“Los objetos de quien muere son algo así como utilería en una película que ya se terminó de filmar”, escribe la mexicana Aura García-Junco en las primeras páginas de Dios fulmine a la que escriba sobre mí (Sexto Piso). En su caso, los objetos eran libros y eran muchos. Su padre, un excéntrico promotor cultural, le dejó como herencia una biblioteca de 10 mil ejemplares que ella empezó a releer, acaso con la ilusión de reparar heridas y resolver los enigmas sin respuesta que deja la muerte, casi como si los títulos fueran pistas del pasado.

Las lecturas de Ítalo Calvino, Paul Auster o Rosa Montero son la excusa para desandar un vínculo marcado por la contradicción, entre la admiración y la vergüenza. H. Pascal, el nombre con el que era públicamente conocido su padre, era un maestro y un héroe del under para muchos. Para su hija era, además, el hombre que la hacía enojar con su machismo y su actitud de gran perdedor.
La autora, que en 2021 fue seleccionada por la revista Granta como una de las 25 mejores narradoras jóvenes en español, publicó anteriormente las novelas Anticitera, artefacto dentado (2018), Mar de piedra (2022) y el ensayo El día que aprendí que no sé amar (2021).
Conversó con Clarín acerca de Dios fulmine a la que escriba sobre mí, en el que se entrecruzan el ensayo y la narrativa personal.
–¿Quién era H. Pascal dentro del panorama cultural de Ciudad de México?
–Ese es el personaje que Juan Manuel García-Junco, mi padre, creó, un personaje que fue armando alrededor de sí mismo. Así lo describí cuando empezaba a plantearme el proyecto y creo que se sostiene: “H. Pascal, como corroborarán los que lo conocieron, era un personaje poco usual. Portaba un mechón largo en la parte de atrás de la cabeza, entre su cabellera corta y blanca, playeras de bandas de grunge, zapatos crocs, bolsas ecológicas verdes llenas de libros para regalar y pantalones negros y desgastados. Casi nadie sabía su nombre de nacimiento, y simplemente lo llamaban ‘Pascal’. Era principalmente un divulgador cultural, escritor de géneros periféricos (terror, ciencia ficción, cyberpunk) y maestro de creación literaria. Durante veinte años sostuvo un proyecto editorial ‘fanzinero’ llamado Goliardos, en el que publicaron desde autores conocidos dentro del ámbito hasta las innumerables camadas de alumnos del taller que acompañó el proyecto. Organizó festivales de ciencia ficción, de literatura gótica y se dedicó de lleno a invitar a la lectura a grupos que normalmente eran ignorados. Un día, hace aproximadamente diez años, decidió que él mismo era ‘periférico’ y dejó de publicar en los periódicos que llevaba años, de escribir novelas, de buscar editoriales, y se dedicó simplemente a proyectos fuera de lo común que lo alejaron más y más de los circuitos mainstream de la literatura. Murió abruptamente en julio del 2019, en una especie de aislamiento autoimpuesto, rodeado de aproximadamente 10.000 libros y un arrollador olor a tabaco.”
CUL / Aura García-Junco
–¿Cómo apareció la idea del novenario para contar el recorrido de lecturas?
–Quería que el libro tuviera algo de ritual funerario y yo, una atea terrible, sigo al mismo tiempo alimentándome de imaginarios católicos, pero a mi manera. Cuando pensaba en la estructura del libro, ya metida entre la lloradera y el placer de su escritura, el novenario apareció como una estructura posible. También me resolvía un problema práctico: una biblioteca de miles de libros es un pésimo argumento narrativo si una no encuentra cómo atravesarla. Nunca intenté escoger “los libros más importantes” de mi papá. Elegí los que abrían una puerta para hablar de nuestra relación. Era una especie de investigación por asociación libre. Bastante poco científica y, por fortuna, bastante útil para escribir. Aunque pensaba empezar con un rito casi místico, al final las elecciones terminaron siendo las que más me hablaban de los temas que quería tratar: infancia, duelo, enfermedad, herencia, memoria, muerte.
