La competencia entre los dos grandes poderes económicos del mundo va a obligar a muchos países en el subcontinente latinoamericano a trazarse nuevas metas en la diplomacia y en las alianzas económicas transnacionales. Escoger cuál relación privilegiar: Pekín o Washington, representará un dilema político sobre el cual será necesario fijar posición con un costo inevitable para quien le toque aliarse con uno u otro lado.
El diario The Financial Times acaba de publicar un extenso trabajo sobre las dificultades que tendrá México para definir los límites de sus relaciones, dada la inmensa gravitación que tanto Estados Unidos como China tienen dentro de su dinámica económica. Dice la valiosa investigación de Christine Murray y Peter Foster que “el ejercicio de equilibrio de México entre Washington y Pekín pone de relieve la delicada situación de muchos países de tamaño medio, a medida que la globalización y el comercio transfronterizo son sustituidos gradualmente por un mundo de grandes potencias en competencia”.
A México, en la Casa Banca lo consideran un Caballo de Troya para productos cuyas partes tienen origen en China. De allí la amenaza constante de Donald Trump de imponer aranceles que inhiban a México de estrechar vínculos con su rival asiático. México está siendo obligado a comprar más gas natural de Estados Unidos para poder aspirar a una rebaja en las tarifas de importación de los productos que les compran los americanos. Nuevos inversionistas chinos en México han puesto a hibernar las decisiones de inversión hasta tanto el panorama de la batalla comercial con Estados Unidos haya sido resuelto.
En efecto, México está teniendo que afrontar un forcejeo con Washington, pero Brasil es un caso incluso más dramático. China es el principal cliente para sus exportaciones, pero Estados Unidos es fundamental como mercado de destino y también es pieza clave en sus importaciones de tecnología, en servicios, en inversiones y en sus relaciones financieras. China compra soja, mineral de hierro, petróleo, carne y celulosa brasileños, mientras que Estados Unidos es un mercado importante para productos industriales y agropecuarios, además de proveedor de tecnología y servicios.
Perú no se queda atrás y Chile y Argentina tampoco. La exposición potencial a la rivalidad de las dos potencias es una probabilidad no cuantificada, pero la eventualidad de sufrir sanciones o represalias debe quitarles el sueño a los gobernantes.
En el caso de Chile, la vulnerabilidad tiene una característica particular: su fuerte dependencia de la demanda china de cobre, mineral esencial para la electrificación, la infraestructura y numerosas tecnologías industriales. Estados Unidos, por su parte, es un socio comercial relevante y una potencia decisiva en las cadenas tecnológicas y financieras.
Por lo que respecta a Perú, China es su principal socio comercial y el país mantiene un tratado de libre comercio con Pekín. ¿Hasta qué punto puede Perú profundizar su integración económica con China sin generar fricciones con Estados Unidos en sectores sensibles? A la inversa, limitar la presencia china podría encarecer inversiones o reducir oportunidades comerciales.
Venezuela ya tiene claro el precio a pagar si continúa haciéndole guiños a China en detrimento de su mayor inversionista en un sector petrolero por desarrollar.
Otros países como Argentina, Colombia y Ecuador también se verán obligados a sopesar el género de relación que desean desarrollar con cada uno de los dos titanes mundiales y estar dispuestos a pagar el precio de sufrir sanciones o represalias.
La guerra continúa, con menos decibeles quizá, pero limita la libertad de actuación de cada país en el subcontinente.

