El segundo gobierno de Donald Trump ha convertido América Latina y el Caribe en un «laboratorio de control» de la política internacional MAGA (Make America Great Again). Se trata de una fórmula singular ya que la región es su zona de influencia histórica, donde Washington busca poner a prueba su capacidad de mando, subordinación y extorsión a partir de agendas específicas como migración, seguridad, control fronterizo, defensa, comercio e inversión, suprimiendo temáticas vinculadas a medio ambiente, transición energética, cooperación internacional y tecnología. Es importante tener en cuenta la particularidad de América Latina y el Caribe como una amalgama de 33 países que geopolíticamente constituye la zona de proyección inmediata de Estados Unidos. En otras regiones, otros territorios son en lo individual blancos del unilateralismo agresivo del gobierno de Trump (Groelandia, Ucrania y Gaza), pero no corresponden al mismo bloque identitario en términos históricos, culturales y de inserción internacional. Las amenazas, aunque sean bilaterales, no pueden dejar de percibirse colectiva y regionalmente.
La amenaza y la aplicación de sanciones económicas prevalecen en las comunicaciones públicas y privadas a través de distintos medios, ya sean mensajes en redes sociales, declaraciones públicas o contactos directos establecidos por funcionarios y colaboradores del nuevo gobierno. Al mismo tiempo que se endurecen las medidas coercitivas, se empobrece y minimiza el espacio de diálogo de las agendas bilaterales.
La idea de América Latina y el Caribe como un laboratorio regional donde se pone a prueba la proyección del poder estadounidense no es nueva, pero sí el uso intensivo y desmedido de la coerción en un contexto de disrupción de la política internacional. Es una forma de dominación, más que de construcción de hegemonía. Por lo tanto, la noción de laboratorio de control parte del supuesto de la existencia de un colectivo vulnerable y expuesto regionalmente frente a las acciones disparadas desde el 20 de enero con la asunción del segundo gobierno de Trump.
El mundo MAGA hacia adentro
El movimiento MAGA está sostenido por una coalición de fuerzas retroalimentada por el liderazgo de Trump. Combina componentes ideológicos y propositivos y una gama de expectativas de sus bases políticas, económicas y sociales. Representa una resignificación de la consigna conservadora de Ronald Reagan de la década de 1980 y un fuerte mensaje de reacción a lo que se identifica como una declinación del poder estadounidense. La idea fuerza de Trump de que «Estados Unidos está de vuelta» plantea la recuperación de la primacía mundial y de los atributos internos e identitarios del proyecto estadounidense. Esta misión, lanzada en 2016 y retomada en 2024, está impregnada de un sentido nacionalista, hiperreligioso, neopatriota, militarista y nativista que encarna la autoimagen del «excepcionalismo» estadounidense y cuyo corolario natural es anteponer los intereses estadounidenses a los de los demás. La visión del mundo MAGA representa una fuerte reacción antiliberal, antiprogresista y antiglobalista basada en la exacerbación de valores conservadores y reaccionarios que estimulan el supremacismo, la xenofobia y el nacionalismo proteccionista.
En el plano doméstico, el movimiento coaliga a republicanos extremistas, a neoconservadores y a una nueva derecha que combina polos sociales tan extremos como los multibillonarios y tecnoempresarios y los trabajadores blancos empobrecidos del medio urbano y rural. Este movimiento está potenciado por el control político republicano de los tres poderes que integran el sistema de gobierno nacional y los 27 gobiernos estaduales. Sus principales factores de sostén son de origen interno y proyectan un proceso de reestructuración del funcionamiento de la máquina administrativa federal y un nuevo concepto del poder presidencial, de la relación entre los ámbitos públicos y privados, y de los valores morales y humanos que orientan la vida cotidiana de la sociedad estadounidense.
El mundo MAGA hacia afuera
Desde la perspectiva internacional, los Estados Unidos de Trump se proponen reafirmarse en el campo de la geopolítica planetaria, en las dinámicas competitivas que dominan el curso de la economía mundial y en las definiciones de los valores y encuadres ideológicos que deben prevalecer en los sistemas políticos del mundo occidental. El segundo gobierno de Trump se mueve por impulsos sucesivos en nombre de la recuperación de la primacía estadounidense en una lógica de suma cero, sin que hasta ahora se pueda identificar una gran estrategia.
