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Al borde del llanto, Daniela Ballester cuenta cómo fue su ACV: «Vi de cerca la posibilidad de morirme»

“No me quiero ir de esta vida”. Ese es el crudo pensamiento que aún hace quebrar a Daniela Ballester, a sólo semanas de haber sufrido un ACV, un episodio que la obligó a frenarlo todo y enfrentarse -de golpe- con la delgada línea entre la vida y la muerte, con lo pudo haber llegado a pasar pero que por fortuna no ocurrió.

La periodista confiesa que sintió de cerca la posibilidad real de morir. Algo que jamás le había pasado por la cabeza, se le instaló con fuerza en su mente durante los días posteriores al episodio. Y fue ahí donde apareció, casi como un instinto, una certeza que la mantuvo firme: no quería irse, no quería soltar la vida que había construido.

Aún con las emociones a flor de piel, la periodista se sienta a hablar con GENTE en una íntima entrevista donde recordará qué ocurrió ese día, cuál fue el momento clave y todo lo que vino después.

Llega al estudio con una enorme sonrisa y, antes de encender las cámaras, deja en claro el espíritu con el que transita este presente: aunque lo que vivió fue estremecedor, hoy elige enfocarse en lo esencial, en disfrutar más, en vivir con otra conciencia cada instante.

A días del ACV, la periodista repasa el momento en que su cuerpo dio la señal de alarma, el miedo que sintió y el cambio de mirada que hoy guía su vida.

“Estoy aquí, pero pude no haber estado”, confiesa en un momento. Conmovida, Ballester recuerda ese instante como un punto de inflexión. No sólo por el miedo físico y el dolor que atravesó, sino por el impacto emocional que dejó. “Fue un quiebre”, se sincera. Uno que, lejos de paralizarla, la empujó a replantearse prioridades, a bajar el ritmo y a valorar mucho más todo. Hoy, ya de regreso a la televisión, por C5N, dice, todo se siente distinto: que no hay nada tan urgente y que el objetivo principal es disfrutar.

-Pasó muy poquito tiempo desde lo ocurrido, ¿cómo te sentís?

-Sí. Tuve una hemorragia subaracnoidea peréesencefálica. Es dificilísimo el nombre y dificilísimo atravesarlo también. Ahora me siento bien. Te diría que hasta mejor que antes. ¿Por qué? Porque estoy así. Porque puedo moverme, porque puedo hablar, porque puedo trabajar, porque puedo disfrutar de la vida, pero pasé un momento tremendo. Un momento muy difícil y muy doloroso en lo físico también. Muy doloroso físicamente, pero estoy bien.

-Retrocedamos a ese día: ¿Qué te hizo darte cuenta de que algo estaba mal?

-Estaba en mi casa, tuve un dolor de cabeza muy fuerte, el que nunca te hubieras imaginado. Un dolor que no te permite ni siquiera estar de pie, un dolor muy fuerte acá en la frente, en la nuca también. Sentí mucho calor, sentía que me ahogaba y un hormigueo en las manos, algo que me habían explicado muchas veces los médicos que vienen al canal. En una época se hablaba mucho del ACV, ahora no sé si es un tema que está tan presente, pero bueno, los médicos me explicaban eso, el hormigueo, el cosquilleo, un brazo que se te duerme.

-¿Y qué vino después?

-En ese momento identifiqué rápido que estaba pasando algo grave, que tenía que pedir ayuda rápido. Quise agarrar el control del aire acondicionado, que lo tenía a un metro y medio, y me di cuenta que no llegaba, no me podía mover. Por suerte tenía el teléfono en la mano, entonces pude llamar a la ambulancia, pude pedir ayuda rápido y ahí empezó todo el recorrido de los médicos, de los especialistas para atenderme y para que afortunadamente ahora pueda estar así. Pero bueno, se actuó muy pero muy rápido por suerte.

Desde el dolor físico extremo hasta el quiebre emocional, reconstruye cómo fueron las horas más críticas y por qué hoy se siente una “afortunada”.

-Por lo que contás, todo ocurrió en cuestión de segundos. ¿Te dio tiempo de pensar en algo puntual? ¿Qué pasaba por tu cabeza?

