Abriendo fronteras
Madrid. Teatro de la Zarzuela. 23/02/2025. Patagonia, de Sebastián Errazuriz. Marcela González (soprano, Xorenken), Evelyn Ramírez (mezzosoprano, Golenkon), Nicolás Fontecilla (tenor, Antonio Pigafetta), Sergio Gallardo (bajo-barítono, Juan de Cartagena), María Paz Grandjean (actriz, Ikalemen) y otros. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Dirección escénica: Marcelo Lombardero. Dirección musical: Sebastián Errázuriz.
Uno de los fenómenos más interesantes, al menos para quien firma estas líneas, ocurrido en las últimas décadas es el imparable proceso de universalización de la ópera. Este arte, de origen italiano y que durante siglos estuvo ligado a los mundos culturales italiano, germano francés y/o ruso ha podido ver y vivir como en el siglo XX y especialmente tras el fin de la Segunda Guerra Mundial se ha producido la incorporación de lenguas y culturas distintas a este género que hay quien pretende enterrar antes de tiempo. Hoy en día, a poco que uno rasque en la piel de la ópera podrá escuchar palabras cantadas en finés, húngaro, castellano, euskera, gallego o polaco, por poner algún que otro ejemplo. Y aquellos compositores que en otras épocas vivían en los países arriba citados ahora pueden ser japoneses, chinos, brasileños o chilenos, como el caso que nos ocupa.
Esta imparable universalización en la composición de ópera tendría que ir acompañado de la paralela universalización en la programación pero aquí, ¡ay!, prima el chauvinismo, la comodidad y la falta de ambición. Por ejemplo, mientras el mensaje cultural dominante de las esferas políticas del reino subraya la supuesta hermandad existente entre España y los pueblos latinoamericanos, podemos observar cómo la ópera y la zarzuela de este origen es ignorada de forma constante. En el Teatro Real –y reconozco escribir de memoria- solo se han propuesto tres títulos del mundo latinoamericano: Ainadamar, del argentino Oswalgo Golijov; Il postino, del mexicano Daniel Catán, y Bomarzo, del argentino Alberto Ginastera. Es decir, nos sale a título por década. Y si nos referimos a la zarzuela, ¿cuántos años hace de la última de Ernesto Lecuona que ha sido programada en el teatro del género? Por ello quiero agradecer que en esta temporada se haya hecho el esfuerzo de traernos dos títulos de cámara, la ya reseñada Domitila, del brasileño Joao Guilherme Ripper, que pudo escucharse el pasado septiembre de 2024 en la Fundación Juan March y esta, Patagonia, de Sebastián Errazuriz, que ha “merecido” el teatro titular de la calle Jovellanos.
Patagonia, estrenada en el Teatro del Lago, de Chile, en 2022 es una obra de apenas hora y cuarto de duración que narra, desde la perspectiva de los indios, la entrada del hombre blanco en su vida tras nuestro descubrimiento. De hecho, asistimos a una historia entrecruzada: por un lado, Xorenken ha perdido a su marido, que ha sido apresado por el hombre blanco y que está siendo trasladado como presente ante el rey; por otrolado, Juan de Cartagena, capitán español, ha sido condenado por sus compatriotas por traición a ser abandonado en la vastedad de las tierras americanas. Avatares del destino, acabará siendo recogido y cuidado por la tribu aonikenk, a la que pertenecen los nativos antes citados. Es decir, que mientras los indios recogen, cuidan y casi adoptan al blanco repudiado, estos secuestran y trasladan a su país a un hombre que acabará falleciendo en un viaje imposible para él. Estas dos breves anécdotas son las que nos permiten asistir a la reflexión del libretista Rodrigo Ossandón, que se coloca de parte de los conquistados. En este libreto domina el castellano aunque hay frases en el idioma nativo.
El hecho histórico es gigantesco; el formato de la ópera, el camerístico; y su misma duración obliga a que estas dos historias se tracen de forma muy esquemática, provocando un final algo precipitado. Mientras Kentelan morirá en el barco camino de España –siendo poco antes de su muerte bautizado, en una escena no exenta de crueldad- Juan de Cartagena encontrará nuevas personas con las que convivir y poder superar el castigo al que ha sido sometido.
Lo cierto es que todo en Patagonia es breve, incluso naif. Sebastián Errazuriz nos propone una obra de escritura sencilla, extremadamente sencilla. En un fin de semana en el que se podía comparar por simple criterio cronológico con el estreno de Tejas verdes, de Jesús Torres, advertimos que el lenguaje musical del chileno es convencional, diríase que ingenuo. En algunas de las páginas adquiere protagonismo la percusión autóctona pero, en términos generales, las líneas pecan de inocentes.
La interpretación estuvo plasmada de forma aceptable. Los papeles no son vocalmente complejos, no hay exigencias de tesitura endiabladas ni requerimientos extremos y así todos y cada uno de los solistas citados en la ficha técnica cumplieron con solvencia. Quizás la voz más interesante fuera la del tenor Nicolás Fontecilla, dando empaque al cronista italiano de la expedición sin que desmerecieran en sus prestaciones Evelyn Ramírez, Marcela González o Sergio Gallardo.
La puesta en escena, propuesta por Marcelo Lombardero, juega con un telón de fondo en el que se reflejan bien la inmensidad del mar, bien la del terreno en el que viven los nativos. En estas inmensidades se abren micro espacios que pueden ser el camarote del barco español o el peñasco sobre el que los nativos otean el horizonte. Sencillo pero práctico y lejos de cualquier exceso, tan frecuente en los tiempos que vivimos.
En definitiva, quizás Patagonia no sea una obra cumbre de la ópera del siglo XXI pero siquiera por una tarde nos acercamos a una realidad, la de la ópera sudamericana, tan cercana y, sin embargo, siempre tan lejana, tan ignorada. Y sería de desear que en un futuro este tipo de propuestas dejaran de ser un solo regalo para curiosos recalcitrantes.
Fotos: © Elena del Real