Paula Klein, ganadora del Premio Lumen: “El mal de nuestra época es el descrédito de la verdad”

Miranda K. es documentalista, tiene una hija y un marido muy exitoso, Charles, cronista celebérrimo que gana los más importantes premios periodísticos de Francia hasta que un colega denuncia que sus artículos, que convocan a miles de lectores y engordan su fama, son falsos. No es un periodista profesional, es un mentiroso, un estafador. Así empieza El amor inventado, la novela con la que la argentina residente en París Paula Klein ganó este año el Premio Lumen.

La escritora Paula Klein, ganadora del Premio Lumen. Foto: Maxi Failla.

El libro es un thriller que despliega los tentáculos de la intriga en muchas direcciones. Por un lado, sigue a Charles, el periodista caído en desgracia que, ante la revelación de sus falsas crónicas, escapa. Nadie sabe dónde está ni qué le sucedió. Su esposa lo buscará a lo largo de toda la novela.

Por otra parte, hay otros misterios que desanudar: cómo fue posible que un mentiroso serial se convirtiera en un periodista célebre sin que nadie se diera cuenta. Paula Klein escribió la novela después de investigar decenas de casos de periodistas mentirosos en la Argentina, Francia, Europa y Estados Unidos, entre ellos el de Janet Cooke, la reportera que ganó el Premio Pulitzer en 1981 por una historia falsa sobre un niño adicto a la heroína, publicada en The Washington Post.

Miranda K. también está documentando su próxima película, en la que retrata décadas de amor de una pareja que llega junta a la vejez después de haberse conocido en la adolescencia: ¿cómo lo lograron?

Al entrelazar esas líneas con otras, que van desde la maternidad hasta el provincianismo de quienes llegan a la capital a estudiar, El amor inventado construye un estimulante retrato del presente. Un presente en el que Francia colapsa entre manifestaciones, saqueos y tomas en las universidades. Paula Klein es docente en la Université Clermont Auvergne, cuya sede lleva tres semanas tomada. Durante su estadía en Buenos Aires, donde presenta la novela y ofrece un seminario en el Malba, dialogó con Clarín sobre su libro.

–Henry David Thoreau, Javier Cercas y Truman Capote hablan de la vida y de la verdad al inicio del libro. ¿Por qué elegiste esos epígrafes y qué buscabas con ellos?

–Me encantan los epígrafes, como buenas filólogas. Había seleccionado un montón, pero los que quedaron representan las lecturas que me nutrieron. Leí mucha filosofía para abordar la posverdad, las verdades alternativas y el descrédito de la verdad frente a las falsas informaciones. También me interesaban los escritores que trabajaron en el cruce entre ficción y no ficción, inspirándose en hechos reales, y los periodistas narrativos como Truman Capote. Uno de los epígrafes plantea una pregunta central: ¿qué determina lo que somos, nuestros actos o la imagen que tenemos de nosotros mismos? ¿Hasta qué punto un impostor se cree su propia impostura? En la novela lo reescribí con una metáfora: lo que cada uno piensa de sí mismo es la estrella de Belén que guía su destino. También está la imagen de la planta y el tutor. Pensaba en quienes buscan la verdad, como un periodista serio o Miranda, que cree que el documental y el arte permiten acercarse a la realidad. ¿Qué pasa cuando descubrís que la persona con la que creías compartir ese ideal es, en realidad, un falsificador?

–¿Por qué te interesaban tanto esos impostores?

–Me fascinan los mentirosos y lo que mentimos todos. Como escritora, me pregunto hasta qué punto estamos autorizados a fiscalizar la mentira, pero, sobre todo, me interesa la impudicia con la que se miente en nuestra sociedad. Mentir parece no ser un delito ni tener consecuencias. Lo vemos en el bullshit político, las noticias falsas y la circulación de información engañosa. Estamos inundados de mentiras y pareciera que no hay un castigo ético para quienes las difunden. En los casos de periodistas falsificadores que estudié, algunos terminaban siendo aplaudidos después de ser descubiertos. Era como si se les dijera: «La prensa no es tu ámbito, pero andá a ser publicista o analista de opinión política». Esa gente puede terminar polarizando las mentes y generando sociedades en las que todo es ideológico y no existe ningún respeto por los hechos. Me interesaba saber qué consecuencias tenía la mentira para ellos y qué hacía la sociedad con esas personas.

–La trama empieza cuando una mujer descubre que su marido, un periodista muy respetado y premiado, ha fraguado buena parte de sus investigaciones. ¿Quién es esa mujer? ¿Cómo construiste a Miranda?