-Tenía mucho miedo. Tenía miedo, ese miedo de cuando algo te empieza a pasar en el cuerpo así tan fuerte y tan rápido. Pensaba: ¿En qué momento termina esto y de qué manera termina? Yo eso no lo sabía, no tenía ni idea y tuve mucho miedo por eso. Ese es el motivo por el que ahora la sonrisa es más grande que nunca, porque la verdad cualquier final que pudiera haber imaginado hubiera sido muchísimo peor que lo que lo que estoy viviendo ahora, que la verdad es maravilloso.

-Dijiste una frase que es fuerte: «Estoy aquí, pero pude no haber estado».

-En ese momento pensaba eso. Lo que me pasó es que no lo había pensado nunca. Vi la posibilidad de morirme de cerca. La vi de cerca. Eso fue lo que me pasó. No sólo en ese momento, sino también los primeros días cuando empecé a entender lo que me había pasado. Y hasta ahora no me había pasado nunca. Yo soy mamá, tengo un hijo de 6 años y me daba mucho miedo eso. Pensar que, bueno, no sólo un desenlace terrible, sino también quedar con alguna dificultad, cosa que por suerte no pasó.

El proceso emocional tras sufrir el ACV: «No hay nada tan urgente»

-¿Cómo fueron las horas siguientes de este episodio?

-Nunca perdí la conciencia. Rápidamente me trasladaron. Eso también fue un factor fundamental y estuve mucho tiempo en observación, con los médicos encima de mí para ver cómo era la evolución en los primeros días, y para que no hubiera otro episodio similar, que era una de las posibilidades. Por suerte no la hubo. Fueron tres días en que el dolor de cabeza fue enorme, fue muy fuerte. Después empezó a ser cada vez peor y bueno, ahí empecé a mejorar, a poder moverme mejor. Pero sí, actuar rápidamente fue fundamental.

-¿Necesitás medicación ahora o tenés algún tratamiento específico?

-No, no necesito medicación. Puedo hacer vida normal, puedo hacer deporte, puedo hacer ejercicio. No hay nada que tenga que hacer ahora porque yo estoy bien. No tomo alcohol, no tomé alcohol nunca, no fumo. Tuve y tengo una vida sana, voy al gimnasio, hago actividad física. Vida normal, sin medicación y bueno, tomarme la vida un poco más relajada. Algo que deberíamos hacer todos, ¿no? Me parece que estar un poco más relajados, disfrutar más de la vida, porque, como digo siempre, no somos conscientes de que todo se puede terminar en los próximos 5 minutos. Eso ahora lo tengo más presente que nunca y en cierto punto está bueno ver las cosas de esa manera, porque todo se disfruta un poco más. Eso está buenísimo.

La periodista cuenta cómo atravesó los días de internación, el impacto emocional del episodio y las prioridades que decidió cambiar.

-Más allá de lo científico clínico, ¿cómo fue el proceso emocional?

-Desde lo emocional es un quiebre enorme. Es un quiebre. Es un antes y un después, sin duda. A veces me preguntan, si me pregunto «¿por qué a mí?», «¿por qué me pasó esto?», «¿qué me enseñó esto?»… Y en realidad no me pregunto eso, porque sé que a la gente le pasan estas cosas, cosas terribles, enfermedades muy complejas. Me siento una afortunada: tengo un trabajo que adoro, tengo un hijo que es maravilloso, tengo una familia maravillosa que estuvo ahí, amigos, colegas de trabajo, recibí muchísimo apoyo. Pero, sí me pregunto por qué a mí, pero tratando de descubrir qué es lo que tiene que cambiar a partir de ahora en mi vida.

-¿Y lograste descifrar eso?

-Una de las cosas creo que es esto de vivir más tranquila, de vivir más lento. Siempre fui muy ansiosa y hasta lo llevaba bien. Me parecía que estaba bueno. Ahora me doy cuenta que todos vivimos acelerados. Lo veo en la calle, todos vivimos con el celular todo el tiempo. Todos vivimos tratando de ganarle 5 minutos a la vida y todo puede esperar, absolutamente todo.

-No hay nada tan urgente, ¿no?

-Nada, nada. La verdad es que no, ni nada tan grave. Podemos salir 5 minutos antes y de pronto no tener las uñas perfectas, o no estar peinado perfecto, olvidarnos algo en casa, un libro o lo que sea, no pasa nada, todo puede esperar.

Tras convertirse en noticia, la conductora reflexiona sobre la exposición, el cariño recibido y la importancia de lo verdaderamente esencial.