Este proyecto implica una reconfiguración de los múltiples relacionamientos externos que hace uso de los instrumentos materiales de poder, sobre todo de amenazas económicas, para alinear, disciplinar o intimidar a las contrapartes. Estados Unidos busca de manera firme modificar el orden mundial que el mismo país construyó en 1945 y que sostuvo y amplió por décadas. Trump expresa un profundo desdén por la idea liberal de Occidente, de su arquitectura internacional y de un mundo basado en reglas, y es precisamente el mundo occidental de sus aliados y socios donde inicialmente ha decidido poner a prueba sus atributos de poder y sus aspiraciones de control. La lógica trumpista considera que, al debilitar el orden liberal en sus expresiones doméstica e internacional, mejoran sus condiciones de enfrentamiento con sus rivales estratégicos, con China en la cabeza. Desde la perspectiva MAGA, el orden liberal constituye la fuente del declive estadounidense, que se debe revertir.
Entre las primeras acciones de fuerte impacto, se destaca la determinación de acabar con los conflictos internacionales, en Ucrania a través de negociaciones o imposiciones transaccionales ad hoc, y en Oriente Medio por medio de la fuerza militar y de alianzas estratégicas, haciendo prevalecer los intereses propios por encima de otros. Trump, sus leales colaboradores directos y su amplia base republicana en el Congreso cuestionan el peso de los temas de la agenda global, descartando compromisos previos, ya sean bilaterales o multilaterales, que consideran inservibles o gravosos para los intereses estadounidenses. Así, por medio de una orden ejecutiva (4/2/2025), el presidente determinó que, en un plazo de 180 días, se hiciera una revisión exhaustiva de todos los acuerdos y organizaciones multilaterales en los que participa Estados Unidos para evaluar la hipótesis de su retirada. El abandono unilateral del Acuerdo de París, de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y del Consejo de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y las críticas a la Corte Penal Internacional (CPI) fueron los pasos iniciales. La idea de promover una reconfiguración de facto de la ONU ha significado el recorte o la suspensión temporal de las contribuciones estadounidenses a la mayoría de sus agencias y programas.
La política exterior de Trump, que forma parte del proyecto MAGA, plantea un tipo de superioridad o primacía regresiva en la que se combinan la Realpolitik, a través del despliegue de una política de poder duro acompañada del uso preferente de la amenaza y la coerción; la noción de que el sistema mundial está fragmentado entre los que tienen y los que no (una especie de versión actualizada del concepto de división internacional del trabajo); y la exacerbación de discursos y prescripciones ideológicas de la derecha radical. Los conocidos instrumentos de poder blando, sean materiales o normativos, son reemplazados por un enaltecimiento de lo propio que reafirma un sentido de superioridad y excepcionalismo.
Lo más importante para la política internacional del mundo MAGA es la valoración de los atributos duros del poder de Estados Unidos, lo que coloca en una misma canasta: la capacidad militar y del dinero, justificando la abierta utilización de métodos transaccionales y la defensa de la paz por imposición; una impronta conflictiva en el manejo de la agenda de comercio exterior, normalmente acompañada por un menú de medidas proteccionistas; la estrecha asociación con la seguridad interna del país, para la cual es esencial demostrar la capacidad de agresión contra amenazas internas que legitiman la criminalización de la migración; el expansionismo imperial, que inaugura agendas de conquista territorial; el nacionalismo enaltecido, que se refuerza con el nativismo ultramontano y el fundamentalismo religioso en cruzadas normativas contra la diversidad, la equidad y la inclusión.
El mundo MAGA encara una coyuntura crítica en la cual convergen dos procesos simultáneos de cambio internacional: el interregno y la transición de poder del Atlántico al Indo-Pacífico. Mientras en el primer caso lo que prevalece es la identificación de una crisis orgánica que afecta esencialmente el orden liberal, en el segundo el foco está puesto en los desequilibrios estructurales y las turbulencias que derivan de la competencia entre Washington y Beijing.
¿Dónde se ubica América Latina y el Caribe en el mundo MAGA?
