De Ruanda a La Matanza: una vida dedicada al servicio a los demás

Por Valentín Pin*

Acompañar a personas con problemas de adicciones, colaborar en comedores, visitar clubes  y escuelas, charlar con los vecinos, dar clases en un colegio primario y llevar adelante “la misión de Jesús”. Esas son solo algunas de las actividades que hace a diario el “cura villero” Anaclet Mbuguje en el Barrio 22 de Enero, de Ciudad Evita, La Matanza, a miles de kilómetros de su Ruanda natal. 

No decidí venir a Argentina”, aclara el párroco, si bien afirma sentirse parte del barrio y estar muy cómodo en él. Su llegada en 2009 no fue el resultado de una elección personal, sino de la misión que le encomendaron. Con apenas 21 años, el joven ruandés había sobrevivido al genocidio que sufría su país y decidió comenzar su formación religiosa en República Dominicana. Luego pasó por Camerún y, años después, le asignaron viajar a la Argentina. Tras ocho años en Villa Lugano, en el sur de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, finalmente, en 2018 llegó al Oeste del Conurbano.

Anaclet es una persona simple y cercana a los vecinos que no frecuenta redes sociales y se mantiene alejado de los medios. Semanalmente, celebra misas tanto en la Parroquia Monseñor Enrique Angelelli y Mártires Riojanos (Barrio 22 de Enero) como en otras capillas de la zona, como la Parroquia San Antonio De Padua (Barrio Villegas) y la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús (Ciudad Evita). Encuentra en este sector de La Matanza una nueva forma de servir y estar cerca de los más vulnerables.

La parroquia Monseñor Enrique Angelelli y Mártires Riojanos donde Mbuguje trabaja diariamente.

Una misión con los más necesitados

Su presencia en un barrio popular no es una mera casualidad, sino que responde a una concepción misionera y religiosa que parte desde el ideario de Jesús de priorizar a los pobres. “Los Misioneros de los Sagrados Corazones tenemos en nuestra espiritualidad lo que llamamos ‘traspasados’, que son los más necesitados. No excluimos a nadie y buscamos llevar el mensaje de Jesús a los más desamparados”, explica Anaclet.

Si bien muchas veces la labor de la Iglesia se vuelve fundamental para la vida cotidiana de los barrios, no es suficiente para subsanar todas las necesidades y carencias. “El principal problema es la ausencia del Estado en muchas cosas”, define el sacerdote, quien resalta como principales problemáticas que en su zona muchas calles no están asfaltadas y que las familias no poseen títulos de propiedad de su vivienda.

Otro conflicto presente en el barrio es el consumo de drogas y el narcotráfico, y cómo termina amenazando la esperanza de aquellos jóvenes en los barrios marginados. Anaclet enfatiza este asunto como una de las cuestiones a las que se enfrenta diariamente.

El Barrio 22 de Enero, en Ciudad Evita, La Matanza.

Su nueva comunidad

Más allá de todas las dificultades que atraviesa el barrio, algo que sin dudas el cura resalta es la solidaridad que encuentra entre los más necesitados. Según afirma, “tienen una alta sensibilidad y tendencia a organizarse para ir respondiendo comunitariamente a las necesidades de cada lugar”.

Otra cosa que destaca sobre Argentina es la cercanía y hospitalidad de los vecinos con los que convive: “De todos los lugares donde he vivido, Argentina es muy acogedor y con poca discriminación. En general, siento que es uno de los países más receptivos, que mejor recibe a otra gente y otras culturas”.

Del dolor a la sensibilidad

Mbuguje no está seguro de si hay una vinculación directa entre lo que le tocó vivir en su adolescencia y su labor misionera con los más necesitados, pero cree que “hay más posibilidades de que quien haya tenido un dolor pueda sentir también el dolor del otro”. Otra idea fundamental que busca transmitir es que cada persona puede ser “un misionero desde su lugar”. Y menciona a modo de ejemplo el caso del periodismo, que “debe ser para servicio de la gente, para promover la dignidad y la justicia, y no informar para el servicio de los grandes intereses”.

De aquel adolescente que sobrevivió al genocidio de Ruanda al “cura villero” que hoy camina por las calles de La Matanza, hay mas de 10.000 kilómetros y 30 años de fe, pero también una historia marcada por la pérdida, la vocación y el compromiso con los demás. Dos lugares tan distantes como Ruanda y La Matanza aparecen unidos en la vida de un hombre que encontró en la fe una forma de acompañar y construir comunidad. 

*Estudiante de la Licenciatura en Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Matanza (UNLaM), en el marco del Taller de Gráfica VI

Redacción

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