De la contención de su familia al emocionante encuentro con su hijo

“Te amo”. Ese fue el mensaje que recibió Daniela Ballester en uno de los momentos más difíciles de su vida, cuando su hijo, Felipe, de apenas seis años, llegó a verla con un osito, flores y un cartel hecho a mano. Esa escena, tan simple como poderosa, se convirtió en un ancla emocional en medio de días atravesados por el miedo, la incertidumbre y una cercanía inédita con la idea de la muerte.

En ese quiebre, físico y emocional, aparece el costado más humano de una figura que suele mostrarse firme al aire. Porque detrás de la conductora, hay una madre, y fue ese vínculo el que atravesó todo. El pensamiento que la desarmó no tuvo que ver con su carrera ni con la exposición pública, sino con algo mucho más profundo: la idea de dejar solo a su hijo. “Pensar en eso es desgarrador”, confiesa, al recordar el miedo que sintió en la clínica.

-¿Quiénes fueron tu contención esos días?

-Mi familia, mis hermanos, mi prima, mis amigos. Esto también me hizo ver que lo más importante, lo más necesario, son esas cinco o diez personas que se cuentan con una mano, en tiempos de redes sociales donde tenés millones de amigos. Es cierto que esos millones me saludaron y me acompañaron y me hicieron saber que estaban presentes, pero hay un momento que cuando todo apremia, los que están cerca son mamá, papá, los hermanos, y algunos pocos más, porque la vida real no son las redes sociales.

De la exigencia cotidiana al aprendizaje de frenar: la conductora comparte qué cosas decidió modificar tras el episodio.

-Claro, porque el que acompaña, generalmente también lo sufre.

-Sí… Mi hermano viajó inmediatamente con mi sobrino desde Mar del Plata, porque somos de allá. Mi hermana se internó ahí en la clínica y mi prima también. Entiendo que también para los que acompañan estos procesos hay un quiebre. Ver que tenés a un familiar cercano en una situación tan límite y que además, nunca lo esperamos, es difícil. Así que ahora también pienso de qué manera estar más atenta a ellos, a los que me rodean. Estar cerca, estar presente.

-Tu nene es muy chiquito todavía. ¿Cómo fue ese encuentro con él después del episodio?

-Yo todo decido explicárselo con mucha naturalidad, siempre lo hice así. No le di demasiados detalles. Creo que le dije: «A mamá le duele la panza, voy a estar unos días en este lugar». Él vino con un osito, con un ramo de flores y con un cartelito que decía «Te amo». Por suerte ese día que me fue a ver, yo me sentía bien y se acostó en la camita, miramos dibujitos. No se me hubiera ocurrido no verlo, no mostrarle esa situación. Hay gente que pone distancia a esas cosas, yo no. Él es parte esencial de mi vida y lo que sea que nos pase, nos pasa juntos y por suerte yo entiendo que él lo lleva de la mejor manera.

-¿Cómo fue estar separada de él por unos días?

-Le mostré todo con una sonrisa… y le dije: «En unos días volvemos. Yo vuelvo a casa». Él estaba empezando la escuela, así que estaba con los planes y la mochilita preparada. Le había dejado todo preparado, como toda mamá, que hacemos todo. Ya volvimos a casa y estamos felices. No me hizo ninguna pregunta compleja, no se lo expliqué en detalle porque todavía es muy chiquito para ciertas cosas médicas, y para entender la gravedad también. Pero lo importante es que estamos juntos y que ya pasó.

-Hablaste del miedo que sentiste cuando pensabas en la simple idea de llegar a faltarle a tu hijo, ¿qué se te venía a la mente?

-Hubo unos días en la clínica que la verdad la pasé bastante mal, sobre todo cuando pensaba en él… porque la idea de dejar a un hijo solo es desgarradora. Me daba miedo pensar en no estar para él. Me pasó algo que no me había pasado nunca y que era la sensación de: «No me quiero ir de esta vida, no quiero estar acá» (se quiebra). Eso lo sentí muy fuerte y es una sensación muy difícil. Es las ganas de quedarme aferrada a lo que tengo hoy, a la vida que tengo, tan linda. La verdad que soy una afortunada, soy una privilegiada y en un momento pensé que todo eso estaba en riesgo y me dio terror. Por eso ahora estoy tan feliz.

