Lluís Benejam tenía 16 años cuando, trabajando en la imprenta Trayter de Figueres, empezó a fijarse en unos papeles que para la gran mayoría apenas tenían importancia. A la imprenta llegaban los programas de mano de los cines con el reverso todavía en blanco para que allí imprimieran la información correspondiente y, como sobraban ejemplares, comenzó a guardar algunos. No recuerda cuál fue el primero ni hubo un momento concreto en el que decidiera convertirse en coleccionista. Le interesaba, sobre todo, comprobar hasta qué punto una imagen podía conseguir que alguien quisiera ver una película de la que apenas sabía nada. “Era como la portada de un libro: puede atraerte y luego quizá el libro no te guste, pero aquella imagen ya te ha impactado”, recuerda.
Más de medio siglo después, aquello ocupa el último piso de su casa y resulta difícil seguir llamándolo simplemente colección. Benejam, de 71 años y profesional de la impresión durante toda su vida laboral, calcula que conserva unos 36.000 carteles correspondientes a alrededor de 28.000 películas, entre 24.000 y 25.000 guías publicitarias y unos 16.000 programas de mano, además de fotografías y otros documentos. La inmensa mayoría no los ha comprado, sino que han llegado mediante intercambios, visitas a antiguos cines y donaciones acumuladas durante décadas. Él mismo considera que el verdadero valor está precisamente ahí, en haber reunido información sobre buena parte de las películas estrenadas en las pantallas españolas desde mediados del siglo pasado hasta la actualidad y haber evitado que miles de documentos terminaran dispersos o directamente en la basura.
¿Qué tenían aquellos programas de mano para que empezara a guardarlos?
Me gustaba que un simple trozo de papel pudiera motivar a alguien para ir a ver una película. En aquella época no existía toda la publicidad ni toda la información que tenemos ahora y la imagen tenía muchísima importancia. Podías no saber prácticamente nada de la película y, solo por ver aquel dibujo, querer entrar al cine. Además, cada distribuidora tenía sus propios dibujantes y los carteles eran distintos; incluso una misma película podía tener diseños diferentes según el país. Eso era lo que más me atraía.
¿Cuándo se da cuenta de que aquello ya no es solo guardar algunos papeles y se ha convertido en una colección?
No te das cuenta de golpe. Empiezas a entrar en contacto con otros coleccionistas y poco a poco entras en una rueda que te va enganchando cada vez más. Yo bajaba a Barcelona, iba al mercado de Sant Antoni, conocía a otros coleccionistas y hacíamos intercambios. Entonces no había internet, así que todo se hacía por correo: enviabas cartas, conocías a gente de otros lugares y aquello también formaba parte de la afición. Y en mi caso, además, la impresión era mi profesión, así que todo estaba muy relacionado con mi vida.
Hoy tiene decenas de miles de piezas. ¿Cómo se construye un archivo de estas dimensiones sin comprar prácticamente nada?
Comprado debe de haber un 5% o un 6%. Yo siempre iba corto de dinero y nunca me planteé hacer una colección a base de comprar grandes carteles. Hay coleccionistas que tienen menos piezas que yo, pero poseen carteles muy valiosos porque han querido pagarlos. Por ejemplo, por un cartel de Desayuno con diamantes pueden pedir 6.000 u 8.000 euros y en algunas subastas se alcanzan los 8.000 o 10.000 euros por determinadas piezas. Yo nunca he querido entrar en eso. Mi archivo se ha construido sobre todo visitando cines, recogiendo material y haciendo intercambios.
¿Eso hace que su colección sea diferente de la de alguien que busca únicamente las piezas más valiosas?
Sí. Quizá no tenga el cartel de una determinada película porque es demasiado caro, pero puedo tener su guía publicitaria, fotografías o programas de mano. Lo que considero importante de este archivo es que puedes encontrar información de muchísimas películas que se han estrenado en España desde los años cincuenta hasta nuestros días. Mi objetivo nunca ha sido tener solamente las piezas más caras o más buscadas, sino reunir documentación.
