«La donna è mobile» es una de esas arias que han trascendido la ópera y que el público reconoce incluso sin conocer la obra de Verdi. Su melodía suele escucharse con un tono festivo; sin embargo, en Rigoletto forma parte de una tragedia en la que el poder, el deseo y la falta de escrúpulos tienen consecuencias irreparables.
El Duque de Mantua canta con ligereza mientras trata a los demás como objetos a su disposición. A su servicio está Rigoletto, el bufón que se burla del sufrimiento ajeno y participa de los abusos de la corte, hasta quedar atrapado en una violencia que ya no puede controlar.
Juventus Lyrica llevó esta obra al Teatro Avenida, con dirección musical de André Dos Santos y dirección escénica y vestuario de María Jaunarena, en una producción que encuentra en el trabajo vocal y las caracterizaciones algunos de sus puntos más firmes.
La puesta pone de relieve el carácter grotesco de la corte, donde los excesos conviven con la violencia y la impunidad del Duque. Desde la escena inicial, las sombras proyectadas sobre paneles y paredes amplifican los cuerpos y los gestos, un recurso que reaparece a lo largo de la obra.
La desnudez de las mujeres, lejos de subrayar su sensualidad, expone su vulnerabilidad. Otro acierto visual enlaza las historias de las hijas de Monterone y de Rigoletto: ambas aparecen en posición fetal, en el centro de la escena, en momentos decisivos de sus respectivas historias. Esta imagen establece una continuidad entre sus destinos y subraya cómo la violencia ejercida por el Duque alcanza a ambas familias.

Las interpretaciones
Juan Salvador Trupia fue el punto más alto de la función como Rigoletto. Su voz, de barítono y buen cuerpo, se complementó con un trabajo corporal que definió al personaje. La deformidad del bufón se integra en su manera de moverse y relacionarse con los demás, sin quedar reducida a un rasgo externo.
Trupia sostiene la unidad del personaje a lo largo de su transformación: el hombre mordaz que participa de las burlas de la corte es también el padre que intenta proteger a su hija. El paso de una faceta a otra no borra la anterior; por el contrario, hace más doloroso el momento en que comprende hasta qué punto sus propias acciones lo condujeron a la tragedia.

María Lucía González asumió el exigente papel de Gilda con un timbre atractivo, sentido musical para las coloraturas y buenos recursos para trabajar las dinámicas. Su interpretación sostuvo el arco general del personaje, aunque algunas notas presentaron dificultades para mantenerse, como ocurrió al final del dúo «Addio… speranza ed anima». Las arias solistas y los dúos tuvieron buenos resultados, especialmente en el diálogo con Trupia.

Iván Vega compuso un Duque de Mantua cuya peligrosidad reside en la naturalidad con que trata a los demás como objetos de su deseo. No necesita imponerse mediante una actitud abiertamente amenazante: su desprecio se manifiesta en la familiaridad con que se mueve entre quienes considera a su servicio. Esa manera de ejercer el poder encuentra en Vega una expresión clara. Vocalmente, aportó brillo y buen fraseo.

Cristian de Marco construyó un Sparafucile de presencia escénica efectiva, con un trabajo vocal que sostuvo las exigencias del papel. Eugenia Fuente, por su parte, compuso una Maddalena desenvuelta y sensual, que funcionó como contrapunto de Gilda y aportó un matiz distinto a las relaciones entre los personajes.
Víctor Chávez tuvo autoridad dramática como Monterone en una intervención breve pero decisiva, al introducir la maldición que marcará simbólicamente la tragedia de Rigoletto. Sin embargo, por momentos la voz no logró proyectarse por encima de la orquesta.
La orquesta, dirigida por André Dos Santos, acompañó el desarrollo de la obra y resolvió bien los clímax. El coro masculino también tuvo un buen desempeño. Su presencia refuerza la imagen de una corte en la que la complicidad colectiva sostiene un orden que habilita la violencia contra las mujeres.
Entre los pasajes musicales más logrados estuvieron el trío «Somiglia un Apollo», con Maddalena, Sparafucile y Gilda, y el cuarteto «Bella figlia dell’amore». En ambos, las voces encontraron un buen equilibrio con la acción escénica. En el cuarteto, la disposición de los personajes permitió seguir las distintas líneas dramáticas, mientras que el contraste entre el traje azul de Gilda y el rojo de Maddalena acentuó la oposición entre ambas figuras.

Las caracterizaciones están bien logradas y el vestuario presenta prendas de buenas texturas, dentro de una estética de época. La escenografía, en cambio, ofrece una resolución elemental. La disposición de los volúmenes permite dividir los planos de acción en algunas escenas, pero los espacios resultan genéricos y aportan poco al desarrollo dramático. Los movimientos escénicos encuentran soluciones puntuales, aunque la propuesta visual no termina de dar identidad a los distintos lugares donde transcurre la tragedia.
En ese contraste entre la ligereza de «La donna è mobile» y la violencia que atraviesa la obra se cifra buena parte de la fuerza de Rigoletto. El Duque puede seguir cantando; para Rigoletto, en cambio, ya no hay forma de volver atrás. Ante el dolor inimaginable de perder a su hija, el bufón comprende demasiado tarde que la impunidad es un privilegio de unos pocos que detentan el poder.
Ficha:
Crítica: Bueno
Rigoletto. Ópera en 3 actos de Giuseppe Verdi con libreto en italiano de Francesco Maria Piave
Dirección musical: André Dos Santos Dirección escénica y vestuario: María Jaunarena Escenografía e iluminación: Gonzalo Córdova Elenco: Juan Salvador Trupia/Fernando Grassi (Rigoletto), María Lucía González / Mailen Blanco Arriola (Gilda), Nazareth Aufe / Iván Vega (Duca), Cristian de Marco / Víctor Chávez (Sparafucile), Eugenia Fuente / Luz Matas (Maddalena) y elenco. Primera función: Viernes 16, a las 20 (y luego:18, 23 y 24 de octubre), en el Teatro Avenida.

