Fachada de la Casa de América de Madrid / Foto: Europa Press
De forma recurrente, de un modo cada vez más frecuente y virulento, surge la pregunta: ¿Y Ud. por qué usa la expresión francesa, tan poco nuestra (por española) de América Latina y no Iberoamérica? ¿Y más si en América nadie habla latín? Incluso, hay quien se lamenta de que se haya abandonado la idea autóctona de las Indias para adoptar en su lugar la de América.
La creciente intransigencia en torno a estas cuestiones emana de las batallas o guerras culturales que algunos quieren librar para imponer la verdad histórica, es decir, su verdad o la única verdad. En realidad, fuera de España, este debate nominalista apenas se da y, por lo general, suena absurdo y trasnochado.
Respondiendo a la cuestión inicial, varios argumentos avalan la utilización de América Latina y no Iberoamérica y, menos, Hispanoamérica. En España, esta última empezó a caer en desuso al final del franquismo y comienzos de la transición, cuando, por ejemplo, el Instituto de Cultura Hispánica fue reemplazado por el Instituto de Cooperación Iberoamericana. Entonces Iberoamérica emergía como un concepto más neutral, menos eurocéntrico o imperial, que permitía escapar con cierta dosis de elegancia de todo aquello que tuviera repercusiones galas (o latinoamericanas).
El primer argumento de peso, ya utilizado a comienzo de la década de 1990 por Nicolás Sánchez Albornoz en una de sus obras, es que los latinoamericanos se llaman a sí mismos latinoamericanos y a la región que habitan América Latina, y no de otro modo. Por tanto, ¿qué derechos tenemos los no latinoamericanos de cambiarles el nombre o de impedir que usen el que les da la gana?
Se podría argumentar que muchos latinoamericanos hablan de Iberoamérica, pero esto suele ocurrir por deferencia, bien si están en España o si hablan con españoles. Un repaso por los medios de comunicación transatlánticos nos lleva a concluir que lo más normal es que hablen de América Latina.
Segundo, fuera de España prácticamente ningún gobierno o país, y menos sus opiniones públicas, utilizan Iberoamérica como sinónimo o alternativa de América Latina. Lo mismo ocurre en todos los organismos internacionales o multilaterales, comenzando por los propios latinoamericanos. No solo eso, la mayor parte de las empresas españolas presentes en la región, donde desarrollan buena parte de su negocio hablan de América Latina o de Latam, una señal de claro reconocimiento del peso de la realidad y del deseo de no querer fracasar en sus proyectos.
Tercero, pese a las leyendas urbanas, como probó Mónica Quijada, la expresión fue inicialmente acuñada por intelectuales colombianos y mexicanos, y no por franceses, aunque posteriormente estos hayan querido apropiársela para justificar su aventura colonial y americana. Pese a su fracaso y al fusilamiento de su mayor símbolo, el emperador Maximiliano, el término se continuó utilizando, y no por la capacidad de penetración francesa en una región poco propicia, sino por la gran receptividad que tuvo. En buena medida, esto respondía al deseo, posterior a las independencias, de seguir marcando distancia con España y lo español. Fue durante el proceso emancipador cuando los españoles americanos eligieron ser solo americanos y dejar de ser españoles.
Por eso, en el hipotético caso de que efectivamente América Latina sea una creación francesa, ¿qué más da, si ésta se ha impuesto en la forma en que lo ha hecho en todo el continente americano e incluso en el resto del mundo? La oposición sistemática al uso de América Latina termina convirtiéndose en un acto de onanismo y de falsa defensa de un honor hispano que nadie o, eventualmente, muy pocos, quieren mancillar.
Si España quiere aumentar su presencia e influencia en América Latina debe mostrarse más receptiva ante una realidad en cierto modo ajena. También mucho más empática con sus habitantes. Para quienes insisten en una cierta pérdida de peso e influencia allende los mares, estas muestras de arrogancia son sumamente importantes. Es algo similar al empeño que ponen muchos en seguir escribiendo MéJico, cuando los mexicanos dicen MéXico, con X. La idea del perdón puede ser discutible, y más si se lo demanda de malas maneras, pero es innegable, por múltiples razones, que España y los españoles debemos llevarnos bien con México y los mexicanos.
Finalmente, el uso de Iberoamérica como sinónimo de América Latina se presta a confusiones, al introducir un concepto polisémico. ¿Cuándo se utiliza Iberoamérica en reemplazo de América Latina y cuándo para expresar la suma de América Latina más España y Portugal (y eventualmente Andorra)? Esta es la idea que prima en la Comunidad Iberoamericana y en las Cumbres Iberoamericanas y es la que debería ser mantenida.
Para alguien como yo, que cree que las identidades son acumulativas y no excluyentes, que es necesario huir de los supremacismos de cualquier tipo (sean estos expresados por Trump, Putin o cualquiera), el respeto al otro, al diferente, es esencial. Desde mi perspectiva argentina, latinoamericana y española, es decir, profundamente iberoamericana en su sentido más amplio, estamos ante un debate inane, que solo busca agitar las aguas de ciertos nacionalismos trasnochados. Por tanto, cada vez que me preguntan, mi respuesta es clara y siempre la misma: América Latina.
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