Las antiguas guías turísticas y los jóvenes influencers repiten una y otra vez que las coquetas casitas de la playa del Garraf eran viviendas de pescadores. Aunque suene muy bucólico, es una afirmación que no se ajusta a la realidad. Desde un primer momento fueron construidas como residencias de verano de pequeños burgueses y empresarios como Pere Pratsavall, propietario en los años 20 del siglo XX de una de las principales fábricas textiles de Sabadell.
Su nieta, Marisol Navarro Pratsavall, ejerce de guía en su propia casa, una de las 32 casitas de la playa del Garraf, el lugar donde pasó algunos de los mejores momentos de su infancia y donde ahora vive durante los meses de invierno. Y deja claro que no, que nada de pescadores ni de trabajadores ferroviarios. Fueron su abuelo y otros con posibles como él quienes encargaron la construcción de las primeras viviendas del lugar, hace poco más de 100 años. Marisol guarda como un tesoro la foto de su abuelo con traje y corbata leyendo La Vanguardia en el mismo porche desde el que ahora ella misma rememora el pasado de su familia y de la vivienda, intrínsecamente ligados.

La casita se conserva prácticamente igual, aunque por aquel entonces se construyó a ras de playa y con el lavabo y la cocina en el exterior. Dos décadas después fueron levantadas todas las viviendas un par de metros para protegerse de un oleaje que llega algunos inviernos hasta la puerta de unas casas que durante toda su historia han sido lugar de veraneo. Primero de la clase alta, luego de artistas y gente del mundo de la cultura, que las fueron reformando, cada uno a su gusto.
En los últimos años, han aparecido los inversores que ofrecen cantidades insospechadas de dinero por alquilarlas o comprarlas. Aunque legalmente solo pueden pasar de padres a hijos, el vecino de Marisol es holandés, pese a que hoy no podemos verlo. Durante los meses de invierno, aquí solo viven Marisol y otra pareja unas cuantas casas más allá. El resto solo tienen vida algunos días en verano. Es cuando Marisol precisamente huye del lugar por la gran cantidad de gente que va a la playa y llena de sombrillas y de ruido un lugar que este sábado por la mañana de finales de octubre es un auténtico paraíso solitario al que llegar sin prisa y del que no quieres irte nunca.
La amabilidad de Marisol también ayuda. A sus 82 años conserva un fantástico estado de forma –quizás fruto de los habituales baños en el mar por la mañana– y una privilegiada memoria que le permite compartir todos los detalles arquitectónicos y vitales de su hogar y de los vecinos desde un porche con el rumor de las olas y unas vistas de ensueño.

La de Marisol es una de las dos casas que se conservan en un estado casi primigenio. Al fondo construyeron en su momento una pequeña cocina y un lavabo para ducharse y preparar la comida sin tener que salir de casa, y mantuvieron un amplio comedor que se convierte por la noche en dormitorio con unas literas empotradas. La cortina de tela bajo la encimera, los azulejos, el corcho que actúa como regulador climático… todo sigue igual, incluido el vidrio blindado de la ventana principal, comprado por el abuelo a un fabricante tras la I Guerra Mundial, según explica su nieta y actual propietaria.
Su relato es una de las principales joyas que deja esta edición del 48h Open House, la iniciativa que abre las puertas de edificios, tanto emblemáticos como desconocidos, en Barcelona y su entorno. Las reservas para visitar las casitas del Garraf llevan semanas agotadas. Aun así, el festival de arquitectura ofrece alternativas, algunas de ellas recién construidas y que de aquí a un siglo quizás alberguen historias como la de Marisol.

Redactor de La Vanguardia especializado en infraestructuras, movilidad y urbanismo. También escribe de ferias y congresos. Antes siguió la actualidad de l’Hospitalet y el Baix Llobregat, donde está ligado a proyectos de información local



