Santiaga Sánchez tiene 59 años y lleva prácticamente toda la vida ligada a las ovejas. Es hija y nieta de pequeños agricultores y ganaderos y recuerda que, con apenas seis o siete años, al regresar del colegio ya quería marcharse con su padre al campo. Hoy cría alrededor de 400 ejemplares de oveja segureña en su explotación de la comarca de Los Vélez, al norte de Almería, donde combina la ganadería extensiva con la agricultura y ha aprendido un oficio en el que el horario depende mucho más del calor, el hielo, los partos o la disponibilidad de pasto que de lo que marque un reloj.
Porque detrás de la imagen aparentemente sencilla de un rebaño avanzando por el monte hay jornadas que en verano pueden comenzar a las seis de la mañana y retomarse por la tarde hasta cerca de medianoche, noches interrumpidas durante la paridera, kilómetros buscando una oveja que se ha quedado rezagada y una capacidad de observación adquirida durante años. Sánchez reconoce a sus animales, interpreta el sonido de los cencerros y sabe que una oveja que se queda sola puede estar avisando de que algo no va bien. “Este trabajo no consiste solo en guardar ovejas”, insiste. Para ella, ser ganadera exige técnica, paciencia y constancia, pero también una relación con el territorio que resulta difícil separar de la propia vida. Lo cuenta en La Vanguardia.
¿Cómo es realmente el día a día de una ganadera de ovejas?
Cambia mucho según la época del año. Hay momentos en los que las ovejas están a punto de parir o acaban de hacerlo y las tenemos cerca del cortijo, mientras que en otras épocas pasan más tiempo en la sierra. También aprovechamos los restos que quedan en los campos de cereal después de la cosecha para que las ovejas pasten allí. Pero hay algo que no cambia: todos los días hay que sacarlas, darles agua, comprobar que estén comiendo bien, observar cómo se comportan y asegurarse de que ninguna tenga algún problema. El trabajo está muy condicionado por el tiempo, el estado del rebaño y el momento del año.

¿A qué hora puede comenzar y terminar una jornada?
En verano empezamos sobre las seis de la mañana porque hacia las diez ya calienta mucho el sol y las ovejas dejan de comer y se “acarran”, como decimos aquí: buscan sombra y descansan por el calor. A las diez u once puedes terminar esa primera parte, pero sobre las seis de la tarde vuelves a salir para darles agua y comida y puedes estar hasta las doce de la noche. En invierno sucede casi al revés: esperas hasta las once de la mañana para que levante el hielo y aprovechas las horas centrales del día.
Tenéis alrededor de 400 ovejas. Desde fuera puede parecer que pastorear consiste simplemente en sacarlas al monte. ¿Qué hay detrás?
Hay muchísima sabiduría adquirida y, si no la tienes, necesitas pegarte a alguien que sepa y aprender. No todo el mundo vale para guardar ovejas. Además, hoy ser ganadero no consiste únicamente en pastorear: tienes documentación, gestión de residuos y estiércoles, planificación de la explotación… En nuestro caso también tenemos agricultura y aprovechamos ese estiércol. Es mucho más complejo de lo que parece. Para mí no es un trabajo, es una forma de vivir. Es dura físicamente y no quiero romantizarla, pero cultiva la observación, la paciencia, la constancia, el arraigo y el conocimiento de tu entorno.
¿Se aprende a “leer” a una oveja y detectar que algo le pasa antes de que sea evidente?
Sí, pero eso no te lo enseñan los libros. Lo aprendes observando y estando mucho tiempo con ellas. Incluso los cencerros tienen una función. No están ahí únicamente porque suenen bien: son como una prolongación de nuestra vista. Por el sonido puedes saber si los animales están tranquilos, si se han dividido, si existe algún peligro o hacia dónde se han movido. Es una manera de estar conectado con el rebaño aunque no tengas cada oveja delante.
¿Llegas a reconocer individualmente a los animales?
Claro, y no solo a las madres. Cuando llegas por la mañana durante la época de partos, puedes encontrarte 15 o 20 ovejas que han parido esa misma noche, algunas con dos corderos e incluso tres, y todos los pequeños están dispersos por el corral. Tienes que ser capaz de saber, por su aspecto y por cómo se comportan, qué cordero corresponde a cada madre. Eso se consigue después de muchos años.