Durante su primer gobierno, Trump fue el mandatario estadounidense que actuó con mayor desdén y maltrato hacia la región en varias décadas, y el único en no asistir a una Cumbre de las Américas. Para América Latina y el Caribe, el mundo MAGA que propone Trump en su segundo mandato significa la continuación de esta actitud con una impronta aún más agresiva, basada en la radicalización y ampliación de la agenda 2016-2020 con vistas a tener mejores resultados en la región. En aquella ocasión, se frustraron sus intentos de intervención para lograr un cambio de régimen en Venezuela y sus políticas migratorias encontraron frenos en cortes y burocracias estadounidenses. Se trata de un bosquejo para la acción nutrido por la determinación de completar tareas inconclusas, una fuerte crítica a lo que se considera un revés del gobierno demócrata de Joe Biden en la región y una profundización de la competencia con China.
En esta tensión geopolítica, América Latina y el Caribe ha adquirido una importancia indiscutible por el rápido y sostenido avance comercial, financiero, tecnológico y de infraestructura de China en la región. En 2024, las transacciones comerciales entre ambas partes alcanzaron los 518.465 millones de dólares, con la expectativa de que podrán llegar a 700.000 millones en 2035. Los 147 proyectos de procedencia china en la región andina desarrollados entre 2000 y 2023, valorados en 46.000 millones, se distribuyen por Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela. Hoy suman 21 países latinoamericanos y caribeños (sobre 33) los que se han adherido formalmente a la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI, por sus siglas en inglés) y otros más, como Colombia y Brasil, tienen acuerdos parciales con este mecanismo. Para este último país, China es el principal socio comercial –el destino de 29,8% de sus exportaciones–, lo que ha ganado un nuevo impulso con la firma de 34 acuerdos bilaterales en 2024. El planteamiento trumpista sobre cómo competir con China, en una región donde Estados Unidos se encuentra en una posición perdedora ante el enorme flujo de inversiones y oportunidades comerciales que ofrece su rival, es de un simplismo arrogante, basado más en la amenaza de daño que en incentivos positivos. Irónicamente, la guerra comercial desatada por Trump estimula la demanda de China de productos agroalimentarios de la región. Además, desde el terreno de la agenda mundial, las orientaciones defendidas por Beijing en favor del multilateralismo, la paz, la no intervención, la cooperación al desarrollo y la lucha contra el cambio climático sintonizan con banderas relevantes de las políticas exteriores latinoamericanas y caribeñas. En declaraciones recientes, el canciller chino Wang Yi condenó la política de poder del más fuerte, ratificó el compromiso de su país con el multilateralismo y la cooperación internacional, y criticó la política de subordinación de América Latina y el Caribe por parte de Estados Unidos. Por su parte, Estados Unidos, dando la espalda al multilateralismo, ha tratado de incentivar un realineamiento de la región al giro radical en sus preferencias de política exterior. Un ejemplo reciente fueron las votaciones en la ONU sobre Ucrania a tres años del inicio de la invasión rusa. En un nuevo escenario, los patrones de votación de los países latinoamericanos y caribeños en la Asamblea General sobre Ucrania han tendido a dispersarse, como quedó en evidencia en la aprobación de la resolución «Promoción de una paz general, justa y duradera en Ucrania» (A/ES-11/L10), promovida por Ucrania y Europa, que fue respaldada por 16 países de la región y rechazada por dos (Haití y Nicaragua), mientras que el grupo de los 11 países que se abstuvieron, en convergencia con Estados Unidos, es tan heterogéneo en términos ideológicos y geopolíticos que no puede hablarse de motivaciones similaresAlbert Ramdin y el retiro de la candidatura del postulante paraguayo evitó que se visibilizaran las diferencias internas y resultó aceptable para Trump. Se combinó un atisbo de colaboración minilateral con el desdén hacia la OEA por parte de Estados Unidos.
Los operadores de áreas vinculadas con América Latina y el Caribe han sido seleccionados en función de lealtades, apoyos financieros y origen territorial. Ejemplo de ello son las designaciones de halcones como Marco Rubio, Mauricio Claver-Carone, Chistopher Landau, Richard Grenell y Peter Navarro, todos ellos con intereses y redes propias en países de la región, en particular del Caribe (Cuba y República Dominicana), Centroamérica (Guatemala, El Salvador y Panamá) y el norte de América del Sur (Colombia y Venezuela). Es evidente el peso de Florida en la toma de decisiones respecto a la región. El método de Trump de identificar un abanico de colaboradores asignando tareas a los distintos miembros de su «seleccionado» ayuda a mantener una distancia táctica del presidente hacia la región y un margen de incertidumbre sobre cuáles son los objetivos y hasta dónde llevar las amenazas.
