El Día de la Madre, después de los 50: Qué pasa con la habitación cuando los hijos se van

A medida que las habitaciones se vacían y la maternidad adquiere nuevas formas, la transición del aroma a leche al del café propio invita a reflexionar sobre el amor, la libertad y los espacios personales.

Por Lic. Fanny Torres Silva

Escritora y Psicoanalista

Cuando eres madre, se agudizan los sentidos. Y uno de ellos es el olfato.

Recuerdo haber sentido, cuando nació mi hija, el olor de su cabeza apoyada contra mi pecho. Recuerdo también el placer de bañarla y volver a sentir ese olor tan particular de los bebés. Y, por supuesto, estaba ese otro olor menos poético: el de la leche que se derrama, se seca y queda impregnada en la ropa.

Cada uno de mis hijos tenía un olor diferente. Hoy, que se aproxima el Día de la Madre, pienso que también es importante cambiar los olores: pasar del olor a leche al olor a café.

Hay quienes dicen que lo mejor que puede sucederle a una mujer es ser madre. Yo creo que ser madre es una de las grandes experiencias de la vida, aunque todavía no estoy segura de que sea la mejor de todas.

Porque ser madre también es responsabilidad. Es levantarse de madrugada, preocuparse cuando los hijos crecen, esperar que un adolescente vuelva a casa cuando ya debería haber llegado y acumular, casi sin darse cuenta, una cantidad de preocupaciones que a veces hacen que una mujer parezca tener más años de los que realmente tiene.

Recuerdo la conversación que tuve alguna vez con una amiga grande que me dijo:

“Tus hijos pueden enojarse contigo, pero tú no te enojes con ellos.”

La frase quedó guardada en algún lugar de mi memoria. Con los años fui comprendiendo lo que quería decir.

También aprendí que no hay que declarar la guerra a las nueras. Que muchas veces son ellas quienes acercan a nuestros hijos, a los nietos y a una nueva familia a nuestra vida. Y que, del mismo modo, también pueden llevarlos hacia otros lugares.

Después de los 50 ocurre algo que nadie te explica demasiado: las habitaciones empiezan a quedar vacías. Las camas quedan hechas. Ya no hay que ordenar mochilas ni preparar desayunos a toda velocidad. No hay carreras desesperadas hacia el colegio. Tampoco hay llamados de madrugada para ir a buscar a una hija que no tiene cómo volver a casa.

Y, entonces, los olores cambian. Aparece el olor del café de la mañana, el de la crema facial, el del champú que elegiste porque te gusta y, con un poco de suerte, el de un perfume que sientes que representa quién eres.

Conozco mujeres que no tuvieron hijos y que conocieron esos olores mucho antes que yo. Yo tuve que aprenderlos. Tuve que descubrirlos, saborearlos, reconocerlos hasta entender que también podía existir un olor propio, un olor mío.

Y aquí quiero detenerme en algo. No creo que llamar todos los días a los hijos sea necesariamente una demostración de amor. Tampoco creo que una madre deba hacer de sus hijos el centro permanente de su existencia.

Hay madres que obligan, madres que imponen, madres que exigen y madres que, sin quererlo, terminan construyendo alrededor de sus hijos una vida tan estrecha, que después no saben qué hacer cuando ellos se van.

“Porque el vacío que deja un hijo no se llena con el hijo. Se llena, poco a poco, con el lugar que una vuelve a ocupar dentro de sí misma.”

No tengo fórmulas mágicas. Solo puedo contar lo que me ocurrió…

La primera vez que se fue un hijo de casa, entré en su habitación. Olí su cama, su pijama, su ropa. Y lloré.

Cuando se fue mi tercera hija hice algo parecido. Volví a sentir esos olores y también lloré. Pero después ocurrió algo diferente: comprendí que esos espacios ya no eran míos. Y tampoco eran de ellos. Eran espacios de una vida que había terminado.

Ellos estaban en otro lugar. En otro espacio. Libres.

“Quizás ahí comienza otra forma de ser madre: aprender a querer sin ocupar, acompañar sin invadir, estar disponible sin exigir presencia. Quizás una de las tareas más difíciles de la maternidad sea aprender a dejar ir sin sentir que estamos perdiendo.”

Hoy, en el Día de la Madre, quiero recordar todos esos olores. El olor de la cabeza de un bebé. El olor de la leche seca en la ropa, pero también quiero celebrar los nuevos olores. El café que una prepara para sí misma. Un perfume elegido sin pensar en nadie más. La crema que se coloca antes de dormir. El olor de una casa tranquila.

Hoy quiero abrazar a las mujeres que decidieron cargar en sus brazos a un hijo que no habían parido. A las mujeres que perdieron ese olor sin siquiera haber tenido la posibilidad de conocerlo, y que sintieron que la muerte era una injusticia porque, como nos enseñaron, primero deberían irse los viejos.

Y, quiero abrazar, especialmente, a todas esas mujeres que siguieron viviendo cuando las camas quedaron vacías. A las que tuvieron que aprender que una casa silenciosa no necesariamente es una casa vacía. Porque, quizás, de eso se trata también crecer: de aprender que el amor no desaparece cuando alguien se va.

“Cambia de lugar. Cambia de forma. Y, a veces, también cambia de olor.”

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