¿Qué te dice una oveja que se queda sola o se separa del rebaño?
Si se separa un grupo es más sencillo porque incluso pueden volver a juntarse ellas solas, pero cuando se queda un animal aislado tienes que preguntarte por qué. Puede estar empezando a enfermar y quedarse rezagado porque está débil o tiene algo de fiebre, o puede ser una oveja que acaba de parir y no puede seguir el ritmo del resto porque tiene que atender a sus corderos. Entonces debes reconstruir el recorrido que ha hecho el rebaño y volver sobre tus pasos hasta encontrarla.
¿Cuál es el momento más exigente del año?
Hay varios, pero antes y durante los partos necesitas muchísima supervisión. También son muy difíciles las sequías, y cada vez nos preocupan más. Puedes pasar muchos meses sin lluvia y encontrarte sin pastos. Durante el comienzo de la guerra de Ucrania vi compañeros llorar porque subieron los costes y hubo problemas para conseguir grano: tenían dinero para comprar comida, pero no encontraban alimento para sus animales y, además, coincidía con una sequía muy fuerte. Esa sensación de tener animales a tu cargo y no saber cómo alimentarlos es durísima.

Durante los partos, además, las noches deben de cambiar por completo
Sí. Muchas ovejas paren de noche y, si concentras las cubriciones en unas fechas determinadas, los partos también acaban concentrándose en pocos días. Hay noches en las que tienes que levantarte continuamente para comprobar que todo esté bien, evitar que se mezclen demasiado las crías y asegurarte de que los corderos mamen durante las primeras horas. Las ovejas que están a punto de parir o que ya han parido las mantenemos cerca del cortijo precisamente para poder vigilarlas.
¿Qué importancia tienen los perros cuando estáis pastoreando?
Son fundamentales. Si los cencerros son una extensión de la vista, los perros de carga son la extensión de los pies y las manos del pastor. Sin ellos sería muchísimo más difícil manejar el rebaño. Además están los perros guardianes, que protegen frente a perros asilvestrados y, en otras zonas, frente a lobos u otros depredadores. Un buen pastor procura no quedarse nunca sin un perro preparado: normalmente tienes uno que ya sabe trabajar y otro más joven aprendiendo de él.
¿Qué situaciones recuerdas como especialmente duras?
Las sequías han sido muy difíciles, sobre todo cuando tienes que llevar agua una o dos veces al día hasta plena sierra y prácticamente no queda pasto. También hemos sufrido ataques de perros abandonados que terminan asilvestrándose. No solo pueden matar alguna oveja directamente: el rebaño se asusta, empieza a correr y puede haber muchos más animales heridos o muertos por caídas. Y después está la parte económica: ha habido años en los que el cordero se ha vendido por debajo de los costes. Tú compras prácticamente todo al precio que te ponen otros, pero muchas veces no puedes decidir a qué precio vendes tu producto.
¿En qué se diferencia tu forma de trabajar de la de tu padre o tus abuelos?
Durante generaciones las cosas cambiaron relativamente poco, pero en la nuestra llegaron la maquinaria, la formación y una idea de modernización que también nos hizo cometer errores. Separamos la agricultura de la ganadería, quisimos tener los campos completamente limpios y empezamos a pensar que nuestros padres hacían determinadas cosas porque no tenían otra opción. Ahora nos estamos dando cuenta de que muchas tenían muchísimo sentido. Estamos volviendo a esa memoria para recuperar prácticas que funcionaban porque estaban adaptadas al territorio.
Cada vez preocupa más el relevo generacional. ¿Qué le dirías a un joven que quisiera vivir de las ovejas?
Primero tiene que gustarte, porque es una forma de vida que exige mucho. Pero después necesitamos conseguir que también sea rentable. El relevo generacional no se resolverá únicamente diciendo a los jóvenes que se hagan pastores: hace falta trabajar conjuntamente productores, comercializadores, administraciones y consumidores y reconocer el valor de esta ganadería. No solo produce alimento, conserva razas, biodiversidad, paisaje, patrimonio e historia. Todo eso tiene valor, pero necesitamos que ese valor también tenga una traducción económica.
Joel Sáez

