De pedir comida para sobrevivir a conquistar el mundo: la vida del Roña Castro, un campeón que nunca se rindió

El apodo de “Roña” nació de su costumbre de buscar pelea en las calles. Más tarde, el sobrenombre de “Locomotora” describiría su estilo sobre el ring: avanzar, soportar el castigo y seguir atacando cuando cualquier otro podía darse por vencido.

En aquellos apodos ya estaba escrita una parte de su personalidad. Castro era frontal, temperamental y, muchas veces, imprevisible. Pero también tenía una capacidad extraordinaria para resistir. Había aprendido desde chico que la vida no siempre ofrecía caminos fáciles y que, para salir adelante, a veces había que insistir incluso cuando las fuerzas parecían agotarse.

La consagración del

La consagración del «Roña» Castro llegó el 12 de agosto de 1994, cuando derrotó a Reggie Johnson en Buenos Aires y conquistó el título mundial mediano de la Asociación Mundial de Boxeo.

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La gloria llegó después de 37 peleas sin conocer la derrota

Su debut profesional fue el 14 de febrero de 1987, cuando venció por nocaut al chileno Patricio Caracci. A partir de allí, su carrera creció hasta llevarlo a escenarios de Europa y Estados Unidos. En 1989, protagonizó una pelea histórica frente a Miguel “Puma” Arroyo que acompañó el regreso del boxeo al mítico Luna Park, después de ocho años sin actividad en ese escenario.

El reconocimiento internacional llegó con sus combates frente a grandes figuras. En 1991 enfrentó al estadounidense Terry Norris por el título mundial superwélter del Consejo Mundial de Boxeo y perdió por puntos. En junio de 1992 viajó a Pensacola para medirse con Roy Jones Jr., una de las mayores figuras de su generación. Aunque también cayó por decisión, consiguió llevar al estadounidense hasta las tarjetas, después de que éste hubiera ganado sus 17 combates anteriores por nocaut. Castro no siempre ganaba, pero nunca pasaba inadvertido.

El boxeo le ofreció una oportunidad que parecía imposible para aquel chico de Caleta Olivia. Su estilo no era el de un estilista que evitaba los golpes: era frontal, resistente, capaz de soportar un castigo tremendo y seguir avanzando. Cada pelea parecía contener algo de su propia historia. No retroceder era una forma de plantarse ante la vida.

La consagración llegó el 12 de agosto de 1994, cuando derrotó a Reggie Johnson en Buenos Aires y conquistó el título mundial mediano de la Asociación Mundial de Boxeo. El sueño se había cumplido. El muchacho que había conocido la desnutrición y el trabajo desde muy joven estaba en la cima del deporte mundial.

Sin embargo, todavía le faltaba protagonizar una de las noches más memorables del boxeo argentino. El 10 de diciembre de 1994, en Monterrey, México, Castro defendió su corona frente al estadounidense John David Jackson. La pelea parecía perdida. El argentino recibía un castigo durísimo, tenía un ojo prácticamente cerrado y estaba en desventaja en las tarjetas. Jackson dominaba el combate y el cinturón parecía a punto de cambiar de manos.

Sin embargo, el Roña seguía en pie. En el noveno asalto encontró el instante que necesitaba. Conectó un gancho de izquierda demoledor al mentón de su rival, que cayó a la lona. Jackson se levantó, pero volvió a ser derribado hasta que el árbitro detuvo el combate. En unos segundos, Castro había convertido una derrota casi segura en una victoria histórica.

Él mismo bautizó aquel golpe como “la mano de Dios”, en homenaje a Diego Maradona. La pelea y aquel noveno asalto quedaron entre los grandes acontecimientos del boxeo de 1994 y reforzaron la leyenda de un hombre capaz de encontrar una salida cuando todo parecía perdido.

La escena tenía algo de película, pero también algo profundamente humano. Castro había llegado a ese momento después de una vida de carencias, trabajo y esfuerzo. No era solamente un campeón que se negaba a perder: era alguien que había aprendido muy temprano que rendirse no siempre era una opción.

