Por Alejandra Scolari, directora de TecnoAyudas
Hay cosas que hacemos todos los días sin pensar que dependen de la visión: leer un mensaje, reconocer a una persona que se acerca, cruzar una calle, buscar un producto en una góndola o simplemente orientarnos en un lugar que no conocemos. Recién cuando la visión comienza a fallar advertimos cuánto de nuestra vida cotidiana está atravesado por ella.
Cada segundo jueves de octubre se conmemora el Día Mundial de la Visión. La fecha busca llamar la atención sobre la salud ocular, la prevención de la pérdida de visión y el acceso a la atención. Pero también puede ser una oportunidad para hacernos otra pregunta: ¿qué pasa cuando una persona con baja visión o ceguera tiene que desenvolverse en un mundo pensado, en gran medida, para quienes ven?
Según la Organización Mundial de la Salud, al menos 2.200 millones de personas en el mundo presentan algún grado de deterioro de la visión cercana o lejana y, en al menos 1.000 millones de esos casos, el problema podría haberse prevenido o todavía no recibió la atención necesaria. Los errores de refracción y las cataratas se encuentran entre las principales causas de discapacidad visual.
Por eso, cuidar la salud visual requiere controles y consultas oportunas. Hay afecciones que pueden prevenirse, tratarse o controlarse si se detectan a tiempo y otras en las que la pérdida de visión puede ser irreversible. Esperar a que una dificultad interfiera de manera importante en la vida cotidiana no debería ser el punto de partida para consultar. Pero hablar de pérdida de visión también requiere entender que no todas las personas viven la discapacidad visual de la misma manera.
Cuando pensamos en discapacidad visual, muchas veces imaginamos únicamente una ausencia total de visión. Sin embargo, las experiencias son diversas: hay personas ciegas y otras con baja visión que conservan un resto visual que les permite realizar determinadas actividades, aunque puedan encontrar dificultades para leer, reconocer rostros, desplazarse o acceder a información.
La baja visión y la ceguera forman parte de un amplio espectro de experiencias. Cada persona tiene necesidades diferentes y, por lo tanto, también necesita apoyos diferentes. Durante mucho tiempo, la conversación estuvo centrada en lo que una persona con discapacidad visual ya no podía hacer. Hoy tenemos la posibilidad de poner el foco en otra pregunta: ¿qué necesita para seguir haciéndolo? En ese punto, la tecnología tiene mucho para aportar.
Un lector de pantalla puede permitir que una persona utilice una computadora o un teléfono y acceda a textos, aplicaciones y páginas web. Una línea braille puede convertir la información digital en lectura táctil. Un magnificador puede facilitar que alguien con resto visual continúe leyendo. También existen herramientas capaces de transformar un documento impreso en voz.
A esto se sumó, en los últimos años, la inteligencia artificial. Hoy una persona ciega o con baja visión puede utilizar aplicaciones que leen un texto, reconocen determinados objetos o describen una imagen. Estas herramientas amplían las posibilidades de resolver situaciones cotidianas, pero también exigen ser utilizadas con criterio: la inteligencia artificial puede ser un recurso de asistencia, no un reemplazo de la evaluación profesional, la rehabilitación visual o los recursos de orientación y movilidad.
Y no todo pasa por la tecnología más nueva. El braille sigue siendo fundamental para la alfabetización y el acceso a la lectura y la escritura. El bastón, la orientación y movilidad, los materiales accesibles y la rehabilitación visual continúan siendo herramientas esenciales.
Desde mi experiencia en tiflotecnología, muchas veces veo que el primer desafío es que una persona sepa que existen estas alternativas. Cuando alguien descubre que puede volver a leer un texto, manejar una computadora, estudiar, trabajar o resolver una actividad cotidiana con una herramienta adecuada, también cambia la manera en que piensa sus propias posibilidades.
Pero hay una cuestión que excede a la tecnología. No alcanza con ofrecer herramientas para que las personas con discapacidad visual puedan adaptarse a un entorno que no fue pensado para ellas. También tenemos que preguntarnos cuánto hacemos para que ese entorno sea accesible. Un sitio web que no puede ser interpretado por un lector de pantalla, un trámite que solamente puede completarse de manera visual, una aplicación inaccesible o una señalización que no contempla otras formas de orientación pueden convertir una actividad sencilla en una barrera.
La accesibilidad no debería ser un agregado que incorporamos después. Debería formar parte del diseño desde el principio. El Día Mundial de la Visión nos recuerda la importancia de cuidar nuestros ojos y consultar a tiempo, pero también nos invita a ampliar la conversación. Porque una discapacidad visual no define a una persona ni elimina sus capacidades, sus conocimientos, sus proyectos o sus deseos.
Hay pérdidas de visión que podemos prevenir y otras que no. Frente a estas últimas, también podemos decidir qué hacemos como sociedad: si sostenemos barreras que generan aislamiento y dependencia o si generamos las condiciones, las herramientas y los entornos necesarios para que las personas puedan seguir participando, estudiando, trabajando y tomando decisiones sobre su propia vida. Cuidar la visión es una responsabilidad de salud. Hacer accesible el mundo que habitamos también.
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