Victoria vive sola a 5200 metros sobre el nivel del mar, en la cordillera de los Andes, en Espinar, Cusco, Perú. Rodeada de llamas y alpacas, acompañada por sus perros y su gato Filipina, pasa sus días en una vivienda de piedra y paja, adaptada a las heladas, el viento y las fuertes granizadas de la montaña.
Cuando le preguntan si no siente miedo por vivir tan aislada, responde con naturalidad: “¿Cómo voy a tener miedo? Este es donde he nacido, donde he crecido”.
La escena forma parte de un recorrido registrado por el creador del canal de YouTube And Moll, que emprendió una caminata de casi dos horas para llegar hasta su casa. El ascenso atraviesa un paisaje de temperaturas extremas, con plantas nativas como la tula, el icho congelado al amanecer y la ortiga de los Andes.
Una vida entre las costumbres de la montaña
Victoria conserva una rutina ligada a los recursos que le ofrece el entorno. Para cocinar, utiliza bosta seca de llama, conocida como “llama gas”, o leña que recolecta en los cerros. Prepara sus alimentos en fogones tradicionales, con ollas de barro y recipientes de metal y, en ocasiones, usa piedras planas como platos.
Su alimentación incluye papas nativas de las variedades celoso y anca, chuño, morón, maíz o trigo tostado y carne de alpaca, que consume seca o en forma de churrasco. También conserva hierbas medicinales de la región, como la agraicha, que utiliza para preparar infusiones, además de la salica y la pupusa.

El trabajo con los animales ocupa buena parte de sus jornadas. Victoria hila lana con una pushka y utiliza una guaraca, una honda tradicional tejida, para orientar a las llamas. Incluso lleva un sombrero típico de Chumbivilcas que tiene más de diez años de uso.
Su vínculo con esas tierras se remonta a la infancia. Al observar las cumbres cercanas, entre ellas el cerro Condori, recuerda cuando subía a bailar y cantar canciones tradicionales junto a su hermana Lucila y su tía Malia. En aquellas reuniones, vestían ropa típica y estaban acompañadas por músicos que tocaban guitarras y mandolinas.
La desaparición de su padre y la muerte de su hijo
Detrás de esa vida solitaria hay dos pérdidas que marcaron profundamente a Victoria. Hace aproximadamente 20 años, su padre desapareció. Ella lo buscó durante mucho tiempo por quebradas, ríos y zonas rocosas, y extendió la búsqueda hasta el valle del Colca y los límites con la selva del Cusco. Nunca pudo encontrar su cuerpo.
Después de la muerte de su padre, su madre quedó viuda y Victoria regresó a la montaña para recuperar los terrenos familiares y criar ovinos y alpacas. Esa experiencia se sumó a la muerte de su hijo, ocurrida hace 25 años.
El joven había estudiado con mucho esfuerzo en Arequipa y se había recibido de ingeniero. Sin embargo, enfermó y los médicos le indicaron que tenía un tumor. Fue sometido a varias intervenciones quirúrgicas, pero en ellas no encontraron lo que buscaban y finalmente murió.

Tras la muerte de su madre, quedó sola al cuidado de sus animales. Su hermano, en tanto, trabaja en las minas.
La presencia de depredadores es uno de los riesgos de la actividad. Los pumas y los zorros merodean la zona y pueden atacar a las crías. Para ahuyentarlos, Victoria hace restallar su guaraca con tanta fuerza que el chasquido se asemeja al disparo de un arma de fuego.
La actividad también tiene una dimensión económica: según cuenta, el kilo de carne de llama se vende en los mercados de la zona a entre 12 y 12,50 soles (alrededor de 3,5 dólares).
Entre las alturas, los animales y las costumbres heredadas, Victoria continúa con una vida marcada por las pérdidas, pero también por su pertenencia a la montaña.
LA MUJER QUE VIVE SOLA EN LA MONTAÑA, Criando llamas andinas

