El teatro como espacio para descubrir quiénes son: Isabel Sevillano y Elías Tristán llevan su compromiso educativo y social hasta Guatemala

Aranda de Duero

Hay viajes que permiten conocer otros lugares y experiencias que ayudan a mirar el mundo de otra manera. La de los ribereños Elías Tristán e Isabel Sevillano en San Pedro Yepocapa, una población del departamento guatemalteco de Chimaltenango, reúne ambas cosas. Allí, a miles de kilómetros de Castilla y León, el teatro se ha convertido en una herramienta para abrir espacios de confianza, superar barreras personales y aprender a convivir.

Los dos participan en el Proyecto Rekko, una iniciativa impulsada por Rekko Guatemala que incorpora las artes escénicas a su trabajo educativo y social con niños, niñas y jóvenes. La propuesta forma parte de un intercambio cultural que conecta las realidades de las comunidades rurales guatemaltecas con las de Castilla y León y que busca demostrar que el teatro es mucho más que aprender un papel, memorizar un texto o subirse a un escenario.

Elías Tristán afronta su tercer año vinculado a este proyecto, que comenzó hace tres años con financiación de la Diputación de Valladolid. Isabel Sevillano ya había participado en las primeras experiencias y ha contribuido a dar continuidad a un trabajo que se desarrolla en un contexto donde muchos de los niños y niñas participantes apenas habían tenido contacto con el teatro. “Yo siempre he pensado que el teatro es una herramienta muy importante para trabajar muchos aspectos de la vida de las personas, sobre todo en los adolescentes, en los niños pequeños”, explica Elías Tristán. El ribereño destaca que, además de acercar la cultura, esta disciplina permite trabajar la memoria, el respeto y la capacidad de colaborar con otras personas.

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En Yepocapa, donde el municipio y sus aldeas reúnen a decenas de miles de habitantes, la iniciativa supone acercar una actividad cultural poco habitual. No existe un teatro como tal y los espacios disponibles se destinan principalmente a conciertos, bailes y otros eventos. De ahí la importancia de una propuesta que permite a los más jóvenes descubrir nuevas formas de expresión y participar en una experiencia colectiva.

Aprender a hablar, perder el miedo y ganar confianza

El primer reto no consiste en preparar una representación, sino en conseguir que los participantes se sientan cómodos para expresarse. Isabel Sevillano ha encontrado diferencias importantes respecto a las dinámicas habituales en España: en lugar de pedir silencio, muchas veces necesita animar a los niños y adolescentes a intervenir, hablar en voz alta y compartir sus opiniones.

También ha observado dificultades para relacionarse entre chicos y chicas, así como una timidez que puede limitar su participación. Por eso, el trabajo comienza con algo tan sencillo y a la vez tan complejo como crear un entorno en el que puedan sentirse seguros, expresar sus incomodidades y descubrir que sus opiniones tienen valor: “El primer reto para mí en las clases siempre, cuando empiezo, es conseguir que se sientan cómodos, que, aunque sean tímidos, crear ese ambiente en el que puedan hablar, expresarse”, relata Sevillano.

Imagen de una de las actividades

Imagen de una de las actividades / Imagen facilitada

Imagen de una de las actividades

Imagen de una de las actividades / Imagen facilitada

La clave está en hacerlo sin imponer, recurriendo al juego, a las dinámicas compartidas y al humor para derribar barreras. Cambiar de sitio, formar parejas diferentes o buscar nuevas maneras de interactuar son algunos de los recursos que permiten trabajar la convivencia sin convertir las diferencias en un motivo de enfrentamiento.

“Cuando pierdan el miedo a hacer el ridículo, luego ya vamos a pasárnoslo súper bien”, les dice Isabel a sus alumnos. Y los resultados empiezan a percibirse en pequeños gestos: niños que antes apenas hablaban y que, después de varias sesiones, se acercan para contar qué les ha gustado, qué les cuesta o qué papel les gustaría interpretar. Por eso, la experiencia va mucho más allá de las artes escénicas: “El trabajo es más que teatro, es más humano y más de superarse a uno mismo que ya lo que es el teatro de representar un papel o hacer una obra”, resume la ribereña.

Un espacio para descubrir quiénes quieren ser

Uno de los aspectos más significativos del proyecto es la posibilidad de que los menores encuentren en el aula un lugar donde relacionarse desde otras posiciones, al margen de las circunstancias personales o familiares que puedan condicionar su día a día.

Imagen de una de las actividades

Imagen de una de las actividades / IMAGEN FACILITADA

Imagen de una de las actividades

Imagen de una de las actividades / IMAGEN FACILITADA

El teatro permite explorar personajes diferentes, ensayar otras formas de comportarse y comprender que las relaciones pueden construirse desde el respeto y la colaboración. No se trata de ignorar las realidades de cada participante, sino de ofrecerles herramientas para expresarse y descubrir sus propias capacidades. Isabel Sevillano explica que algunos de los menores han vivido situaciones complicadas y que, sin embargo, en las clases se muestran participativos y colaboran con sus compañeros. El trabajo en equipo les ayuda a comprender que, incluso cuando existen diferencias personales, es posible compartir un objetivo común.

