Hace dos décadas, Barcelona y el Mobile World Congress (MWC) empezamos a escribir una exitosa historia compartida. Lo que comenzó como un congreso que reunía a líderes mundiales de la tecnología se ha convertido en un potente catalizador para la transformación de la ciudad, un proceso que ya había arrancado con el impulso del 22@ como distrito de innovación.
Con el tiempo tuvimos la determinación de que Barcelona no solo acogiera el MWC unos días, sino que pudiera vivirlo durante todo el año. Por eso impulsamos la fundación Mobile World Capital, clave para convertir el congreso en un proyecto con legado, a través de programas de innovación, transferencia tecnológica y talento digital que conectan empresas, universidades y emprendedores. Uno de los efectos más visibles ha sido el auge del espíritu emprendedor. Barcelona se ha consolidado como uno de los principales polos europeos de startups. Los emprendedores encuentran aquí un ecosistema dinámico y conectado con el mundo, un punto de encuentro desde el que contribuir a construir la tecnología del futuro.
La ciudad y el MWC escriben cada año una historia de éxito compartido
Pero si algo caracteriza a Barcelona ha sido su voluntad de dotar a la revolución digital de valores. Frente a una visión puramente económica de la innovación, defendemos que la tecnología debe estar al servicio de las personas, porque queremos que genere oportunidades para todos.n A este enfoque lo llamamos humanismo tecnológico. Significa impulsar la innovación sin perder de vista los valores que definen a las sociedades democráticas: igualdad de oportunidades, inclusión digital, sostenibilidad y protección de derechos. Barcelona quiere ser una capital tecnológica con valores.

Esto conecta con la idea del “derecho a quedarse”: la voluntad de que Barcelona sea una ciudad donde todos puedan vivir y trabajar, y por eso defendemos decisiones valientes como la eliminación de los pisos turísticos para luchar contra la crisis de vivienda que angustia a muchos barceloneses y barcelonesas, especialmente a los jóvenes y las familias trabajadoras.
El impacto económico del MWC ha sido igualmente notable. Cada edición genera una intensa actividad en la hostelería, el comercio, el transporte o la restauración, con miles de empleos directos e indirectos. En dos décadas estimamos un impacto acumulado cercano a los 7.000 millones de euros y unos 173.000 puestos de trabajo. Además, numerosas empresas han elegido la ciudad para instalar centros de innovación, especialmente en el 22@, contribuyendo a diversificar y fortalecer nuestra economía y el empleo.
El MWC también ha impulsado nuestras infraestructuras, con la consolidación del recinto de Fira Gran Via como uno de los complejos feriales más importantes de Europa. La remodelación del recinto de Montjuïc y la ampliación del Hall Zero es una muestra de la ambición con la que Barcelona sigue apostando por los grandes congresos. Además, el MWC se ha convertido en un gran punto de encuentro global donde se reúnen líderes empresariales e institucionales, investigadores y emprendedores. En un momento en que las ciudades desempeñan un papel cada vez más relevante en la diplomacia internacional, el MWC refuerza a Barcelona como puente de diálogo entre Europa, Asia, el Mediterráneo y América: un papel que aún cobra más sentido en el actual contexto internacional, tras el estallido de un nuevo conflicto en Oriente Medio.
Borges decía que “el futuro no es lo que va a venir, sino lo que vamos a hacer”. En plena revolución tecnológica marcada por la IA, el desafío de Barcelona es claro: contribuir a que los beneficios de esta transformación lleguen a toda la ciudadanía. En ello seguiremos trabajando, junto al MWC, al menos durante otros 20 años más: para que la tecnología esté al servicio de las personas y evitar que las personas estemos al servicio de la tecnología.



