Pedro Lemebel, el escritor chileno que convirtió la rebeldía en literatura y es leyenda

Como una síntesis perfecta de los vectores que condujeron su vida, un retrato de Pedro Lemebel lo muestra con la hoz y el martillo de lentejuelas dibujados en la mejilla. Se condensan en la imagen el activista de izquierda y el artista performático que desafió a una masculinidad tradicional a fuerza de maquillajes, tacos y, sobre todo, a través de la palabra como arma de denuncia y belleza.

A más de diez años de su fallecimiento, la editorial Seix Barral reeditó los libros fundamentales del artista y autor chileno, entre los que se incluyen La esquina es mi corazón (1995), Tengo miedo torero (2001) y Adiós mariquita linda (2004).

Pedro Lemebel. Archivo Clarín.

El escritor mexicano Carlos Monsiváis inscribió la literatura de Lemebel dentro de una genealogía que comprende a autores como Joaquín Hurtado, los cubanos Severo Sarduy y Reinaldo Arenas, Manuel Puig y Néstor Perlongher, admirado por el propio Lemebel.

“No hay literatura gay, sino una sensibilidad proscrita que ha de persistir mientras continúe la homofobia, y estos autores, al asumir con talento y vehemencia sus voces únicas, le añaden una dimensión cultural y social a la América Latina”, escribió Monsiváis en su prólogo para La esquina es mi corazón.

La escritura de Lemebel entremezcla el barroquismo de la prosa y la oralidad callejera, con lo kitsch y el melodrama como referencias estéticas. La irreverencia, el orgullo, la pasión, la rabia, la rebeldía y también una dosis de ternura animan sus relatos de perlas y de cicatrices.

Según Roberto Bolaño, quien le brindó un apoyo decisivo, Lemebel era el mejor poeta de su generación, aun cuando no escribía poesía, sino crónicas y, más tarde, su única novela, Tengo miedo torero.

Según Roberto Bolaño, Lemebel era el mejor poeta de su generación.

Bajo el nombre de Pedro Mardones, Lemebel nació a principios de la década del 50 en un asentamiento informal a orillas del Zanjón de la Aguada, un canal de riego que desemboca en el río Mapocho, en Santiago de Chile. Más tarde, su familia se mudó a un conjunto de viviendas sociales.

Aquel origen marcaría su identidad, los temas y el lenguaje de su escritura. Su homosexualidad, manifiesta desde edad temprana, le significó una carga de doble marginación social.

Primer universitario de su familia

El fin de su adolescencia coincidió con el gobierno de la Unidad Popular, encabezado por Salvador Allende. Durante aquel tiempo, se convirtió en el primer universitario de su familia. También inició una vida de merodeos urbanos, entre el flaneurismo y el cruising, que serían más tarde objeto de muchas de sus crónicas.

Reediciones. Pedro Lemebel vuelve a las librerías

Textos como “Anacondas en el parque” o “Baba de caracol en el terciopelo negro”, incluidas en su primer libro, revelan un Santiago de Chile de manoseos y chupones clandestinos en los cines y en los parques. Su mirada también iba a rescatar los sudores en los colectivos y el trajín de las ferias populares.

La ciudad de Lemebel es un espacio de deseo en cada esquina, pero también de represión omnipresente. Con la llegada de Pinochet al poder, que intervino la facultad en la que estudiaba Diseño, el sueño universitario de Lemebel tuvo que cambiar a la fuerza.

A fines del 74, empezó una carrera en Pedagogía y se dedicó brevemente a la docencia. Dio clases de arte a alumnos de secundaria hasta que lo despidieron, presumiblemente debido a su orientación sexual.

Por esa época, había empezado a tomar talleres de literatura en los que conoció a las escritoras feministas y de izquierda Pía Barros, Carmen Berenguer, Diamela Eltit y Nelly Richard, entre otras.

Entró en contacto con un circuito artístico alternativo y opositor a la dictadura, aunque no siempre sería bienvenido. Una de sus intervenciones más famosas no fue, justamente, un acto contra el régimen, sino una denuncia a sus propios compañeros.

En 1986 se presentó en una reunión política en Estación Mapocho, maquillado y con tacos, y leyó su manifiesto «Hablo por mi diferencia», en el que se encargaba de denunciar la homofobia dentro del propio partido. Porque la dictadura pasa/ Y viene la democracia/ Y detrasito el socialismo/ ¿Y entonces?/ ¿Qué harán con nosotros compañero? / ¿Nos amarrarán de las trenzas en fardos/ con destino a un sidario cubano? recitó.

Su presencia desestabilizadora se convertiría en un sello cuando, al año siguiente, conformó junto con Francisco Casas el dúo artístico Las Yeguas del Apocalipsis. Juntos realizaban performances extravagantes o, como prefería llamarlas Lemebel, “acciones de arte”.

Bailaron la cueca sobre vidrios, cabalgaron desnudos a través del campus de la universidad, se tomaron una foto vestidos como Frida Kahlo.

