El fundador de la Compañía de Jesús, Ignacio de Loyola (Loyola, 1491-Roma, 1556) pasó dos años en Barcelona estudiando gramática latina antes de ir a Alcalà d’Henares y a Salamanca para cursar Teología y emprender posteriormente el vital viaje a París donde fundó la orden religiosa de los jesuitas en el año 1534.
En la capital catalana estuvo entre los años 1524 y 1526, cuando Barcelona todavía no se había recuperado de la Guerra Civil Catalana, ni de la peste negra de los siglos anteriores y estaba inmersa en un largo periodo de falta de trigo. Ignacio de Loyola llega a la ciudad a su regreso de Jerusalén, donde quería permanecer imitando la vida de Jesús, pero no pudo quedarse por las muchas luchas y conflictos de la región.
Un cuaderno, obra de Laura Rius, Glòria Andrés y Lluís Ylla, explica qué supuso y qué le aportó la ciudad al que fuera fundador de la Compañía de Jesús
Barcelona no era una ciudad completamente desconocida para él, ya que antes de poner rumbo a Tierra Santa estuvo unas tres semanas. Un breve periodo que le permitió restablecer contacto con Agnès Pascual, a quien ya había conocido en Manresa, y que le ofreció techo durante aquella corta estancia y la que hizo dos años después.
También conoció a Isabel Roser, una mujer de clase acomodada que se comprometió a darle lo que necesitara y a pagarle los estudios de gramática latina que cursó en el Estudio General, situado en el solar que hoy ocupa la plaza del Ángel, cerca de la actual Via Laietana. Estas dos mujeres con las que mantuvo contacto a lo largo de su vida fueron dos de los primeros referentes en Barcelona de aquel joven que entonces tenía 33 años y un destino por escribir.
Agnès Pascual, que lo alojó en su casa e Isabel Roser, que le pagó los estudios, fueron dos referentes
El cuaderno Barcelona en la vida de Ignacio de Loyola (1524-1526) , publicado por la Escuela Ignaciana de Espiritualidad ( Eides) de Cristianismo y Justicia, repasa su vida en la ciudad: sus estudios, la red de amistades, la renovación espiritual que buscaba y los lugares que frecuentó.
Escrito por Laura Rius, Glòria Andrés y Lluís Ylla, la publicación destaca también el papel de otros barceloneses con quien mantuvo contacto como quien fue arcediano de la Catedral de Barcelona y más tarde obispo de la diócesis, Jaume Caçador, y que se implicó al elevar el nivel espiritual de la ciudad.

Fachada de la basílica de Santa Maria del Mar, uno de los lugares más emblemáticos de la ruta ignaciana en Barcelona
Andrea Martínez
En una misiva escrita desde Venecia en 1536, Ignacio de Loyola responde al deseo que tiene Caçador de verlo de nuevo en Barcelona con palabras que denotan el peso que tuvo la ciudad en su trayectoria: “Me parece, y no dudo, que más cargo y deuda tengo en esa población de Barcelona que en ningún otro pueblo de esta vida ”.
Según escribe Glòria Andrés estas palabras “no se limitan a expresar el agradecimiento por el apoyo material recibido, sino que también reconoce las aportaciones intelectuales y espirituales que encontró y que lo hicieron crecer”.
“Me parece, y no dudo, que más cargo y deuda tengo en esa población de Barcelona que en ningún otro pueblo de esta vida”, escribió Ignacio de Loyola en una carta al que se convertiría en obispo de la diócesis, Jaume Caçador
Aportaciones como las que recibió del maestro de gramática latina Jeroni Ardèvol, que se comprometió a darle clases gratis. Ante él y en un escenario muy importante como fue Santa Maria del Mar, el joven Ignasi, para superar las dificultades que le impedían estudiar, le hizo una promesa: se comprometía a estudiar y a no faltar nunca a clase.
Pero en Santa Maria del Mar se produjo otro hecho todavía más trascendente y que evidenciaba el talante de Ignacio de ayudar a los demás. Laura Rius explica que se sentaba en un peldaño de una de las capillas del templo y pedía limosna que después entregaba a los pobres. Desde el año 2016, una escultura en bronce de Lau Feliu lo recuerda en esta acción.
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Otros lugares que también frecuentó son la basílica de Sant Just y Pastor, donde también iba a rezar, o la capilla de Santa Eulàlia, en la cripta de la Catedral. También visitó monasterios femeninos, en un momento en que la vida religiosa monástica femenina requería de una profunda renovación, como el de Sant Maties, de las Jerónimas, ubicado en la actual plaza del Padró o el monasterio de los Àngels, situado entonces cerca del parque de la Ciutadella, donde se produjo un hecho curioso, según explica Lluís Ylla.
“Por su influencia reformadora sobre las monjas, algunos hombres que frecuentaban el monasterio decidieron escarmentar a Ignacio contratando un sicario para apalearlo; lo dejaron por muerto en el suelo y tardó dos o tres meses al reponerse”.
La publicación también quiere poner en valor el inicio de una nueva manera de hacer en la vida del joven que se empezó a gestar en Barcelona
La publicación también quiere poner en valor el inicio de una nueva manera de hacer en la vida del joven. El jesuita y experto en espiritualidad ignaciana Josep Rambla explica que su estancia en la ciudad supuso un punto de inflexión.
“Pasó de una vida de piedad, a una vida de inserción en los estudios y la cultura; de una vida de soledad (la del peregrino en Tierra Santa) a una vida en sociedad; de un ayudar a los demás espontáneamente a hacerlo con iniciativa personal y más institucional y empieza a tomar más cuerpo el carisma ignaciano de “encontrar a Dios en todas las cosas”.