–Hay un tema que recorre tu libro que es la posibilidad de comprensión y reparación a través de la literatura. ¿En qué medida te parece eso posible o de qué manera repara la literatura?
–Cuando empecé sí tenía una fantasía bastante clara de reparación: investigar a mi papá, pagar una deuda y poder seguir adelante. Y algo de eso sí me salió. La literatura no cambia nada de lo sucedido y tampoco permite tener la conversación que ya no ocurrió, pero lo que sí puede cambiar es la relación con esa historia. Yo tenía una versión bastante fija de mi padre y también de mí misma dentro de nuestra relación. Escribir volvió esa historia más amplia. Explorar las verdades incompatibles de la vida, amor y enojo, admiración y vergüenza, ternura y juicio, le hace muy bien al alma. Si eso es reparación, probablemente se parece más a complicar una historia que a sanarla. Sin embargo, sí puedo decir que terminé en un espacio muy distinto al que inicié. Digamos que hice un duelo en versión terapia de shock.
–Reflexionás mucho sobre la literatura desde la dimensión material de los libros como objetos y desde las condiciones de producción cultural. ¿Qué revela mirar la literatura desde ese lugar?
–Que la literatura pesa. Literalmente. Ocupa metros cuadrados, cuesta dinero, requiere bodegas, papel, distribución y gente que trabaje. Eso se vuelve especialmente evidente cuando alguien muere y tienes dos días para vaciar un departamento rentado repleto de libros. También me interesaba Goliardos por eso. Era un proyecto que hacía publicaciones muy baratas y que circulaban mucho en ciertos ambientes, pero vender mucho algo muy barato no significa necesariamente ganar dinero. Mirar esa materialidad sirve para hablar de clase y de prestigio: quién puede permitirse hacer cultura durante años, qué trabajos se consideran importantes y cuáles quedan como una nota lateral de la historia cultural.
–Después del MeToo y el Ni una menos, hay un discurso que sostiene que el feminismo “se excedió”. En tu libro, hay una búsqueda de comprender el machismo de tu padre desde un lugar bastante compasivo. ¿Te parece que el feminismo tiene como tarea pendiente pensar cómo interpelar a los hombres desde sus propias experiencias?
–Muchísimas de las cosas más básicas que ha denunciado siguen más o menos intactas y algunas batallas aparentemente ganadas han dado varios pasos atrás en los últimos años. Otra cosa es pensar que cualquier movimiento político tiene que revisar sus estrategias, su lenguaje y sus puntos ciegos. Pienso que los debates previos deben repensarse constantemente y que, como dijo Dahlia de la Cerda, cualquier espacio que no te permita cuestionar es una secta, no un movimiento político. Y a mí no me interesan las sectas. Sí creo que necesitamos pensar mucho más qué está pasando con los hombres: la masculinidad, la soledad, los afectos, los cuidados, incluso la dificultad de imaginar formas de ser hombre que no dependan de ciertas jerarquías. Cada vez más pienso que es una labor conjunta entre todos los géneros y que facilitar espacios donde el debate no parta de una conclusión ya previamente dada es esencial. También que, aunque dije pensar, mucho de esto se trata de sentir y vivir con el cuerpo. Si no está eso en medio también en el caso de lo masculino, está complejo ir hacia lugares más fértiles.

–En relación con la pregunta anterior, escribís que “no deberíamos sentirnos obligadas a ser feministas siempre como si fuera una identidad que nos dignifica y no, como me gusta pensarlo desde hace tiempo, un proyecto de transformación social y una herramienta, entre muchas otras, para analizar el mundo”. ¿En qué radica la diferencia entre una y otra forma de acercarse al feminismo?