Bailaron la cueca sobre vidrios, cabalgaron desnudos a través del campus de la universidad, se tomaron una foto vestidos como Frida Kahlo. Las apariciones sorpresivas y provocadoras de las Yeguas alarmaban a los organizadores de eventos públicos. En una de esas intervenciones, terminaron besando en la boca al político Ricardo Lagos.

Las acciones de arte llamaron la atención del periodista Jaime Gré, quien le ofreció a Lemebel sumarse como columnista a la revista Página abierta. A partir de entonces, se volcaría decididamente a la escritura y empezaría a firmar con el apellido de su madre, un gesto que el autor definía como una alianza con lo femenino.

“Mi madre es hija natural, con mucho orgullo lo digo, y yo asumo el Lemebel como una forma de instaurar una heredad matriarcal en el apellido”, le dijo el escritor en una entrevista del año 2000 a la periodista Tati Penna.

En Página abierta y luego en otros medios chilenos como La Nación, Punto Final y The Clinic, Lemebel consolidó su estilo característico. Sus crónicas narraban historias urbanas y situaciones arquetípicas de personajes anónimos en clave de crítica social.

Sin recaer en lo explícitamente autobiográfico, se inspiraban en experiencias personales y pocas veces aludían a hechos concretos de actualidad.

Pedro Lemebel. Foto: David Fernández.

Sin embargo, el diálogo con el contexto era claro. Delineaban un Chile en plena transición democrática, atravesado por la pervivencia de hábitos represivos y las políticas económicas del gobierno de Pinochet.

La esquina es mi corazón

En 1995, las crónicas se compilaron por primera vez en el volumen La esquina es mi corazón. Al año siguiente, lo seguiría Loco afán: crónicas de sidario y luego De perlas y cicatrices (1998).

A la par, en 1996, Lemebel creó un programa de radio en el que leía textos breves, ambientados con sonidos y música, un sueño de radioteatro como los que escuchaba en la infancia con su madre. Si con sus crónicas se había ganado reconocimiento entre la crítica, fue a través de la radio que se abrió hacia una audiencia popular.

Su novela Tengo miedo torero se convirtió en un bestseller. Era una novela política con sensibilidad de bolero que había empezado a escribir a fines de los ochenta.

Ambientada alrededor del fallido intento de atentado contra Pinochet en el 86, seguía la historia de La Loca del Frente, un hombre maduro, una “loca vieja” –así prefería decirlo Lemebel, que repudiaba el término gay como palabrerío del Norte global– que se volvía cómplice de un muchacho guerrillero del Frente Patriótico Manuel Rodríguez.

Libros Pedro Lemebel 2021

En sus páginas aparece la caricatura de un dictador en su hora crepuscular y aquella herida que Lemebel denunció en el manifiesto, encarnada en la Loca que marcha por los desaparecidos tímidamente, desde ese margen en el que se acostumbró a vivir.

Aunque Lemebel decía que el amor le parecía una vulgaridad, es justamente por amor que La Loca empieza su despertar político. El inolvidable protagonista, como escribe Alana S. Portero en el prólogo para la nueva edición, “representa la destilación última y pura del ideal de revolución”.

El periodista Óscar Contardo, en su libro Loca fuerte (Ediciones Universidad Diego Portales), recupera la apreciación de Fernando Blanco –académico y autor de ensayos sobre Lemebel– acerca de Tengo miedo torero como un punto de quiebre.

A partir de entonces, para Blanco, la obra del escritor dejaría atrás a sus personajes anónimos en pos de relatos más ceñidos a su propia vida. En Zanjón de la Aguada (2003), por ejemplo, Lemebel revisita su infancia. Luego, seguirían Adiós mariquita linda (2004), Serenata cafiola (2008) y Háblame de amores (2012).

Resurgir democrático decepcionante

Lemebel había vivido el resurgir democrático con decepción, con la sensación de que la izquierda había pactado y dejado de lado el reclamo por los desaparecidos. Sin embargo, mantuvo sus ideales políticos y, en 1999, acompañó la candidatura presidencial de Gladys Marín, secretaria general del Partido Comunista.

A ella, junto a su madre y sus lectores obreros, le dedicaría el premio José Donoso, que ganó en 2013. Además, le escribiría su libro Mi amiga Gladys, publicado póstumamente en 2016.

En 2015, Lemebel, ya enfermo de cáncer, llegaría a escuchar al joven diputado Gabriel Boric citar «Hablo por mi diferencia» antes de la aprobación del Acuerdo de Unión Civil para parejas del mismo sexo. El funeral multitudinario del escritor demostró la popularidad y el amplio respeto que supo ganarse.

Lemebel, que siempre cultivó su propio mito, que vivía en estado de teatro eterno, se convirtió en un ícono de resistencia. Su rostro apareció grafiteado en las calles del estallido chileno de 2019.

“Su voz es más urgente que nunca en tiempos de las fascias exacerbadas en su orgía conservadora”, escribe Gabriela Wiener para la nueva edición de La esquina es mi corazón. Una voz que, desde el legado de sus textos, todavía reclama por un cielo rojo para que vuelen los niños que nacieron con la alita rota.

Redacción

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