Lo que hoy es Mumbai fue, durante siglos, un archipiélago de siete islas habitadas por comunidades pesqueras. De ese origen fragmentado emergió una de las metrópolis más complejas del mundo: Bombay, ciudad forjada por el comercio colonial, la resistencia política y la cultura popular que marcó al subcontinente indio durante tres siglos.
La ciudad no tuvo un origen natural. La Bombay contemporánea es, en gran medida, una construcción literal. Una exposición de la galería DAG —una de las instituciones de arte indio más importantes del país, con sede en Nueva Delhi, Mumbai y Nueva York— reúne pinturas, fotografías, grabados, material de archivo y memorabilia cinematográfica para documentar ese proceso.
En su comunicado oficial, la galería describe cómo la ciudad «surgió de un grupo disperso de siete islotes unidos por la recuperación de tierras al mar». Ese proceso de ingeniería colonial fue el primer acto de una transformación que no se detendría.

El resultado fue una ciudad que «creció de un puerto colonial a un bullicioso centro industrial, financiero y cultural». Su recorrido abarca desde su papel como nodo comercial del siglo XVIII hasta su condición de escenario de resistencia política durante la lucha por la independencia en el siglo XX.
Los artistas coloniales británicos fueron los primeros en dejar registro visual de esa geografía en transformación. Sus pinturas y grabados documentaron costas, arquitectura y paisajes desde una mirada que mediaba entre la fascinación imperial y la representación estratégica del territorio. Thomas Daniell, Clarkson Stanfield, Henry Salt y Robert Melville Grindlay, entre otros, fijaron en imágenes una ciudad que aún tomaba forma.
Pero esa mirada exterior tuvo su contraparte. Los artistas indios modernos «volvieron su mirada hacia adentro, hacia los ritmos cotidianos de Bombay y las personas que la animan y la hacen propia». Esa tensión entre la visión colonial del territorio y la autorepresentación india constituye uno de los ejes centrales de la historia visual de la ciudad.
Comunidades en convivencia: el entramado social de una ciudad en constante cambio
La complejidad de Bombay no fue solo territorial, sino también social. Comunidades tan diversas como los parsis —mercaderes y filántropos que modelaron la vida cívica—, los kolis —pescadores nativos de las islas originales— y sucesivas oleadas de migrantes que construyeron sus fábricas, muelles y barrios convivieron en una geografía compartida pero profundamente desigual.

Los retratos de líderes políticos, reformadores, filántropos y comunidades de trabajadores que integran el acervo histórico de la ciudad son testimonio de esa estratificación.
El contraste social de Bombay quedó también plasmado en sus representaciones artísticas. Mientras los retratos de la élite parsi reflejan las redes de patronazgo y las aspiraciones de una comunidad que fue pilar de la economía mercantil colonial, obras como las del artista Chittaprosad —conocido por su crítica social y política— retratan la vida de la clase obrera y los márgenes de la metrópolis. La historia de la ciudad, en ese sentido, no tuvo un solo narrador.
El cine ocupa un lugar central en esa narrativa. Bombay no se limitó a albergar una industria cinematográfica: la ciudad se convirtió en el pulso y la musa de sus propias películas.
Los carteles de los años 50 y 60 que cubrían los muros de la ciudad, junto a las fotografías de estudio de J. H. Thakkar —fundador del India Photo Studio en Dadar—, son testimonio de esa fusión entre metrópolis y pantalla. «Ninguna historia de Bombay está completa sin el cine», señala DAG en su comunicado.

La historia visual de la ciudad, según la académica Debashree Mukherjee, revela dimensiones que exceden lo económico o lo político. «Al revisitar la historia de Bombay a través de sus tradiciones entrelazadas de producción de imágenes, intuimos que, junto al dinero y las fábricas, el cine y los monzones, Mumbai también se define por las texturas de su medianoche, los sueños de sus trabajadoras y las profundidades que guarda su mar y su cielo«, escribió Mukherjee en el catálogo oficial de la muestra.
La pregunta sobre el nombre de la ciudad —Bombay o Mumbai— atraviesa también su historia política. En 1995, el gobierno del estado de Maharashtra, bajo el partido Shiv Sena, cambió oficialmente el nombre a Mumbai como gesto de afirmación de la identidad regional marathi y de rechazo al legado colonial británico.
El debate sobre cómo llamar a la ciudad continúa activo en algunos sectores. Gyan Prakash, historiador de la Universidad de Princeton y uno de los principales estudiosos de la metrópolis, se declaró «agnóstico» respecto al nombre. «Solo se vuelve polémico cuando el tema se politiza», afirmó.

La tensión entre ambos nombres refleja, en definitiva, la condición de una ciudad que siempre resistió una sola definición. «Bombay fue siempre un tapiz de mundos superpuestos: calles atestadas y costas tranquilas, fábricas y mercados, barrios de privaciones y de comodidad, momentos de movimiento incesante y calma inesperada», señala el comunicado.
Esa multiplicidad —más que su skyline o su litoral— es el rasgo más definitorio de una ciudad que el siglo XXI heredó con otro nombre pero con la misma densidad histórica.