–Cuando el feminismo funciona sobre todo como identidad corre el riesgo de convertirse en certificado moral: soy feminista, por lo tanto, soy buena y todo lo que hago queda automáticamente purificado. A mí me interesa mucho más como herramienta crítica y como proyecto político. Una herramienta puede ser extraordinaria sin explicar absolutamente todo. Y un proyecto político implica objetivos colectivos, desacuerdos, errores y correcciones. Últimamente, mientras escribo sobre natalidad, me encuentro mucho con eso. La autonomía de las mujeres transformó radicalmente nuestras vidas, pero el trabajo, la vivienda, la pareja y el reparto de los cuidados no cambiaron al mismo ritmo. Ahí el feminismo sirve más cuando ayuda a entender un problema que cuando funciona como una etiqueta que reparte diplomas. Me gusta mucho una pregunta que plantea Raquel Gutiérrez en Carta a mis hermanas más jóvenes: “¿qué queremos que pase?”. Me interesa como punto de arranque porque permite reconocer nuestras diferencias sin quedarnos detenidas en ellas y preguntarnos, más bien, qué podemos construir juntas.
–Se habla de que hay un auge de la autoficción o literatura del yo y tu libro se pregunta acerca de los límites de lo narrable cuando se involucra la vida de terceros. ¿Cómo elegiste situarte como escritora? ¿Qué te aportaba incluir estas reflexiones?
–Nunca pensé demasiado el libro desde la categoría de autoficción. Empezó, de hecho, como un intento de ficción, y pronto descubrí que ponerle otro nombre a mi papá sólo volvía todo más torpe. El verdadero problema era otro: qué derecho tienes a cerrar una versión de alguien cuando esa persona ya no puede contestarte. Por eso me parecía importante que yo tampoco saliera bien librada. Si iba a mirar críticamente a mi papá, tenía que poner también mis rencores, mis cegueras y mis contradicciones sobre la mesa. Vivian Gornick habla del desapego necesario para narrar la propia vida. Yo escribí cuando todavía no lo tenía del todo. En vez de fingir distancia, preferí que esa falta de distancia también formara parte del libro.
–Utilizás el recurso de incluir notas al pie “literarias”. ¿Qué buscabas con esas inclusiones?
–Me encantan las notas al pie porque tienen siempre este espíritu de la justificación objetiva de lo que se dice. Yo, una prófuga de la academia con problemas con la autoridad, encontré ahí un espacio muy divertido para salir del relato principal, una puede estar contando algo con toda seriedad y abajo hacer una broma, corregirse, desviarse o ponerse rara. El libro investiga y cita mucho, pero nunca quise simular que toda esa documentación me daba acceso a una verdad definitiva sobre mi papá y ese es uno de los grandes temas del libro: la imposibilidad de un relato unívoco y lineal.
–Por último, ¿cómo pensás ahora esa frase de tu padre “la vida es un deseo, no un significado”?
–Todavía me gusta mucho y me parece una gran brújula. En el libro aparece mientras yo estoy despierta de madrugada preguntándome qué pasa cuando se deja de desear, que es una manera bastante eficaz de continuar arruinando el sueño. Me sigue atrayendo porque se opone a la obligación de encontrarle una explicación definitiva a la vida, como si al final hubiera una respuesta correcta. Ahora agregaría algo que entonces quizá pensaba menos: tampoco deseamos en el vacío. El dinero, el tiempo, el género, la época y las posibilidades que alcanzamos a imaginar organizan mucho más de lo que podemos querer. Eso está muy presente en lo que escribo ahora. Prefiero el deseo al significado, aunque naturalmente orbito al segundo y peleo buscando el primero.
Aura García-Junco básico
- Nació en la Ciudad de México en 1988. Escribe narrativa y ensayo, y es traductora.
- Ha colaborado en revistas y en proyectos de investigación sobre literatura clásica y medieval.
- Fue becaria del Fonca y la Fundación para las Letras Mexicanas.

- Es autora de Anticitera, artefacto dentado (2019).
- En 2021 fue seleccionada por la prestigiosa revista Granta como una de las 25 mejores narradoras jóvenes en español.
Dios fulmine a la que escriba sobre mí, de Aura García-Junco (Sexto Piso).