Defendió la corona ante distintos rivales, entre ellos Alex Ramos y Reggie Johnson, hasta perderla frente al japonés Shinji Takehara en 1995. La gloria mundial no significó el final de su historia. Fue el comienzo de una carrera todavía más extensa, con nuevos desafíos y peleas que lo mantuvieron entre los nombres más populares del boxeo argentino.

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Jorge «Roña» o «Locomotora» Castro levantando el cinturón de campeón del mundo tras una de sus defensas.

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En 1997 se enfrentó dos veces al legendario Roberto Durán. Ganó el primer combate, disputado en Mar del Plata, y perdió la revancha en Panamá. Continuó compitiendo en distintas categorías y conquistó otros títulos regionales.

Su récord profesional terminó siendo extraordinario: 144 combates, 130 victorias, 90 por nocaut, 11 derrotas y tres empates. Fue campeón mundial, enfrentó a grandes figuras internacionales y construyó una trayectoria que lo convirtió en un referente de una época del boxeo argentino.

La pelea más difícil no siempre se disputa arriba del ring

En 2005, cuando ya había atravesado innumerables batallas deportivas, Castro sufrió un gravísimo accidente automovilístico en Buenos Aires. El choque le provocó lesiones importantes, entre ellas un colapso pulmonar y múltiples traumatismos. Permaneció en coma durante 23 días y debió atravesar una recuperación que puso a prueba, una vez más, su fortaleza. Volvió a levantarse. Como tantas veces había hecho frente a un rival, encontró fuerzas para seguir adelante.

Su última pelea profesional fue el 27 de enero de 2007, cuando derrotó por nocaut técnico a José Luis Herrera. En 2013 regresó al Luna Park para una exhibición con Marcelo Domínguez, en una suerte de despedida simbólica del escenario que había acompañado parte de su ascenso.

Castro no era un hombre que pudiera quedar reducido a sus estadísticas. Su personalidad, su humor directo y su manera de contar las cosas lo mantuvieron cerca de la gente mucho después de su retiro.

También encontró un lugar en la televisión, con participaciones en programas como Gran Hermano y MasterChef Celebrity. Para las nuevas generaciones, su figura trascendía el deporte: era un personaje espontáneo, de lenguaje callejero y anécdotas interminables, que no necesitaba disimular sus contradicciones para despertar simpatía.

Él mismo reconoció que durante años había vivido de fiesta, entre noches largas e invitaciones. Con el paso del tiempo, su pareja, Yanina Sosa, lo ayudó a cambiar de hábitos y a mirar de otra manera sus prioridades. Tenía una familia numerosa, hijos y nietos, y empezó a encontrar satisfacción en una vida más tranquila, ligada al hogar y al trabajo en su gimnasio.

No pretendía presentarse como un hombre perfecto. Hablaba de sus errores, de sus excesos y de sus sueños pendientes con la misma naturalidad con la que recordaba sus victorias. Entre esas confesiones, contó que le hubiera gustado estudiar para escribano, una aspiración que nunca pudo concretar.

Su historia, como su boxeo, nunca fue lineal. Tuvo gloria, derrotas, excesos, caídas y regresos. Y, con los años, encontró una manera diferente de poner su experiencia al servicio de los demás.

Del chico que tuvo que pedir comida al hombre que alimentaba a cientos de familias

La transformación más conmovedora de Castro comenzó en marzo de 2020. Había comprado un gimnasio en Temperley, en el sur del conurbano bonaerense, pero la pandemia obligó a cerrar las puertas durante meses. Sin poder desarrollar su actividad habitual, buscó una manera de ayudar y de mantener vivo aquel espacio.

La respuesta fue una olla popular para unas 30 personas. La convocatoria superó rápidamente sus expectativas. Empezaron a llegar vecinos, familias de los deportistas y personas que habían perdido sus ingresos. La iniciativa creció hasta atender a cientos de personas y, en los momentos más difíciles, llegó a recibir a unas 620.

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El «Roña» Castro impulsó una red de asistencia que alcanzó a comedores y merenderos de distintos barrios, donde llegó a brindar asistencia a centenares de niños y familias de escasos recursos.

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Con el tiempo, Castro impulsó una red de asistencia que alcanzó a comedores y merenderos de distintos barrios. En una etapa llegó a colaborar con nueve merenderos y catorce comedores, mientras que alrededor de 250 personas seguían acercándose para recibir alimentos.

