asegura.

Aun así, recuerda aquella época en casa con mucho positivismo. “La maternidad en solitario confinada fue un regalo. Nadie opinaba, nadie juzgaba. Hacía lo que quería y no tenía horarios, De hecho, cuando nos dijeron que podíamos empezar a salir, me costó mucho. Me había acostumbrado a que fuéramos ella y yo, comenta.

Mientras aprendía a ser madre, Orgillés también experimentó una reconstrucción laboral. Tras ser despedida, creó un perfil en Instagram. “Soy cocinera, así que quise publicar recetas para niños fuera de lo habitual. Iba más allá de la patata cocida”, narra. A medida que fue cogiendo confianza, empezó a hablar de cómo estaba siendo para ella la maternidad en solitario.

Aun así, recuerda aquella época en casa con mucho positivismo. Foto: IG/mamamonomarental

Vivir aventuras con su hija

A medida que su pequeña iba creciendo y aprovechando el dinero de la indemnización de su anterior empleo, Raquel tomó la decisión de empezar a viajar con ella. “Pensé que llevaba dos años y medio con mi hija en casa, sin hacer nada, y me animé”, expresa. A través de una agencia, se apuntó a un viaje a Marruecos con otras familias. Lo que no esperaba era que todas fueran familias tradicionales: “Fue una hostia de realidad. Vi cómo era esa manera de vivir, con un padre y una madre, y me emocionó mucho. Yo no tenía a nadie que vigilara a mi hija mientras me duchaba. Lloré mucho pensando: ‘Esto yo no lo tengo’”.

Lejos de quedarse atrapada en esa sensación, Raquel decidió transformar esa experiencia y crear viajes para madres monomarentales. “Fui cuatro veces más a Marruecos con diferentes familias. Eran viajes solo de mujeres con niños. Algunas estaban separadas, otras habían perdido al marido”, explica. Gracias a ello, crearon una tribu y tuvo un efecto en su identidad. “Es que vuelves diferente, no solo culturalmente, sino porque te vas a conocer a otras personas en tu situación”, subraya Orgillés.

El retorno del amor

El siguiente destino fue Senegal. En enero de este año, organizó el primer viaje a este país. Allí conoció a su pareja actual, Massamba, que es profesor de arte de niños pequeños. “Cuando preparo los viajes yo quiero vivir ciertas experiencias en ese país, como un curso de cocina tradicional o alguna actividad artística, ya sea la danza o los instrumentos típicos. En este caso era hacer cuadros con la arena del mar. Aquí la hay de muchos colores, como blanco, marrón o negro. Él era la persona que impartía esta clase”, cuenta Orgillés.

La primera impresión ya le hizo notar que había algo diferente entre ellos. “Hacía años que no miraba a ningún hombre así, pero pensé: ‘Qué guapo’”, reconoce, con humor. Al día siguiente volvieron a coincidir porque Massamba era el traductor de otra de las experiencias organizadas. A medida que pasaban tiempo juntos, su complicidad se hizo cada vez más evidente.

A medida que pasaban tiempo juntos, su complicidad se hizo cada vez más evidente. Foto: IG/mamamonomarental

Además, lo que más le llamó la atención fue el vínculo inmediato que se creó con su hija: “Nora estaba un poco irritada porque hacía mucho calor, se había peleado con otra niña por una silla y estaba cansada. Mientras yo intentaba gestionarlo, él se acercó y le dijo algo de unos lápices de colores que tenía. Le dio la mano y le dejo escoger varios colores. Ella se quedó pintando tranquila”, relata.

A pesar de ello, Raquel admite que “era muy reacia y realista” con toda aquella historia: “Él me decía: ‘Bueno, aquí está pasando algo, nos interesamos’ y yo le respondía que no, que vivíamos en dos sitios muy alejados”. Antes de que acabara el viaje, intercambiaron los números de teléfono y siguieron conociéndose a través de WhatsApp. Intentaron organizar un viaje para que él fuera hasta Catalunya, pero no fue posible. “Él trabaja para el Estado como profesor. Entonces, el país no quiere que las personas que tienen una plaza fija, ya sean policías, médicos o docentes, se marchen y se lo ponen muy complicado”, desvela Raquel.

Ante esta situación, decidió volver allí, no sin antes hablar con su hija. “Nora lo tenía clarísimo. La que más rápido vio la relación fue mi hija. Le expliqué que necesitaba conocer mejor a una persona importante para mí porque quería saber cómo era en el día a día. Y ella me dijo: ‘Sí, tienes que ir’. Y volví. Sin prisas y con la intención de ver cómo encajábamos juntos”, rememora Raquel.

Lo que encontró fue que todo funcionaba mejor de lo que esperaba. “Me di cuenta de que antes de él, ninguna pareja me había cuidado. Yo era la que estaba siempre pendiente y la de tener detalles. Me pasé los días en alerta, viendo donde fallaba, pero es que él tenía mucha gestión emocional. Creo que los dos nos encontramos en un momento en el que ya no creíamos en el amor”, reflexiona.

Una vez confirmaron que querían intentarlo, tuvieron que organizar una relación a distancia. “Hacemos un mes juntos y luego otro sin vernos, más o menos. Ahora ya nos hemos visto cuatro o cinco veces”, manifiesta. Eso sí, la prueba definitiva está siendo la convivencia con Nora. A pesar de la gran conexión que tuvieron en el primer encuentro, Raquel quería comprobar cómo funcionaba la dinámica familiar durante más tiempo.

“Justo ahora estamos haciendo la prueba de convivir los dos con ella. Llevamos 21 días juntos; aún nos queda, pero está yendo todo muy bien. Además, para mí era importante saber qué ideas tenía respecto a la educación que le estoy dando a mi hija”, dice. Los tres están llevando a cabo un proceso de adaptación por diferentes motivos: “Nora estaba acostumbrada a que yo no tuviera pareja y ahora sí; él no ha tenido hijos, ni mujer, y yo he tenido que combinar ser madre y no descuidar a la pareja”.

Lejos de ser una realidad marginal, este nuevo modelo de familia ensamblada forma parte del presente social. El término se refiere a aquellas familias en las que uno o los dos miembros de una pareja aporta uno o más hijos de una relación anterior “Dentro de estas consideraciones entran tanto las segundas o posteriores parejas de viudos, divorciados y madres solteras”, expresa la Fundación Clínica de la Familia.

El estudio Las parejas reconstituidas en España: un fenómeno emergente con perfiles heterogéneos, publicado en Revista Española de Investigaciones Sociológicas, recoge que “el Censo de 2011 identifica en España 4.490.691 parejas heterosexuales con al menos un hijo menor de 18 años, de las cuales un 7,4% son reconstituidas”. Unos datos que han ido aumentando según el informe, convirtiendo este modelo familiar en una forma prevalente.

Aunque Raquel es consciente de que en algún momento pueden surgir dificultades, tiene claro que darse una nueva oportunidad no significa renunciar a la vida que había construido. “Yo sigo con mi vida. Con mi piso, mis amigas, mi trabajo… No he perdido nada; en todo caso, lo que he hecho ha sido ganar a una persona que me quiere y que se preocupa por nosotras”, sostiene.

Respecto a las personas que se extrañan por su situación vital, tiene claro que no tiene por qué justificarse, ni hacerles entender nada. “Antes todo esto era extraño, pero ahora es habitual. Mucha gente tiene esta diversidad familiar. No hay que etiquetar, ni tener prejuicios. Yo he decidido ser madre en solitario y ahora mantener una relación a distancia. Lo más importante es que la familia es esto; es amor, no sangre”, concluye.

Jara Bravo

Redacción

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