Quien llega por la ruta nacional 9 lo ve antes que al pueblo. Una figura de Cristo asoma sobre la vegetación desde lo alto de un cerro y anuncia, varios kilómetros antes de la plaza, con 26 metros de altura, base incluida, y 10 toneladas de peso. A sus pies hay una capilla, un área parquizada y una vista abierta del Valle de Lerma desde su límite norte.
La escultura es obra del tucumano Juan Carlos Iramain, que la comenzó en 1955 en San Miguel de Tucumán y la vio inaugurar el 26 de octubre de 1969, según el registro municipal. Entre el primer trazo y la bendición pasaron catorce años. Las fuentes oficiales no explican qué ocurrió con la obra en ese lapso.

Un pueblo nacido de una hacienda jesuita
El cerro que recibió al Cristo domina un paisaje con más de cuatro siglos de historia documentada. Las tierras de La Caldera fueron otorgadas en merced en 1583, un año después de la fundación de Salta, a Fernando de Toledo y Pimentel, de acuerdo con la historia oficial del municipio. El 30 de septiembre de 1591 la hacienda pasó al superior de la Compañía de Jesús, el padre Juan Forte, y los jesuitas levantaron allí una misión dedicada a Nuestra Señora de Copacabana, con templo, escuela y talleres.

Tras la expulsión de la orden, la estancia —salvo la capilla— pasó a manos privadas y las primeras casas crecieron alrededor del oratorio. A fines del siglo XVIII el lugar era cabecera del curato de San José de la Caldera, que figura en la Revisita borbónica de 1791 al partido de Salta. En 1830 se creó la primera escuela, y en 1864, en medio de la disputa por la gobernación entre José de Uriburu y su tío Juan Nepomuceno, el gobierno provincial llegó a asentarse en el pueblo.

La capilla, hoy iglesia de Nuestra Señora del Rosario, fue refaccionada y ampliada en 1935 por gestión del presbítero Demetrio Cairo. Conserva un crucificado de madera de la escuela cuzqueña y una Última Cena al óleo que el municipio ubica en el siglo XVIII. Los jesuitas dejaron como patronos a la Virgen del Rosario y a San José, cuya fiesta se celebra el tercer domingo de octubre.
El escultor de los cerros
Iramain ya tenía experiencia en la escala monumental cuando empezó el Cristo salteño. El Ministerio de Cultura de la Nación lo registra como autor del Cristo Bendicente del cerro San Javier, en Tucumán: una figura de 28 metros y 135 toneladas, encargada por el gobierno tucumano en 1938 e inaugurada en 1942. Aquella obra demandó cuatro años, porque su volumen obligó a tallarla por partes y armarla en la cima.

La de La Caldera siguió una lógica parecida, la escultura se hizo por pedido expreso del gobernador Ricardo Joaquín Durand, con la colaboración del hijo del escultor, Alfredo, y consta de cuatro secciones.
La comisión y el terreno
El mismo relevamiento consigna que el 8 de mayo de 1964, mediante el decreto 3162, la provincia designó una comisión honoraria para organizar y ejecutar la obra en La Caldera. La presidió el coronel Julián E. Trucco, con Víctor Cornejo Isasmendi como secretario y, como vocales, Cecilio Muñoz y el ingeniero Pedro Dionisio Martell, que donó el terreno donde se levantó el monumento. El costo informado fue de 10.982.000 pesos moneda nacional.
Cinco años después, el 26 de octubre de 1969, el Cristo quedó inaugurado.

Un nombre para cada registro
Más de medio siglo después, el monumento no tiene un nombre único. La municipalidad lo llama Cristo Redentor; el portal oficial de turismo de la provincia, Cristo Penitente. Tampoco coinciden las cifras: el municipio informa 26 metros, mientras que el organismo provincial consigna 28 metros con la base.

Iramain murió en 1973, cuatro años después de la inauguración. Una década más tarde, sus restos fueron sepultados al pie de su otro Cristo, en el San Javier. El de La Caldera sigue sobre su cerro, frente a la iglesia que los jesuitas levantaron junto al antiguo Camino del Inca.





