Entrar a la casa de Pepe Cibrián en Pilar es, literalmente, sumergirse en su forma de ver y habitar el mundo. No hay rincones vacíos, no hay espacios librados al azar, y ciertamente, no existe el minimalismo. Es el escenario que él mismo diseñó para vivir: una propiedad de 2.300 metros cuadrados que transformó. Era un descampado total y hoy es un ecosistema vibrante.

«Yo soy muy exagerado, como verás, en todo«, confiesa Pepe mientras recorre el jardín que hoy parece una selva indomable. Hace 24 años, cuando compró el terreno, el panorama era desolador. «No había nada, pero nada, eh, ni una planta, ni un árbol«, recuerda con una sonrisa, con orgullo por cómo transformó todo a su alrededor. «La mujer de la inmobiliaria me lo mostró al terreno con vergüenza porque solo había una ‘casucha en el medio‘», describe sobre el primer día que puso un pie allí y vio el lienzo en blanco para su obra más personal: «Volqué mi personalidad acá totalmente«.
Una selva de diseño
Hoy, ese terreno es un jardín secreto que desafía la lógica de los barrios cerrados bonaerenses. La cifra es exacta y contundente: 130 palmeras y 200 árboles conviven con miles de plantas que el director cuida personalmente. Para Cibrián, este espacio no es solo paisajismo; es una extensión de su familia.

«Me gusta regarlas porque hablo con ellas, me abrazo a mis árboles, las conozco a todas«, describe y recuerda cuáles adquirió y cuáles le regalaron, al tiempo que remarca lo que le afecta cuando no todo brilla: «Cuando alguna se pone triste, que las hojas se me caen un poco, entonces yo todo el tiempo veo qué ponerle para darle fuerza. Me causa mucha tristeza que se me muera una planta realmente».

Esa exuberancia que despliega en su jardín es el polo opuesto a su trabajo en el escenario. «En el teatro soy mucho más minimalista, pero en la vida, la casa por dentro es un museo y mis plantas son eso«. Es tal el crecimiento de su «refugio verde» que Pepe bromea con el día en que las plantas lo cubran todo: «El año que viene voy a tener que empezar a podar porque me van a devorar».
—Es impresionante tu casa. ¿Te imaginás que en un futuro sea un museo? ¿El «Museo Pepe Cibrián»?
—Estaría bueno, ¿no? Siento que este este lugar, al que le di 24 años de mi vida, es mi mundo, un lugar barroco, con mucha vida. Tengo no solamente perros, sino miles y miles de plantas, pero también siento que hay ciclos. Tengo 78 años y, aunque estoy muy bien de salud, tengo una nostalgia de volver a Buenos Aires.
Un museo habitado y el eco de los cuartos vacíos
Al cruzar el umbral hacia el interior, la sensación de «museo» se intensifica. Obras de arte cubren las paredes hasta el techo, objetos recolectados durante décadas de giras y éxitos decoran cada superficie. Pero más allá de la belleza estética, la arquitectura de la casa guarda una historia de anhelos.

Pepe revela que la amplitud de la casa y la cantidad de dormitorios tenían un propósito que no llegó a concretarse: la paternidad. «Yo estuve 15 años tratando de adoptar tres hermanitos, cuatro. Por eso hay tantos cuartos, porque yo había preparado tres cuartos para los chicos o chicas». Durante años, Pepe peleó por cambios en las leyes argentinas en lo relacionado a la adopción, tanto para que parejas del mismo sexo puedan adoptar así como también hombres solteros, pero el paso del tiempo lo hizo repensar su sueño.
«Lamentablemente, cuando llegué a los 70 años sentí que ya no podía«, confiesa sobre el momento en que un juez finalmente lo llamó para ofrecerle la posibilidad de adoptar. «Dije: tengo 70 años, ¿cómo educo hoy en día a un adolescente a los 80 años?«. Esos cuartos, originalmente pensados para una familia numerosa, hoy forman parte de ese museo personal donde convive con su esposo, Ezequiel, y sus perros.
Entre los ensayos y la nostalgia
A pesar de la paz que le brinda su jardín, el presente de Pepe está marcado por el movimiento. El reestreno de Aquí no podemos hacerlo en el Teatro Regina (el primer gran musical argentino, nacido en 1978) y los preparativos de Drácula Resurrección para abril, lo obligan a enfrentarse diariamente al tráfico de la Panamericana.

«Ensayar acá es muy difícil, todo es muy lejos y el camino se ha puesto realmente casi intransitable«, explica sobre su deseo de mudarse nuevamente a la Capital, preferentemente a la zona de Recoleta o Libertador: «Me gusta estar cerca de los centros culturales, la calle Corrientes, el Colón… lugares donde puedo caminar y generar encuentros».
Aun así, le cuesta soltar este refugio que construyó con tanto cariño. Su casa es el testimonio físico de una vida dedicada al arte, una estructura que, al igual que sus musicales, nació de un deseo profundo de crear donde no había nada: «La naturaleza es impresionante. Los pajaritos tiran la semilla en otro lado y de pronto digo ‘wow, esta está saliendo acá‘. Soy muy feliz porque lo recorro y lo recorro todos los días y no me canso nunca«.
Fotos: Diego García.