El laboratorio de control: conceptos e instrumentos del nuevo ejercicio de dominación
En su libro Empire’s Workshop [El taller del imperio], Greg Grandin señala que desde finales del siglo XIX y en distintos momentos del siglo XX América Latina ha sido un «taller» para la proyección de poder de Estados Unidos, que le sirve para la extensión de su poder en el plano extrarregional. La idea de «taller» implica un espacio para un aprendizaje del cual se sacan lecciones que, a su vez, contribuyen a que futuros modos de acción, intervención y aseguramiento de influencia y poder se implementen de manera más eficiente. Si adaptamos esta idea al contexto actual, en lugar de lecciones que puedan replicarse en otras regiones, lo que busca Trump es asegurar una acumulación de poder tal en América Latina y el Caribe que haga incuestionable la primacía que promueve. Nuestra idea es introducir el concepto de «laboratorio de control». Un laboratorio es, según el Diccionario de la Real Academia Española, «un lugar» donde realizar, entre otras tareas, experimentación. Aquí aparece de nuevo la idea de intentar algo y observar el resultado. Pero en un laboratorio se puede experimentar con cuestiones de distinto tipo. La idea de «control», según una de las acepciones del mismo diccionario, remite al «dominio», a la «preponderancia». Es decir, no se ciñe a una eventual disposición a favor de incentivos positivos o «zanahorias» para cooptación, sino que puede implicar –incluso, puede basarse en– un conjunto de amenazas, sanciones y puniciones o «garrotes» para completar el dúo metafórico antes reseñado. Esta fórmula adoptada en el ejercicio del poder se basa en la activación deliberada de emociones defensivas, sobre todo miedo y humillación, para asegurar la dominación y la sumisión.
Hasta el momento, el laboratorio de control se ha aplicado al tradicional Mare Nostrum de Estados Unidos: los países de la Cuenca del Caribe. Esto, a su turno, se entrelaza con la admiración de Trump por el presidente William McKinley, padre del expansionismo estadounidense y ferviente proteccionista que recurrió a aranceles externos. McKinley logró conquistar los territorios de Guam, Puerto Rico y Filipinas después de la derrota de España en la guerra hispano-estadounidense en 1898, al tiempo que anexó Hawái y mantuvo el control comercial estadounidense en Cuba. Esto se entrelaza con el actual impulso neoimperial de Trump, que ha revisitado, en sus propios términos, las ideas centrales de la Doctrina Monroe y su corolario Roosevelt, que fue la principal consigna para identificar América Latina y el Caribe como un área de influencia exclusiva de Estados Unidos en los siglos XIX y XX. A diferencia de los periodos históricos anteriores, la actual impronta de la Casa Blanca adquiere un sentido instrumental para lidiar con una pérdida de proyección política y presencia económica en América Latina y el Caribe, en particular, frente a China.
El sentido imperial de la ambición estadounidense se sostiene en una lógica revisionista, producto de una profunda insatisfacción con el statu quo geopolítico, geoeconómico y normativo. Sabemos que los términos «imperio» e «imperialismo» son polisémicos. Es posible hablar de un impulso neoimperial en los términos de Hans Morgenthau, quien define el imperialismo como «una política orientada a la ruptura del statu quo y a la modificación de las relaciones de poder entre una o varias naciones»T.C. Schelling: La estrategia del conflicto, Tecnos, Madrid, 1964.
