Muestra «Monocromías»: Un mundo de matices

En el arte -la palabra no oculta sus intenciones- casi siempre acecha un truco, una trampa. Cuando un espectador oye «monocromía», por ejemplo, no empieza a ver un color sino dos: un color y el blanco, u otro color y el negro, en las tonalidades y gamas que el artista cree más propicias. Un sistema de apariencia binaria, basado en la combinatoria y en variaciones, como si blanco y negro no contaran. Es tradición en la Galería Jorge Mara La Ruche organizar exposiciones temáticas con nombres muy diversos: el blanco y el negro; escritura y pintura; fotografías de jazz; la sombra. La muestra actual, Monocromías, tuvo una versión muy distinta hace años, cuando la galería tenía su sede en Madrid y Mara la tituló “El color de los sueños”, en un claro guiño a un cuadro de Joan Miró.

En esta ocasión los pintores reunidos son Adolfo Estrada, César Paternosto, Georges Noël, Sarah Grilo, Eduardo Stupía, Fidel Sclavo, Macaparana, Carlos Arnáiz, Carola Zech, Kirin, y los fotógrafos Hiroshi Sugimoto y Don Hunstein. Los artistas no pueden ser más diferentes; sin embargo, la orquestación es armónica, y el montaje y la disposición de la muestra son un cuadro aparte. La monocromía, mientras tanto, borra las edades. No hay un solo cuadro fechado. En algunos casos, lo que los diferencia es la firma. Cada uno ofrece una respuesta distinta a un interrogante medular: cuán original aspira a ser a un artista sin perder lo que podría llamarse honestidad. Todo en el marco de una desafiante simpleza: el proyecto es la realización; apenas hay pasos en cada obra. Todo abstracto (incluidas las fotos de Sugimoto; excluida la única de Hunstein), nada rendido a los pies de la narración, a la facilidad de un relato. Lo sencillo le hace frente a lo resumible.

Imagen de sala. Monocromías en Galería Jorge Mara

Todos hacen de un límite, de una limitación, virtudes variables. César Paternosto también lo busca -se extralimita, por así decirlo- en el lateral de los marcos. Puede apreciarse su respeto -¿su temor?- hacia el blanco. Un blanco dueño del espacio y apenas intervenido. Como si una paleta tímida fuera el monje negro o el titiritero detrás de escena que maneja los hilos del pincel. Es geometría retenida; no es el Paternosto de otras partes, otras obras, más cercano al pop de los 60 o al diseño de Milton Glaser. El cuadro planeado y ejecutado. (Son preciosas las cajitas de acrílico que protegen bocetos que ya son cuadros, a escala delicadamente menor). Del plantel, Paternosto parece elegir los colores más modernos.

Puede apreciarse también la escritura diseminada, rayada, enloquecida, del francés Georges Noël, sobre fondo nocturno acuático, difuso, persiguiendo una sensación, una electricidad. Una arquitectura de eclipse crepuscular vibra en la pintura de Juan Lecuona, un bloque blando, en azules; acaso la más metafísica -lo que no significa la más melancólica- de la muestra. Al amparo de una serie, paneles de Adolfo Estrada que subrayan la verticalidad del cuadro y el juego cromático. Carteles de anuncio de obra, sin texto pero con una especia de letra única agigantada mediante una técnica de recorte. Estrada es capaz, asimismo, de un negro completo, total, o de alinear números en una suerte de bingo estético y grisado. El testigo puede poner a Lecuona en diálogo con Estrada, a su vez en conversación con Paternosto, a quien parece responderle Sclavo. La imagen y sus zonas delimitadas en Paternosto, Estrada, Sclavo, Sugimoto; en ellos el azar no tiene lugar; sí le dan la bienvenida Stupía, Grilo y Noël.

Imagen de sala.

Son gestos y formas mínimos los del uruguayo Fidel Sclavo. Cómo hace un azul, un amarillo o un negro para sostenerse, por medio de un zócalo inferior o un lateral blanco o gris o en otro amarillo. O un rectángulo grande de color azul Yves Klein y un lateral y un zócalo de tonos afines, apenas desviados. A su lado, Carlos Arnáiz camina y barre entre flora y fauna submarinas. Eduardo Stupía arriesga un blanco y negro de rara botánica oriental, de pliegues ínfimos: hipnótica flora abierta, desbaratada, desventrada. En rojo, Kirin se anima a un signo solo, solo contra el mundo. Sarah Grilo elude disimulada y bellamente la consigna. Dos astutos objetos de Macaparana se presentan como juegos incompletos (ese es, precisamente, su juego) y tres obras minimalistas de Carola Zech lúdicamente superponen planos sin cambiar de color.

Con el respeto que exige la cercanía, Don Hunstein retrató a la cantante Billie Holiday en una noche amenazadoramente oscura que ilumina una cara en cuarto menguante. Las fotos de su colega Hiroshi Sugimoto subrayan su tendencia a dividir el plano y son mares partidos. Graduaciones pacíficas de agua revelada. Acá el derrame de luz es más parejo, menos abrupto que en otras fotos suyas. Bruma para el prolijo y nítido japonés. Mares copiados, casi quemados, donde los grises se vuelven más blancos. Igual que sus cómplices circunstanciales, Sugimoto lo susurra: lo verdaderamente incomprensible sería un mundo sin matices.

Galería Jorge Mara La Ruche. Paraná 1133, Buenos Aires. Lunes a viernes de 15 a 19 hs.

Matías Serra Bradford

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