Sensible, juguetona, íntima, payasa, melancólica, cuando la melancolía no es nostalgia, sino conciencia del tiempo. El jueves, Rosas puso a los intérpretes ante el espejo del amor concebido al estilo de Brel, como un compromiso con el mundo. Sudados por el bochorno y con la humedad impregnándolo todo, el Grec regaló a Brel fragilidad: Keersmaekeer y Mariotte semejaban niños sabios, precisos como un metrónomo, pero también vulnerables y con ganas de juego. A ratos, el tono era de peli de cine mudo y de cabaret, fieles a Brel, pero también crónica de sí mismos, con su parte de retrato colectivo.
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