«>3. Si aplicamos este modelo a la realidad regional actual, cuando Estados Unidos amenaza a un país latinoamericano o caribeño, hay que tomar en cuenta que pone en juego su credibilidad. Al mismo tiempo, el país amenazado conoce las consecuencias dañinas que podría tener la concreción de la amenaza, y eso tiene una eficacia intimidante. El amenazado, entonces, para salvar la cara y reducir los daños previsibles, hace concesiones. En el caso particular de Trump, se suman cuatro condiciones importantes: (a) el desprecio por las reglas (rules) y la valorización de los acuerdos (deals), con lo cual los componentes legales y sustentos jurídicos de sus amenazas no son considerados relevantes y hay poco interés por generar acuerdos vinculantes; (b) la legitimación de un tipo de «transaccionalismo» que siempre deja una puerta abierta a la revisión unilateral y constante de los acuerdos; (c) la imposición de una conducta «imprevisible» que dificulta la elaboración de estrategias integrales de respuesta; y (d) la utilización de amenazas desproporcionadas, retóricas exacerbadas, información falsa y retaliación creciente si no se cumplen las demandas. En lo hecho hasta ahora en la región, se pueden observar las fases iniciales de aplicación del modelo de negociación tácita con varios países latinoamericanos y caribeños; estos procesos están en curso. Naturalmente, las relaciones bilaterales entre Estados Unidos y los diferentes países de América Latina están influenciadas por el tipo de reacción de cada país y la articulación entre margen de autonomía, intereses y sintonías ideológicas que actúan internamente para reforzar o cuestionar los controles proyectados desde el Norte.
El garrote comercial
El tercer componente del laboratorio de control es el recurso a la coerción económica y se afinca en un mercantilismo hiperprivatista que busca imponer a los países de la región una lógica de guerra comercial, asociada a la promoción agresiva de los intereses y las inversiones de grandes grupos financieros, económicos y tecnológicos estadounidenses. La búsqueda de primacía económica a través de un agresivo proteccionismo comercial y de la ruptura con un acuerdo previo ya consolidado como el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) pone el foco en la competencia con China, pero también con Europa y con economías emergentes. Lo que prevalece es la ambición de alcanzar una primacía económica soberanista y combativa frente a otros competidores, lo que implica, incluso, el abandono de los socios y aliados previos. Desde la mirada del laboratorio de control, son diferentes los impactos, en alcance y magnitud, del proteccionismo coercitivo del proyecto MAGA en América Latina y el Caribe y su guerra comercial indiscriminada. En los países que mantienen agendas con estructuras tarifarias negociadas bilateralmente, como Brasil, la imposición unilateral de aranceles afecta a sectores específicos, como el acero y el aluminio. En cambio, las consecuencias se multiplican cuando se trata de países con acuerdos de libre comercio como México y, más aún, cuando se utilizan los aranceles como un instrumento de presión en temas no económicos. Las posibilidades de concertar respuestas colectivas frente a la andanada proteccionista del proyecto MAGA son reducidas por las diferencias en la magnitud de los flujos comerciales, el grado de integración productiva y el tipo de cadenas de valor involucradas en cada caso. Según datos de la Oficina del Censo de Estados Unidos, en 2024 América Latina y el Caribe alcanzó una participación cercana a 23% en el comercio total de mercancías del país, pero se observan grandes contrastes en la importancia comercial relativa de los Estados de la región. Incluso cuando se comparan las economías latinoamericanas más grandes, es evidente el peso comercial de México, con una participación de 69% en el comercio estadounidense con la región, mientras que la de Brasil, su segundo socio comercial regional, es de 7,4%, y la de Argentina, de 1,3%.
El mercantilismo hiperprivatista del movimiento MAGA va más allá de los componentes históricos del proteccionismo estadounidense en aras de una reindustrialización, forzando el regreso de inversiones (reshoring) y dejando atrás la idea del nearshoring propiciada por el gobierno de Joe Biden. Es una reacción ideológica contra el neoliberalismo y un rechazo al libre comercio y el acceso preferencial a su mercado, por considerarlos, desde una narrativa populista, esquemas injustos y contrarios a los intereses de Estados Unidos por generar pérdida de empleos y ampliación de los déficits comerciales. La tendencia a recurrir a la punición a través de amenazas y sanciones comerciales no responde solo a incentivos económicos, como incrementar los ingresos aduaneros, reducir el déficit comercial y atraer inversiones para la reindustrialización, sino también a condicionar políticas de control fronterizo (migración y drogas) y establecer patrones de «disciplinamiento» bilateral. Paralelamente, el proyecto MAGA encarna una ambición por controlar la explotación de los recursos estratégicos, de especial valor para el complejo industrial militar y la tecnología digital. Las reservas de minerales estratégicos en América Latina son mundialmente significativas. En 2023, la región controlaba 48% de las reservas de litio, 36,6% de las de cobre, 34,5% de las de plata y 16,7% de las de tierras raras
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