–Durante la investigación hablé con personas que habían trabajado con periodistas falsificadores y traté de entender cómo habían encontrado las fallas del sistema. Probé darle la voz al impostor, pero no funcionaba. Hasta que alguien me comentó que uno de esos falsificadores había estado casado con una directora de documentales. Era un caso real. Entonces empecé a preguntarme qué pasaba con las personas que estaban al lado de esos impostores: cuando alguien miente sistemáticamente y la sociedad lo premia, ¿qué sucede con quien tiene al lado? Decidí que Miranda estuviera trabajando en una película que le permitiera pensar su propia relación a través de otra pareja, Hélène y André, que sí consiguió llegar al final de la vida junta. Para construir esa historia me inspiré en documentales y películas sobre parejas que envejecen juntas. Miranda comienza como una víctima. La engañaron y, cuando se descubre la falsificación, la gente se pregunta si fue cómplice o ingenua. Queda atrapada en un departamento que no puede mantener y con una hija a la que no sabe si mentirle, decirle la verdad o protegerla. Pero quería que fuera una víctima que busca revancha, no alguien inmóvil ante el abandono. Que levantara la cabeza y dijera: «Ahora voy a prender fuego todo. Voy a encontrarlo». De ahí surge el triángulo de la novela: Miranda investiga quién es su marido y dónde está, intenta realizar su documental y repasa su propio pasado.

–La dicotomía entre víctima y victimario aparece problematizada. ¿Por qué?

–Era central. Si hubiera escrito una novela con un malo y una pobre víctima, no habría tenido una novela. Quería personajes creíbles, en los que ninguno fuera blanco o negro. Charles, Emma y Miranda esconden cosas; todos tienen un jardín secreto. Miranda intenta convencerse de que su ficción de la familia perfecta era real. Llama a su matrimonio un mausoleo dorado: estaba todo muerto, pero ella seguía aferrada a esa ficción. También veía cosas que no quería reconocer, como la atracción por su amigo, los celos y la envidia. Sabía que había renunciado aparte de su carrera por una maternidad que no había deseado genuinamente. Me interesaba construir una mujer ambiciosa con la que el lector pudiera empatizar, comprometida con una ética del periodismo y con la búsqueda de la verdad. Quería que el lector nunca terminara de saber quién era el bueno y quién el malo, y que la novela lo confrontara con sus propios juicios. Cuando consumimos información o financiamos medios, ¿buscamos que nos confirmen que pensamos bien y que el mundo está dividido entre buenos y malos? Me parece que avanzamos hacia un pensamiento peligrosamente totalitario. Es el mecanismo de la desinformación: un mundo dicotómico en el que todo es blanco o negro. Quería dejarle la pelota al lector. Charles es un falsificador, pero también puede ser un esposo amoroso y un padre excelente, afectuoso. Es manipulador y cínico, pero quiere a su hija y, en muchos momentos, siente un amor genuino por su esposa. Me interesaba que el lector llegara al final sin poder afirmar con certeza que hay un bueno y un malo. Todos tenemos nuestras contradicciones.

La escritora Paula Klein, ganadora del Premio Lumen. Foto: Maxi Failla.

–Charles trabaja en distintos medios y consigue encontrar las grietas de sus sistemas de verificación. ¿Todo sistema tiene una grieta por la que alguien puede infiltrarse?

–Sí. Hablé con muchos editores y periodistas, y varios me dijeron: «Si soy sincero, podría haberme pasado a mí». Estudié especialmente un caso real, pero también otros, como el de Jayson Blair, que engañó a The New York Times. Por más que exista un sistema de verificación sólido, puede haber fallas. En una sección como Sociedad no podés tener especialistas en cada tema, y un verificador puede no conocer en profundidad aquello que revisa. En el caso que investigué, el verificador confiaba en un periodista que había montado un sistema para sembrar pistas falsas y eludir los controles. Incluso con un equipo de más de cien personas puede haber un eslabón débil. Mi impresión es que esos falsificadores sabían perfectamente lo que estaban haciendo. Algunos después afirmaban que estaban enfermos o tenían distorsiones de la realidad, pero creo que eran conscientes de sus actos y habían encontrado la manera de infiltrarse en el sistema. También me preguntaba hasta qué punto había colaboración o complicidad de los editores, aunque fuera por cerrar los ojos: esto vende, nos va bien así. No siempre pudo probarse, pero queda la duda. Esos periodistas ganaron premios durante años y fueron reconocidos por sus pares. Janet Cooke, de The Washington Post, fue descubierta después de publicar una historia falsa sobre un niño heroinómano: le pidieron que identificara sus fuentes y no pudo hacerlo. Me interesa pensar qué ocurre cuando alguien pone en evidencia esas fallas. El sistema de premios, la crítica y el periodismo quedan expuestos. Algo parecido sucede cuando se acusa a alguien de haber escrito con inteligencia artificial: la pregunta es cómo nadie lo advirtió antes. Todo esto habla de nuestra necesidad de creer en determinadas historias y de los peligros de algunas formas de periodismo narrativo y de investigación. El nuevo periodismo de los años setenta y el periodismo de inmersión establecieron una relación peligrosa entre ficción y mentira, con prácticas que recurrían incluso a la suplantación de identidades. Se llegó a sostener que los hechos eran sagrados, pero los detalles no. Es una manera de desdibujar los límites del oficio y poner en cuestión la credibilidad del periodismo.