“Fue un quiebre”, definió sobre la experiencia que la llevó a replantearse el ritmo de vida, el estrés y el valor del presente.

– Vos mostrás poco a tu hijo, ¿cómo es tu rol de mamá que no vemos en la diaria?

-Ser mamá es una lucha diaria. Soy una mamá que intenta ser mejor todos los días. ¡Te juro! Intento ser mejor, intento cocinarle más sano, cocinarle mejor, porque no me resulta cocinar mucho (risas). Yo cuento noticias, hago entrevistas, pero trato de cocinarle mejor, trato de jugar con él. Además, tuve una lucha muy larga para ser mamá durante muchos años. Entonces, tampoco es que lo tuve a los 20. Hago el ejercicio de compartir las cosas que le gustan, de tirarme al piso con él, de llevarlo a andar en bicicleta, todas esas cosas, porque lo que quiero es ser mejor mamá, porque a mí me hace bien también. Es de lo que más disfruto.

Pasar al otro lado de la noticia

Acostumbrada a narrar la urgencia ajena desde la pantalla de C5N, esta vez fue ella quien se convirtió en noticia. De golpe, la periodista que durante dos décadas contó historias pasó a protagonizar la más íntima y aterradora: la de su propio cuerpo fallando, la de un dolor insoportable, la de un miedo que no da margen a la especulación.

Hoy, ya recuperándose y de vuelta en su rutina, su relato no busca explicar lo clínico sino poner en palabras lo esencial: el valor de estar, de seguir, de volver. De pasar de la inmediatez de las noticias a una pausa obligada que resignifica todo. Porque si algo cambió después de ese episodio es su mirada: la de una mujer que, por primera vez, dejó de contar la vida de otros para contar , y abrazar, la propia.

-Como decías, normalmente sos vos la que cuenta noticias, ¿qué sentiste al ver que esta vez eras una?

-Fue rarísimo, porque fue el día en que yo me convertí en noticia. Estuvo bueno porque sentí mucho acompañamiento. Me escribió todo el mundo. Me llegaron mensajes de un montón de gente que se puso a disposición, que estaba ahí para mí, compañeros de trabajo con los que había trabajado hace más de 20 años. Pero bueno, me impactaba mucho la gravedad también de la noticia, no era noticia por un romance o alguna otra cosa. Además, no estoy acostumbrada a ser yo la noticia.

Ballester, habla de su hijo como motor, del miedo a faltarle y de cómo ese sentimiento marcó un antes y un después en su forma de vivir.

-Claro. Fue por un tema delicado y muy personal.

-Totalmente. Las veces que tuve contacto con los medios, yo cuento las noticias, soy transmisora, no soy yo la noticia. Sin embargo, esta vez sí me pareció algo tan real lo que me pasó, que tiene que ver conmigo, que puede que muchos se sientan identificados: las mujeres de mi edad, a partir de los 40. La presión que sentimos a través de las redes sociales por el cuerpo, por estar sanas, por cumplir con todo, por ser buenas mamás. Bueno, todo esto que hablamos a veces hace que uno vaya cargando. Y la verdad que más que cargar, la vida es para disfrutar.

-Mucha gente se pronunció en tus redes sociales, acompañándote en este momento. ¿Cómo recibís ese cariño de la gente?

-Sabés que me resulta muy natural ahora hablar de esto. Esta vez tiene que ver conmigo, con lo que me pasó. Y es tan simple y tan fácil contarlo y compartirlo con toda esa gente. Me crucé a mucha gente en la calle, muchos me mandaron mensajes en las redes, gente que no conozco y que me manifestaba su apoyo y me mandaba el abrazo de alguna manera. Lo que yo necesitaba justamente en ese momento y los siguientes 15 días, era que me abracen, y eso me llegó. Los abrazos de la gente me llegaron todos y ojalá pudiera agradecerles a todos porque la verdad fue un montón.

-¿Qué cosas cotidianas que antes pasaban desapercibidas ahora les das mayor importancia?

-A mí me llama la atención que esto me haya pasado a mí, porque yo no soy una persona que no está en contacto con su interior, con disfrutar. Cuando voy a buscar a mi hijo al cole, pasamos por una plaza, nos tomamos los minutos para sentarnos ahí. Cuando voy en el auto pongo música, disfruto hasta de ese recorrido. Me sorprende que esto me haya pasado a mí, porque no soy una persona naturalmente estresada. Pero el mensaje que me queda es que tiene que ser todavía un poquito más, que la vida es para ser disfrutada.

