La energía se recalienta por culpa de las vicisitudes de la guerra en el Golfo. Las tasas largas suben, aunque lo hacen a pasos medidos, muy cortos. Con el anuncio de mayores recompras de deuda, el secretario del Tesoro de EEUU, Scott Bessent, evitó una convulsión en el mercado de bonos. No obstante, el conflicto en Irán no se soluciona y suma presión. ¿Cómo sigue la película, Gekko?
Gordon Gekko: Vamos por partes. Primero, Bessent calmó a los bonos con su promesa de intervención. Después, lanzó el paquete de sanciones económicas “nunca vistas” a quienes colaboren con Teherán. Pero la prioridad corre a la inversa. Trump decidió asfixiar a Irán y en eso embarcó a todo su gobierno. Irán tomó represalias en Ormuz y, ahora también, a través de los hutíes, en Arabia Saudita. El mensaje es sencillo: a la par, va a golpear en Bab el Mandeb. La prioridad de Trump es escalar el conflicto. La mejor línea de defensa de Irán es que suba el precio del crudo. Bessent, por tanto, debe hacer dos cosas: aplicar las sanciones económicas y abocarse a apagar los incendios. Hasta nuevo aviso.
P.: Lo que le queda es apagar incendios.
G.G.: Quiero pensar que, además, podrá decirle a Trump hasta dónde se puede jugar con fuego.
P.: De momento, se arregla bien.
G.G.: A principios de agosto, Bessent decía que un acuerdo con Irán estaba a punto de abrocharse. “Tal vez hoy o mañana”, dijo el 8 de agosto. Vaticinaba un cese de fuego de 30 a 60 días y una reapertura de la navegación por Ormuz. El barril de Brent rondaba los 80 dólares. Hoy estamos en el otro extremo. Resurgió la actividad militar y el crudo superó los 98 dólares. La tasa de 10 años merodeaba 4,63% el 8 de agosto. Cuando Bessent anunció la ampliación de las recompras, arañaba 4,75%. Hoy (por ayer) se ubica en 4,80%.
P.: Y la recompra aumentada todavía no se realizó.
G.G.: El jueves se hará la primera operación.
P.: No hubo un gran incendio en el mercado de bonos.
G.G.: Es más el olor a quemado que el daño real producido. Chamuscar la confianza es como quemar neumáticos. Es por demás intenso.
P.: Se habló de que Bessent quería ponerle un “cap”, un techo, a las tasas largas. No fue así.
G.G.: No fue lo que Bessent dijo en ningún momento.
P.: Ni tampoco lo que ejecutó. La tasa de diez años es hoy más alta que cuando hizo los anuncios. Y no le salió al cruce a la suba. Simplemente, dejó que suceda.
G.G.: “Yo no pretendo ponerle el precio a los bonos”, diría una semana después. “No creo que pueda cambiar el precio de equilibrio, aunque nada nunca está en equilibrio”. La idea era apaciguar el vértigo e instar a desarmar los “shorts” antes que se produjera una explosión. Bessent es un veterano bond vigilante que ahora trabaja para el gobierno. Conoce el paño. Vio venir la crisis que estaba en gestación. El trabajo de los hedge funds es acelerar las cosas. “El mío es frenarlas y que todos sepan que, tal vez, la situación no es un camino de una sola dirección”.
P.: Se desactivó la crisis. Pero la dirección de las tasas no cambió.
G.G.: No va a cambiar si no cesa el envión del subyacente, la suba del precio del crudo.
P.: No parece haber una solución que permita destrabar el pasaje por Ormuz y que sea aceptable para Trump y para Irán. ¿Cómo se arregla eso?
G.G.: Súmele diez dólares al barril y la encontrará. En los términos que planteaba Bessent el 8 de agosto. O como pasó a mediados de junio, cuando se firmó el Memorándum de Entendimiento. Quizás no resulte una solución definitiva, pero, en un caso así, el gobierno necesitará una pausa para descomprimir la tensión.


P.: Si las tasas largas vuelven a dispararse, ¿podrán ser el motivo para apurar una tregua?
G.G.: Bessent tiene caja suficiente a mano para morigerar su ascenso. La presión vendrá igual por el lado de la economía real. Empezando por el aumento de precio en el surtidor de la nafta y el diésel.
P.: Y ya estamos en la antesala de las elecciones. Se vota el 3 de noviembre.
G.G.: Era difícil pensar que Trump estuviera dispuesto a correr tantos riesgos como lo hace en la actualidad. La guerra es impopular, las subas de precios todavía mucho más. Cuando suscribió el Memorándum, haciendo grandes concesiones (que luego no cumplió), dijo que la razón era evitar una catástrofe económica. Quizás no lo mueva el riesgo electoral, pero no será insensible al cálculo de un parate económico.
P.: O a un derrumbe de Wall Street, lo que podría sobrevenir mucho antes.
G.G.: Correcto. Los logros de los que Trump puede pavonearse hoy tienen que ver con el crecimiento sostenido de la economía y la ascensión de la Bolsa.
P.: ¿Cómo se entiende que Wall Street no se resienta en un contexto así?
G.G.: Cuando comenzó la guerra, corrigió 10% a lo largo de marzo. El temor le duró un mes. El supuesto clave que permitió su recuperación vibrante es que no habrá una crisis disruptiva de la energía. Y hasta el presente se cumple. Y lo que le dio alas, el boom de la IA y de la inversión asociada, es, paradójicamente, un elemento que complica a los bonos. Por eso los caminos se bifurcan.
P.: La semana que viene se reúne la Fed. Debe ser el mitin de resultado más incierto en años. ¿Qué cree que pasará?
G.G.: Espero que la Fed suba las tasas un cuarto de punto. Y que Kevin Warsh lidere la votación.
P.: A menos que la inflación de agosto, cuyas primeras lecturas se conocerán jueves y viernes, arroje una sorpresa muy positiva.
G.G.: Las mejoras de junio y julio están vinculadas con la baja del precio del petróleo. En agosto y lo que va de septiembre, ya lo dijimos, se elevó mucho la vara. No existe motivo para demorar una decisión preventiva, modesta, anunciada, que está más que madura. Warsh se aferrará a un buen número de agosto, si es que aparece, para dilatarla, pero no le veo sentido. Salvo la presión política que ejerce Trump, que es enorme. Pero el costo de erosionar la credibilidad de la Fed, ya vimos lo que pasó en julio, será cada vez más alto. Lo último que puede permitirse el banco central es que se dañen las expectativas de inflación. Yo veo a Bessent más desafiado por este flanco que por la guerra en Irán.