No se limitaba a poner su nombre. Se levantaba de madrugada, iba al Mercado Central, recorría los puestos y pedía donaciones a comerciantes y mayoristas. Conseguía arroz, fideos, azúcar, yerba, verduras y otros productos para distribuir entre quienes los necesitaban. También organizó campañas de ayuda que llegaron hasta el Impenetrable chaqueño, adonde contó que había trasladado diez toneladas de mercadería después de recorrer unos 2.600 kilómetros.

¿Por qué lo hacía? La respuesta estaba en su infancia. Castro nunca ocultó que había pasado hambre, que había tenido que pedir para comer y que su madre había hecho enormes esfuerzos para sostener a sus hijos. Esos recuerdos no quedaron enterrados bajo la fama ni desaparecieron con el cinturón mundial. Seguían allí, presentes cada vez que una familia se acercaba a su comedor.

“Que la gente coma para mí es sagrado”, había explicado al hablar de su tarea solidaria. En otra oportunidad resumió ese vínculo entre su pasado y su presente con una frase que permite entender buena parte de su historia: “Fui un pibito desnutrido y agradezco hoy poder ayudar a que muchos no pasen hambre”.

No hablaba desde la distancia de quien observa un problema ajeno. Hablaba desde la experiencia de alguien que conocía la vergüenza de necesitar ayuda y la angustia de no saber qué iba a comer al día siguiente.

Por eso también intentaba cuidar a quienes se acercaban. Sabía que muchas personas sentían vergüenza de pedir alimentos, incluso después de haber trabajado toda su vida. Había visto a familias que antes podían sostenerse por sus propios medios y que, de un momento a otro, necesitaban ayuda para llegar a fin de mes.

La solidaridad se convirtió en otra forma de pelear. Ya no había un rival enfrente ni un cinturón en juego. Había vecinos, chicos, jubilados y familias que necesitaban algo tan elemental como comer.

Su compromiso también llegó a las cárceles, donde impulsó el programa “Guantes por la vida”, con clases teóricas y prácticas de boxeo. Allí buscaba transmitir disciplina, responsabilidad y respeto. En su gimnasio recibía a chicos, mujeres, adultos y personas mayores. No quería que todos fueran campeones: quería que encontraran un espacio para entrenar, aprender y sentirse acompañados.

El hombre que había construido su fama a fuerza de golpes terminó usando los guantes para enseñar algo distinto. Y el chico que alguna vez había tenido que pedir comida se convirtió en el adulto que recorría mercados para conseguirla para los demás.

Una vida que no entra en un solo apodo

El Roña Castro fue muchas cosas al mismo tiempo. Un campeón mundial de una resistencia extraordinaria, un personaje televisivo capaz de provocar una carcajada con una ocurrencia, un hombre que reconoció sus errores y alguien que decidió dedicar buena parte de sus últimos años a ayudar a los demás.

Su personalidad no siempre fue sencilla. Como tantos personajes populares, tuvo excesos, contradicciones y momentos difíciles. Pero su historia también mostró una capacidad de transformación que merece ser recordada. No borró su pasado: lo convirtió en una razón para actuar.

El miércoles 14 de octubre de 2026, murió a los 59 años después de sufrir una descompensación en el Bingo de Morón. La noticia sacudió al mundo del boxeo, a todo el ámbito del deporte argentino y a quienes lo habían acompañado a lo largo de una vida que pareció contener varias historias en una sola.

Su partida deja el recuerdo de aquella izquierda que derribó a John David Jackson en Monterrey y lo instaló para siempre en la historia del deporte nacional, pero también deja la imagen de un hombre que no olvidó de dónde venía, que siguió trabajando en su gimnasio y que encontró en la ayuda a los demás una manera de darle sentido a su propia experiencia. Quizás su mayor victoria haya sido esa.

Se fue el Roña, el Locomotora, el hombre de la “mano de Dios”. Se fue una figura irrepetible del deporte argentino, con sus luces y sus sombras, sus noches de gloria y sus batallas personales.

Queda el recuerdo de un hombre que supo transformar el dolor en ayuda, la fama en compromiso y una infancia de privaciones en una razón para tender la mano.

Redacción

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