–En la novela aparece la idea de que no existe una realidad factual pura, de que los hechos también son interpretaciones.

–Sí. Leí a muchos filósofos, desde Gadamer hasta Nietzsche, para pensar nuestra relación con la verdad. Me interesaba el papel de la interpretación y del recorte que hacemos de la realidad. En el periodismo existen hechos concretos, pero también está la manera en que los transmitís e interpretás. Siempre hacés un recorte y proponés una interpretación, aunque no quieras bajar línea. Escribís desde un lugar situado. Me pareció interesante volver a la filosofía para entender esa relación entre los hechos, la interpretación y el periodismo.

–En las grandes tensiones del presente, en la dificultad para dialogar y en la proliferación de visiones enfrentadas, ¿cuánto tiene que ver la relativización de la verdad?

–Para mí, ese es el gran mal de nuestra época: la relativización y el descrédito de la verdad. Alimentan los pensamientos de extrema derecha y de extrema izquierda, que construyen interpretaciones de un mismo hecho al servicio de sus intereses. Los medios también alimentan esa lógica, impulsados por los algoritmos y la necesidad de vender una historia que capte la atención. El periodismo debería funcionar como un cortafuegos: poner orden y ayudar a distinguir los hechos de las interpretaciones interesadas. Pensemos en cómo se cuentan los conflictos y las protestas en Francia. Se puede responsabilizar al ministro del Interior y a la falta de un dispositivo adecuado, o atribuir toda la violencia a grupos de extrema izquierda y a los black blocs. El algoritmo amplifica esas visiones y alimenta una guerra entre extremos. Es un veneno para las democracias liberales, en las que podía haber partidos moderados y un espacio para el diálogo. Ahora todo tiende a polarizarse.

La escritora Paula Klein, ganadora del Premio Lumen. Foto: Maxi Failla.

–Sin embargo, la idea de una verdad compartida también requiere consensos que no siempre existen. ¿Cómo se hace para sostener ciertos hechos como verdades comunes y, al mismo tiempo, reconocer las interpretaciones y las disidencias?

–Una cosa son los hechos y otra, las opiniones. Es una distinción filosófica básica. Podés tener las opiniones que quieras, pero hay hechos que deben establecerse mediante la investigación científica o histórica. Si no existe un consenso mínimo sobre los hechos verificables, terminamos creyendo a cualquier charlatán. Necesitamos ciertos códigos democráticos, y el periodismo es uno de ellos. También necesitamos la ciencia y la tradición racionalista que construimos desde la Ilustración. No podemos convertir todo en opiniones equivalentes: la Tierra no es plana y las vacunas permitieron avances fundamentales. La opinión de alguien que estudió un tema no equivale necesariamente a la de quien lo desconoce por completo. Además, hoy se nos pide constantemente que tomemos posición sobre cuestiones de las que no sabemos nada. ¿Por qué tengo que pronunciarme sobre una guerra si no conozco sus antecedentes? Puedo decir qué me genera, pero también puedo consultar a un especialista.

Paula Klein básico

  • Nació en Buenos Aires, en 1986. Es doctora en Literatura Comparada, licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires y máster por la École des Hautes Études en Sciences Sociales.
  • Reside en París y ha enseñado Literatura Latinoamericana y Comparada en distintas universidades de Francia. Desde el año 2022, es profesora titular de la Université Clermont Auvergne.
La escritora Paula Klein, ganadora del Premio Lumen. Foto: Maxi Failla.
  • Sus investigaciones se centran en la literatura documental y los vínculos entre ficción y no ficción en la narrativa latinoamericana contemporánea.
  • Su primera novela, La luz de una estrella muerta, fue publicada en 2021. El mismo año, Classiques Garnier editó su ensayo Petites mémoires et écriture du quotidien. Cortázar, Perec et leurs échos contemporains (Premio a la edición PSL-Translitterae).
  • Su segunda novela fue Las brujas de Monte Verità (Lumen, 2023); a esta le siguió El amor inventado, ganadora del Premio Lumen de novela (2026).

El amor inventado, de Paula Klein (Lumen).

Redacción

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