Fito Páez, canción sobre canción

Para el que nace bracero y pobre / La vida cabe en un chamamé / Por eso dejo en el baile el alma / Hasta que llegue el amanecer.

Los versos pertenecen al mendocino Daniel Altamirano -autor, entre otros hitazos, de “La Oma” o “Dios a la una”y son parte de su lírica impecable, recorriendo la Argentina, la música y la vida.

La canción, “Che Gomecito”, que ya circulaba por el Litoral en los tempranos 90 o aún antes, o su concepto –la entera experiencia humana puede retratarse en unos versos y unos compases, se trate de la de una sola persona o la de todas– puede haber estado en el radar de Rodolfo Páez desde siempre; o haber compartido aquella intuición al escribir y cantar:

Pienso en la primera vez / Que te dije que te amé / Ah, que hermosa sensación / Y creélo de una vez / El mundo cabe en una canción.

Esa mirada –si se quiere, borgeana– se repite de manera constante en la extraordinaria obra de un artista completo, que transitó la música de mil maneras, a la vez que incursionó de manera consistente en el cine o la literatura. Páez es un renacentista incansable, de inconformismo irreductible, que a puro talento pudo registrar su impronta, casi de modo indeleble, en las generaciones que lo conocen, lo disfrutan y lo quieren desde hace más de cuarenta años.

La última referencia a su vida y obra –esa por la que en cada momento corren todos los momentos– es el documental «El mundo cabe en una canción», dirigido por el cineasta Matías Geilburt y producido por Ánima Films, que desde el pasado 3/9 se puede ver por Netflix.

En 112 minutos, podemos encontrarnos con muchos de los Páez que caben en cualquiera de sus obras. Se lo descubre renegando de aquellos registros destinados a loar a los protagonistas, aunque no parece muy razonable que se disponga semejante esfuerzo de creación, producción o logística, si no es para celebrarlos –y ciertamente con ese fin, los televidentes nos disponemos a invertir nuestro tiempo de ocio y este caso no es la excepción–. De cualquier modo, muchos pasajes del documental lo mostrarán en su “Lado B”, ese que se nos escapa en la cotidianeidad, acostumbrados a percibir a nuestros artistas desde sus performances.

Se lo puede apreciar genial, sensible, incómodo, exigente, temeroso. Y en ese recorrido la trama repasa con detalle su grave accidente doméstico en Madrid –caída por una escalera, varias costillas rotas, meses de rehabilitación–. Pero también volvemos a su pasado glorioso, el chico que, como nosotros, jugaba a la pelota en la vereda de su casa, en el interior de la Argentina, bajo la mirada afectuosa de su padre, y que con menos de veinte años nos sorprendía con canciones inmortales.

Fito Páez, canción sobre canción

Ese flaco desgarbado, que acompañando a Juanca Baglietto o luego a Charly García, se había ganado “su” momento en cada show, recibiendo ovaciones que generaban los celos de las primeras figuras. Ese joven increíblemente maduro que nos acompañaba con discos como Del 63 o Giros y se desgarraba más allá de lo soportable –y lo exhibía– en Ciudad de Pobres Corazones. Cómo olvidar aquellos conciertos en escenarios como Atenas o Juniors, tiempos de rigurosa vestimenta negra y sobretodos.

Y también aparece el Fito que un poco más grande y de la mano de nuevos amores, despega hacia algún lugar en el que alcanza un estatus diferente: se transforma y desde otra escala se enfrentará a los subibajas de siempre; otros volúmenes, otras crisis, otros regresos.

Tendrán espacio en el filme, las mujeres de su vida. Las que lo hicieron aquel chico tan especial, por presencia y por ausencia. Las que amó o ama. Nos encontraremos con sus hijos y será un padre demandante de amor y de energía, como cualquiera.

Así también, conoceremos al Páez que reflexiona y hace pensar –como emocionar – en el Instituto de Música Mediterránea de la Universidad de Berklee, en 2025, al recibir el premio Máster en Música Latina, cuando aconseja– y hay que verlo en ese rol, con qué autoridad y qué convicción comunica- escuchar en silencio música desconocida, desconectado de todo dispositivo que distraiga; apartarse del rebaño; aprender de los maestros en cualquier orden vital; escucharse, sentir.

Y estará el músico feliz por grabar en Abbey Road; el que se prepara de manera rigurosamente profesional, repasando sus partituras y sus interpretaciones hasta el mínimo detalle y exigiendo un compromiso en su banda que no parece irrazonable con su historia. Y que sufre si en los últimos compases de un concierto un cierre no se respetaron las pautas establecidas, y reprende duramente a sus músicos si no lo están acompañando en el nivel establecido.

En cualquiera de los tantos prismas con los que puede mirarse a Páez, en todas y cada una de las locaciones en que transcurre su biografía, vuelve aquella idea magistralmente expuesta por Altamirano: los brazos, la necesidad, la vida, la obra, el baile, el amanecer.

Basta con unos pocos acordes, con escasos versos, para que vuelva una casa que ya no existe, una persona que ya no está, una sensación que creíamos perdida. O alguien que siempre estuvo ahí y quizá no habíamos percibido del todo.

Y sí, querido Fito, finalmente es cierto: el mundo cabe en una canción.

¿Quién resistirá, cuando el arte ataque?

Redacción

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