¿Nunca se ha planteado vender una parte de todo lo que ha acumulado?
No, nunca. Cuando iba a una sala de cine y pedía material, ya dejaba claro que aquello era para mi colección. Lo he hecho siempre por satisfacción personal y no me he planteado venderlo. Sí que tengo algunos carteles que pueden tener valor y he conseguido piezas buenas mediante intercambios, incluso algunas de los años cincuenta, pero no las compré pensando en una inversión ni las guardo para venderlas.
Entre tantos intercambios y donaciones, ¿hay alguna historia que recuerde especialmente?
Hay muchas. Recuerdo a un coleccionista de Montevideo, Omar Faceli, con quien intercambiaba carteles. Pasó por una época económica complicada y quería vender su colección; yo no podía comprársela, pero le encontré un comprador y después, como agradecimiento, me envió un paquete con muchísimos carteles argentinos, algunos de los años cincuenta. Me hizo muchísima ilusión.

Después de más de cincuenta años, ¿todavía siente algo especial cuando encuentra una pieza que le faltaba?
Eso no se pierde. Un coleccionista no pierde nunca la alegría cuando encuentra una pieza nueva. Es como adrenalina en el cuerpo y creo que solo otro coleccionista puede entenderlo completamente. Es parecido a subir una montaña: alguien puede preguntarte para qué has llegado hasta arriba si después tienes que volver a bajar, pero lo importante es precisamente haber llegado. Encontrar aquello que estabas buscando produce una sensación fantástica.
Si tuviera que escoger un cartel especialmente importante para usted, ¿cuál sería?
Me cuesta escoger una única pieza, pero tengo mucho cariño a un cartel francés original de los años cincuenta. Lo que me interesa de aquellos carteles es que puedes ver la mano del diseñador. Había autores fantásticos como Jano, Renau, Soligó, Montalbán o Escobar. Ahora puedes trabajar con Photoshop y ya estamos viendo también carteles hechos con inteligencia artificial, pero entonces había una persona sentada delante de una mesa que tenía que imaginar y dibujar aquel diseño. Ver esa mano detrás de un cartel me parece fantástico.
La Filmoteca de Catalunya ha conocido el archivo. ¿Cree que una colección como esta está suficientemente valorada?
Creo que es poco conocida. Han venido personas de la Filmoteca de Catalunya, lo han visto y les ha gustado mucho, incluso la forma en la que está organizado y archivado, pero yo no he percibido después un gran interés. Quizá existe y yo no lo sé ver. Durante todos estos años he colaborado con revistas, libros, bibliotecas y exposiciones y siempre lo he hecho sin ánimo de lucro, simplemente porque me gusta que el material sirva y que se pueda conocer.
Tiene 71 años. ¿Sigue habiendo películas cuya documentación no haya conseguido encontrar?
Muchas. Tengo una relación de películas estrenadas en España y todavía hay muchísimo material que me falta, sobre todo de películas antiguas de las que apenas se conserva publicidad y otras piezas que son muy difíciles de encontrar o tienen precios a los que no quiero llegar. A día de hoy sigo delante del ordenador revisando listas y poniéndolas al día. Es un tema que todavía me apasiona y, cuando me encuentro con otros coleccionistas de Madrid, Santa Coloma o Barcelona, seguimos teniendo todos ese punto de ilusión.
¿Y qué le gustaría que ocurriera con todo este archivo cuando usted ya no pueda ocuparse de él?
Me gustaría que alguna institución o alguna persona se hiciera cargo de todo el archivo y pudiera conservarlo unido. He visto muchas colecciones que, cuando muere el coleccionista, se deshacen: una parte se va a un sitio, otra a otro y algunas cosas terminan en la basura. Aquí hay muchísima información y hasta yo mismo, después de pasar horas dentro del archivo, a veces me sorprendo de todo lo que he podido reunir. No quiero que se pierda. Tampoco me gustaría entregarlo simplemente sin que se valore, no porque quiera hacer negocio, sino porque cuando algo no cuesta nada muchas veces tampoco se le concede el valor que realmente tiene.
Joel Sáez

