Empecemos con dos afirmaciones para el debate. La primera es que todos, en algún momento de nuestra vida, hemos sido turistas. O visitantes si queremos ampliar el concepto con un eufemismo. La segunda es que el transporte público dentro de Barcelona es de muy alto nivel. Dicho esto, el reto es gestionar la situación cuando estas dos realidades coinciden en el día a día de la ciudad.
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Un bus turístico de Barcelona en pleno verano
Marti Gelabert
El servicio de metro puede asumir más usuarios que los autobuses, los cuales son más ágiles en sus recorridos pero más limitados en cuanto al número de personas que pueden transportar. De vez en cuando, se sigue dando el caso de que un autobús pasa de largo de una parada porque no cabe nadie más. Esto, que es siempre molesto, es hiriente cuando, por ejemplo, el autobús se dirige a las playas de Barcelona y quien lo satura son turistas, mientras quien no puede subir es gente mayor que necesita ir al Hospital del Mar.
Priorizar no significa prohibir; hay fórmulas que funcionan, solo falta aplicarlas al transporte público
Una solución, que parece fácil pero no lo es, sería poner más autobuses. También se puede, como se hizo con el Bus de Barri 116, evitar que esa línea aparezca en los buscadores de internet para que los foráneos no la descubran, cosa que minimizó pero no solucionó los problemas de los vecinos del Park Güell. De cara al futuro se habla de autobuses a la carta mediante el uso de aplicaciones, algo preocupante cuando vemos cómo las personas mayores han sido apartadas de aquellos sectores de la sociedad donde se ha impuesto la obligación electrónica.
Hay otra solución, más valiente, que sería priorizar el uso del autobús para los locales, más allá de los distintos precios para los abonos de transporte. Los turistas, que inevitable y afortunadamente seguirán viniendo, saben de sobras que un destino urbano implica caminar, y siempre pueden escoger el metro como alternativa o comprar billetes del Bus Turístic. Evidentemente habrá visitantes con limitaciones de movilidad que no deben ser tratados por igual, pero ver buses llenos de bañistas, incluso a veces con infantiles flotadores hinchados, no solo es ilógico sino que tiene el efecto de poner en contra del turismo a gente que también viaja y nunca sería capaz de ir con pistolitas de agua a mojar a otro ser humano desconocido.
Priorizar no significa prohibir. En la actual área verde de aparcamiento para coches, los residentes de la zona pagan veinte céntimos de euro por día, mientras que alguien que no sea residente, aun siendo vecino de Barcelona, puede pagar hasta cuatro euros con veinticinco céntimos por hora. Y en barrios con poco espacio para aparcar, las plazas son exclusivas para residentes. Un barcelonés que no sea de ese barrio no puede aparcar ahí. Ni pagando. Es decir, ya hay fórmulas que funcionan. Solo falta aplicarlas también al transporte público y, de paso, conseguir que todos, turistas y residentes, paguen por entrar en el metro y por subir al autobús.