Mar, 7 abril, 2026
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Artemis II: volver a la Luna también significa aprender a vivir en una cápsula

El relato épico vende solo. Un cohete enorme, una cápsula empujada hacia el espacio profundo y la promesa de que la Luna deje de ser, otra vez, una foto lejana. Artemis II despegó el 1 de abril y, tras abandonar la órbita terrestre, puso a su tripulación en camino alrededor de la Luna en una misión de aproximadamente diez días. Hasta ahí, la postal. Pero debajo de la propaganda espacial aparece algo bastante más interesante: la aventura de seguir siendo un cuerpo humano cuando ya no hay casa, ni piso, ni gravedad, ni baño como los de la Tierra.

Según la información oficial publicada por la NASA, a la que accedió la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes, Orion, la nave en la que viajan, no es precisamente un palacio. La propia NASA explica que su volumen habitable es de 330 pies cúbicos, algo así como el espacio de dos camionetas familiares. Ahí adentro, durante casi diez días, la tripulación vive, trabaja, duerme, come, se higieniza y se revisa médicamente. La misión lunar moderna, mirada de cerca, no se parece a una fantasía futurista: se parece más a intentar conservar la dignidad dentro de un monoambiente flotante.

Y la agenda no deja mucho margen para el lirismo. La agencia espacial ya tenía previsto un cronograma preciso: correcciones de trayectoria, pruebas de trajes, observación lunar, comunicaciones con Tierra, descanso, ejercicio y chequeos. Incluso una de las correcciones de trayectoria previstas para el tercer día terminó cancelándose porque la nave iba tan bien encaminada que no hacía falta. El espacio profundo no perdona, pero tampoco admite improvisados.

La gran pregunta de siempre

La comida también baja a tierra cualquier fantasía. No hay heladera, no hay cocina y no hay fruta fresca esperando en una bandeja. Para Artemis II, la agencia diseñó un menú fijo, elegido con participación de la tripulación, pensado para una nave sin reabastecimiento, sin refrigeración y con límites muy estrictos de masa, volumen y energía. Los alimentos tienen que durar, ser seguros, ser fáciles de preparar y, sobre todo, no transformarse en una lluvia de migas flotando frente a los equipos.

En un día típico, fuera del lanzamiento y el reingreso, cada astronauta tiene desayuno, almuerzo y cena programados, además de dos bebidas saborizadas por jornada. Algunos alimentos se rehidratan con el dispensador de agua potable de Orion y otros se calientan con un calentador de comida a bordo. Dicho más simple: llegar a la Luna también consiste en que nadie tenga que perseguir un pedazo de comida que salió disparado como proyectil microscópico.

Después llega el asunto que siempre le gana a cualquier otro tema cuando se habla de astronautas: el baño. Orion lleva el Universal Waste Management System, un sistema que separa la orina y las heces. La orina se expulsa al exterior y la materia fecal se recolecta y se guarda para su eliminación al regreso. Además, el área de higiene tiene puertas para privacidad, algo que, en una nave tan apretada, vale oro.

Y como el universo tiene sentido del humor, uno de los primeros problemas domésticos de la misión fue justamente ese: el inodoro. La tripulación reportó una luz de falla y, trabajando junto con control de misión, logró devolver el sistema a operación normal. Es decir: la humanidad volvió a emprender viaje a la Luna y una de las primeras urgencias reales fue arreglar el baño. No hay metáfora más honesta que esa.

Por si algo vuelve a fallar, la NASA no deja librado nada a la suerte. Orion cuenta con urinarios plegables de contingencia y el sistema fue diseñado para contemplar no sólo orina y heces, sino también vómito, olores, higiene asociada y riesgos de contaminación en espacios reducidos. En microgravedad, un residuo fuera de control no es una molestia: es un problema sanitario.