La propia educadora evita definir ese espacio como un refugio, una palabra que podría transmitir una imagen equivocada del trabajo que desarrollan. Prefiere hablar de un lugar donde los niños y niñas puedan conocerse mejor, explorar sus intereses y ganar autonomía: “Más que un refugio, es como un espacio en el que contarles o compartirles que pueden ellos decidir, o pueden intentar decidir quién quieren ser”, afirma. Ese planteamiento también incorpora cuestiones como la igualdad, la capacidad de poner límites y la importancia de expresar cuándo algo molesta. Son aprendizajes que no transforman de un día para otro las circunstancias de una comunidad, pero que pueden abrir nuevas posibilidades en la forma de relacionarse.

Una huella que permanece cuando termina el taller

La pregunta inevitable es qué sucede cuando finalizan las clases y los niños regresan a sus casas, a sus colegios y a sus rutinas. Elías Tristán reconoce que no todos los participantes incorporarán los aprendizajes de la misma manera, pero está convencido de que la experiencia deja una huella: “Yo estoy convencido de que algo les queda, y una visión les queda”, sostiene. Como ejemplo, recuerda el encuentro con un niño por la calle que había participado en una edición anterior y que todavía se acordaba de él.

También hay continuidad entre los propios participantes. Algunos repiten año tras año, como una niña que ha acudido a los talleres durante las tres ediciones, incluso cuando su edad ya la sitúa fuera del grupo habitual. Para Tristán, ese interés demuestra que la experiencia despierta algo más que la curiosidad inicial.

El objetivo final es que los niños sean capaces de compartir con sus familias el trabajo realizado y de subir a un escenario para contar una historia ante otras personas. En ese momento, la representación se convierte también en una demostración de confianza, iniciativa y capacidad de comunicación: “Que sean capaces de exponer a sus familiares y a un amigo que venga a verles un trabajo final, porque eso demuestra que sean abiertos, que han sido capaces de hablar lo que antes no hablaban”, explica Elías.

Los pequeños posan ante la cámara

Los pequeños posan ante la cámara / imagen facilitada

Los pequeños posan ante la cámara

Los pequeños posan ante la cámara / imagen facilitada

Y es que, en este proyecto, el resultado no se mide únicamente por la calidad de una obra teatral, sino por los pasos que cada participante consigue dar para expresarse, relacionarse y formar parte de un grupo.

Un intercambio cultural que conecta Guatemala con Castilla y León

La experiencia de Rekko también tiene una dimensión de intercambio. El proyecto busca conectar el trabajo que se desarrolla en Yepocapa con centros educativos de Castilla y León, acercando a los escolares españoles a otras realidades y fomentando una mirada más solidaria y consciente del mundo.

En ediciones anteriores se han desarrollado actividades vinculadas a colegios rurales de la provincia de Valladolid. Elías Tristán recuerda, además, la experiencia teatral realizada en el Colegio Rural Agrupado Siglo XXI, con alumnado de Gumiel de Mercado, Sotillo de la Ribera y La Horra. En ese mismo entorno educativo existen vínculos de colaboración con la formación escolar de menores guatemaltecos.

La intención es que el intercambio no se limite a quienes viajan, sino que también llegue a las aulas de aquí. Conocer cómo viven, estudian y trabajan otros niños permite poner en perspectiva las propias circunstancias y entender que la educación, los recursos y las oportunidades no están igualmente distribuidos. Elías Tristán reconoce que las diferencias materiales y de infraestructuras le han impactado durante su estancia, especialmente al conocer las condiciones de algunos centros escolares. Al mismo tiempo, Isabel Sevillano matiza que esas diferencias no deben confundirse con la capacidad de aprendizaje de los menores: las dificultades responden, en buena medida, a los recursos y las infraestructuras disponibles.

El proyecto de Rekko se extiende, además, a otras iniciativas comunitarias. Durante la entrevista, ambos ribereños explicaron que la organización había puesto en marcha un grupo de costura para mujeres, con la participación de una voluntaria procedente de Valladolid. Son actividades que amplían el alcance de la colaboración y generan nuevas oportunidades de aprendizaje. Para Tristán, todo forma parte de un esfuerzo que no pretende cambiar una realidad de la noche a la mañana, sino contribuir a transformarla paso a paso. “Hay que ir poco a poco, y yo creo que aquí, poco a poco, se está aportando un pequeño granito de arena, que es importante para hacer la montaña”.

En Yepocapa, ese granito de arena puede ser una frase pronunciada por primera vez en voz alta, una niña que se atreve a poner límites, un grupo que aprende a trabajar unido o un menor que descubre que puede interpretar un personaje distinto de sí mismo. Pequeños avances que quizá no cambien de inmediato el entorno en el que crecen, pero que abren una puerta a nuevas formas de expresarse, convivir y mirar el futuro. Y ahí reside el verdadero sentido de este viaje de dos ribereños: llevar el teatro hasta Guatemala para demostrar que, antes de aprender a representar una historia, también se puede aprender a contar la propia.

Redacción

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