Mi amigo el diseñador Jordi Duró tiene una colección sensacional de micos y monas de plástico. Gorilas canosos, que agitan un garrote, monos con la chica de King Kong agarrada entre los dedos, chimpancés y diversos tipos de homínidos cinematográficos. Además de gorilas canosos tiene monos marrones y uno sin pintar, de plástico amarillo. Los monos tienen grandes pies y se aguantan de pie sin una base. Todos juntos, encajados en una composición que llena un rectángulo, impresionan. Uno abre la boca, otro levanta los brazos. Duró los utiliza ritualmente. Cuando se enfada, mira a sus micos, se ve reflejado en ellos y afloja un poco. “Has vist el de l’angle de dalt, a l’esquerra?” –me dice a ver si le veo el parecido–. Tiene un aire, sí: grandote, con el pelo plateado. Molestar a los monos es una costumbre burguesa del mundo de ayer, como enseñar a decir gamberradas a los loros. En no sé qué país extemporáneo se les comen el cerebro con una cucharilla y para que esté más rico, el mono tiene que estar cabreadísimo, por lo cual le pinchan en la jaula hasta que se vuelve tarumba. Una vez, al director de fotografía Diego Dusuel, le entró una mona furibunda por la ventana del patio de luces de una casa del paseo Sant Joan y le pego un mordisco que todavía se acuerda.

Con estos precedentes pensaba que iba a encontrar mucha literatura sobre monos cabreados y me ha sorprendido comprobar que en las revistas de la época de oro del humor, aparecen tan pocos. He encontrado a un gobernador que aplaude com una mona poco después de la proclamación de la República. En un artículo de 1933 sobre las barbas de los curas dicen que ahora “tothom duu la cara com una mona pelada”.
He encontrado al actor James Farrell enamorado como una mona de Janet Gaynor. He encontrado a Mussolini vestido con una mona. Un don Joan “mandrós con un pintor de parets i rabiós com una mona” es lo que más se parece a la mona que ando buscando. El mico tiene también su repertorio comparativo: engañado como un mico, acoquinado com un mico, feo, encaramado y, naturalmente, pelado com un mico. Dormido, enclenque, solo y travieso, divertido, lujurioso, vivo, botando como un mico. Pero ninguna mona enfadada, fastidiada o cabreada como mi amigo Duró (siempre le veo tan tranquilo que no me hago a la idea).
Molestar a los monos es una costumbre del mundo de ayer, como enseñar gamberradas a los loros
Buscando por aquí y por allá encuentro la crítica de King Kong por Valentí Castanys de 1933, cuando se estrenó la película. Dice que es una tragedia antediluviana, que aparecen unos diplodocos con patas de fullola , que King Kong huye por un bosque de cactus y geranios gigantes. Sube a lo alto de la torre, llega la aviación y el público grita: “mossega-li l’ull!” Que talento tenía Valentí Castanys para la broma. Sus crónicas de cine son de cojón de mico.