Sin perder la elegancia

La higiene personal tampoco desaparece en el espacio. Se transforma. Los kits de Orion incluyen elementos como cepillo de dientes, pasta dental, jabón, cepillo de pelo y artículos de afeitado. No hay ducha. Hay jabón líquido, agua y shampoo sin enjuague. La NASA lo explica sin vueltas: los astronautas siguen teniendo las mismas necesidades de higiene que en la Tierra, sólo que en microgravedad todo se vuelve más incómodo, más técnico y bastante menos elegante.

Sí, se lavan los dientes. Y, según la agencia, la higiene dental es “básicamente la misma que en la Tierra”. Lo que cambia no es la necesidad, sino el procedimiento. En el espacio no hay una canilla abierta ni un lavamanos esperándolos. Hay que administrar el agua, contener residuos y evitar que cualquier gota o resto se convierta en un pasajero flotante más dentro de la nave. Lo cotidiano, allá arriba, deja de ser automático y pasa a ser una maniobra.

La misión no está hecha sólo de ventanas y fotos lunares. La NASA incorporó ocho horas completas de sueño para la tripulación, que duerme con bolsas sujetas a las paredes de Orion. No hay cama, no hay colchón y no hay “tirarse un rato”. Hay una cápsula pequeña y una agenda tan ajustada que dormir bien deja de ser comodidad y pasa a ser parte de la seguridad operacional.

También hay 30 minutos diarios de ejercicio para cada astronauta. La razón es brutalmente simple: sin gravedad, el cuerpo pierde masa muscular y ósea. Por eso Orion lleva un dispositivo compacto de entrenamiento, un flywheel, que permite ejercicios aeróbicos y de resistencia. No es un gimnasio; es un recordatorio permanente de que el cuerpo humano, sin uso, se degrada rápido incluso en medio de la mayor proeza tecnológica del planeta.

Y si algo duele, tampoco se reza mirando las estrellas. Orion lleva un kit médico con primeros auxilios y herramientas diagnósticas como estetoscopio y electrocardiograma, además de conferencias médicas privadas con especialistas en Tierra. La misión puede ser histórica, pero el organismo sigue siendo el de siempre: se marea, se fatiga, se resiente y necesita cuidado.

Menstruar también entra en el plan de vuelo

Acá aparece uno de los temas más interesantes, porque pincha de una vez por todas el relato infantilizado sobre el cuerpo en el espacio. La menstruación no está afuera del diseño de una misión: está adentro. Un documento técnico de la NASA sobre manejo de residuos humanos la menciona explícitamente junto con orina, heces y vómito, y aclara que los sistemas deben poder recolectar, contener y gestionar esas formas de desecho e higiene asociada. No es un detalle curioso: es ingeniería, salud y planificación.

Y hay más. Un documento médico señala que la supresión o manejo hormonal de la menstruación es de uso común entre tripulantes, justamente porque menstruar en vuelo presenta desafíos logísticos: descarte de residuos, volumen y masa de productos de higiene, y manejo práctico dentro de una nave limitada. La conclusión es simple y potente: la exploración espacial dejó de poder contarse como si el cuerpo femenino fuera una nota al pie.

Por eso la historia de Artemis II no termina en la distancia recorrida ni en el regreso del ser humano al entorno lunar. La verdadera noticia está en otro lado. Está en comprobar si una tripulación puede seguir funcionando como comunidad mínima dentro de una cápsula, con horarios, comida empaquetada, bolsas para dormir, un baño delicado, higiene sin ducha, chequeos médicos remotos, ejercicio comprimido y un cuerpo que sigue exigiendo lo mismo de siempre.

Con todo, volver a la Luna no es apenas conquistar una distancia. Es demostrar que un cuerpo frágil, terco y profundamente humano puede sostenerse vivo, lúcido y en pie en un territorio que no lo espera. Y tal vez ahí esté la verdadera hazaña: no en tocar la Luna, sino en llevar hasta ella, intacta, la obstinación humana de seguir viviendo.

Por María Ximena Perez 

Redacción

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