Al borde del llanto, revela el pensamiento que nunca había tenido: el deseo profundo de aferrarse a la vida frente a la posibilidad de morir.

-Me decías de igual forma que tuviste un año medio complejo desde lo emocional.

-Cierto. Tuve un año muy difícil, por temas de salud de mi papá, del padre de mi hijo también. Y esto es muy de la mujer madre, la mujer que trabaja. Iba cargando esto de: «Yo puedo, voy, llevo, traigo, viajo, asisto, trato de estar presente». Y también algo que aprendí es que si no nos cuidamos a nosotros primero, difícilmente podamos asistir a los demás. Tuve un año en el que sí me cargué con muchas cosas probablemente y hay que parar un poco. Hay que parar un poco, tomarse el tiempo para disfrutar.

-¿Te costó mostrarte vulnerable?

-La verdad no, porque es éste estado en el que estoy, porque me resulta natural. Soy más vulnerable, pero tengo más fortaleza. Esa es mi sensación. Crecí y me acostumbré a crecer en una televisión que era de hombres, donde no había demasiado espacio para las mujeres; las mujeres hablábamos del clima, el tránsito, acompañábamos a los hombres. Bueno, después vino el feminismo, pero yo te hablo de muchos años antes. Me acostumbré a eso, a la fortaleza, a ir con los codos peleando el lugar y abriéndome camino. Hoy esto que me pasó no me cambia eso, sino por el contrario, entiendo que me hace mucho más fuerte.

-¿Lograste quitarte de la cabeza la imagen del día que pasó todo?

-No es algo en lo que pienso. No pienso en el dolor físico, en eso de ese dolor intolerable que duró varios días. Cuando pienso en eso, pienso en: «Ay, pobre yo, qué tremendo lo que me pasó». A veces nos castigamos mucho también… nos castigamos con el cuerpo, con estar mejor, con comer más sano, con llegar a hacer todo. Y cuando pienso en mí, en esa situación, digo: «Che, en vez de castigarme o exigirme, qué diferente sería si todos nos abrazáramos un poco más, ¿no? Y nos entendiéramos como somos». Hacemos lo mejor que podemos todos los días. De eso se trata.

Ahora, Daniela confiesa que se siente mucho más fuerte, más humana y dispuesta a disfrutar más de la vida, con su gente.

-Estuviste un mes fuera del trabajo, recuperándote, respirando… ¿en qué cosas reflexionabas?

-Siempre pienso que no nos hacen falta muchas cosas para ser felices. Te mencionaba el trabajo, mi hijo, mi familia. Siempre tuve la sensación de «qué suerte que tengo. No me puedo quejar». Me quejo igual, porque todos nos quejamos. Y de hecho uno de los ejercicios a futuro es enojarme menos, porque me sigo enojando igual. No hay fórmula mágica, no es que salí del hospital y la vida es color de rosa, no, pero sí es algo que quiero trabajar. ¿Por qué perder tiempo enojándonos? ¿Por qué perder tiempo en quejarnos en el trabajo de lo que nos pasa? Entiendo que a la gente le pasan cosas… el no llegar a fin de mes, quedarse sin trabajo, todo eso. Pero yo soy una afortunada y así lo quiero transmitir.

-¿Cómo ves tu vida de acá en adelante?

-Trabajando. No sé si igual, me tomo ahora mis tiempos para ver, sobre todo este año porque está empezando, pero a mí me gusta trabajar. Disfruto mucho de mi trabajo. Incluso he estado muy triste en un montón de situaciones y llega el momento de salir al aire y me olvido de todo, son una hora y media, o dos horas, que no pienso en nada más, y eso está bueno. El trabajo en ese sentido para mí ha sido de mucha ayuda. Ahora se viene disfrutar de la vida, disfrutar de esta nueva oportunidad que tengo. Tratar de que todos los entornos en los que uno se encuentre eso se vaya contagiando. Y disfrutar de mi hijo, de la vida que es maravillosa. Para eso nos mandaron a todos acá y es lo que tendríamos que hacer.

Fotos: Diego García
Estilismo y pelo: Ernie BA
Maquillaje: Nahuel
Looks: Rafael Garófalo
Accesorios: Miguelinas Accesorios

Redacción

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