El comedor y merendero Por siempre Hilda, ubicado en el barrio San José, de la localidad matancera de Isidro Casanova, nació hace cinco años impulsado por una historia de compromiso comunitario que atraviesa generaciones. El espacio lleva el nombre de Hilda, una reconocida manzanera de la zona que dedicó buena parte de su vida a acompañar a los vecinos. Una integrante del equipo, Ana, recordó con El1: “Siempre se ocupó de que nadie se quedara sin un poquito de leche, sin chocolate, sin huevo”.
Hilda se convirtió en el símbolo de un legado familiar. Su hija Soledad comparte la misma vocación de solidaridad: ayudar a los vecinos a través de un comedor y merendero comunitario. Comenzó a hacerlo sola y, posteriormente, logró consolidar el proyecto a través de la articulación con otros.
Al transcurrir el tiempo, se convirtió en un compromiso compartido con la familia y con otros vecinos colaboradores. Se trata del sentido de la la solidaridad como algo que se siente, que refleja empatía y que «involucra a todos más desde el corazón, porque los recursos son limitados«.
Una situación cada vez más difícil
Actualmente, el espacio comunitario recibe a más de 20 familias, lo que representa la asistencia a cien personas en promedio. Según sus referentes, quienes más se acercan a solicitar ayuda son mujeres, adultos mayores y adolescentes. Además de ofrecer alimentos, se organizan donaciones y se acompañan en gestiones vinculadas al acceso a la salud o situaciones de emergencia familiar.
La fundadora del comedor y merendero, Soledad, aseguró que las necesidades que llegan son cada vez más diversas y advirtió que la cantidad de personas que se acercan creció en los últimos meses. Por otro lado, lamentó que «las familias están desoladas» y que están «más endeudadas porque no tienen recursos y, a veces, se meten más líos para resolver».
En esa línea, enfatizó que «no sacaron a 14 millones de personas de la pobreza, porque estos 14 millones de personas están en la indigencia». Además, expresó preocupación al percibir que hay dificultades en el acceso al trabajo, bajos sueldos, aumentos tanto de los servicios como de los alquileres y ofertas laborales que «se aprovechan de la necesidad».
La experiencia de Marta, una vecina pensionada de 66 años que debido a las dificultades para llegar a fin de mes recurrió a realizar changas para afrontar gastos básicos, representa a las distintas historias de vulnerabilidad de quienes asisten al comedor y merendero. Según contó, está endeudada y hasta renunció a comer carne.
Producción y fotos: Marcela Fernández



