Carlos Granés (Bogotá, 50 años) es uno de los ensayistas más reputados de Hispanoamérica. El antropólogo analiza, en esta entrevista con EL PAÍS, cómo en un año Trump impuso la fuerza de los populistas, dejando a América Latina en el escenario de la presa fácil, en un mundo sin reglas. También plantea a la Europa en la que vive hace años el desafío de recuperar el orden a pesar de sus debilidades, mientras dice que China avanza con métodos más sutiles. El mundo se enfrenta a dilemas entre soberanía y derechos humanos y la política se degrada hacia el espectáculo. Petro entre tanto se juega la suerte de los colombianos en su reunión con Trump, dice el autor de Rugido de nuestro tiempo.
Pregunta: ¿Qué cambió en el orden global en este primer año de Trump en el poder?
Respuesta: Ha cambiado mucho, y de forma dramática. Es algo que se podía intuir desde su discurso en la segunda posesión. Tenía entre su auditorio a cuatro expresidentes —Clinton, Biden, Obama y Bush—, y, sin embargo, no hizo ninguna referencia de ellos. Se centró en alabar a William McKinley, un presidente estadounidense de finales del siglo XIX que pasó a la memoria del mundo hispano porque lanzó una guerra contra España y se apoderó de Puerto Rico. Eso ya daba una pista de lo que Trump tenía en mente para la región, y quedó confirmado cuando expidió su estrategia de seguridad nacional hace un mes. En ella le da mucha importancia a lo que él llama el hemisferio occidental, que somos nosotros, que es América, incluyendo a Groenlandia. Prácticamente da a entender que el mundo se divide entre regiones: la zona europea, la que está en manos de Putin, y el oriente, que controla China. Es una lógica multipolar que contradice las dinámicas del mundo multilateral basado en reglas, derecho internacional y organismos supranacionales como la ONU.
P: ¿Es lo mismo lo que hizo Rusia con Ucrania y lo que pretende hacer Trump con Groenlandia, como si Putin se hubiera anticipado en esas ansias expansionistas?
R: Sí, en caso de que Trump llegue a ejecutar alguna acción militar sobre Groenlandia, a agredirla o a tomar control de la isla de forma arbitraria, estaría remedando a Putin. Él está convencido de que Ucrania hace parte de la civilización eslava, que allí está la cuna de la civilización rusa y que, por lo tanto, le pertenece a su país. En el caso de Trump, aunque apele a la seguridad y al control estratégico del Ártico, en la práctica haría lo mismo: aprovechar su poder y su influencia en una determinada zona del mundo para imponerse con su potencial militar.
P: ¿Dónde queda América Latina en este nuevo tablero geopolítico? ¿Es el patio trasero de la época de Allende y las dictaduras argentinas, o estamos hablando de un nuevo colonialismo?
R: En los últimos años, América Latina había gozado de absoluta irrelevancia, para bien y para mal. En las memorias de Obama no figura; escasamente menciona a Calderón, a Piñera, a Lula. Eso ha cambiado por completo. Somos el epicentro de las noticias mundiales. Para América Latina, una región militarmente débil, eso es peligroso, porque quedamos a merced de un presidente que ya ni siquiera apela al recurso un tanto hipócrita de los derechos humanos, de la democracia, de la libertad, y que se centra en su poder militar y en su necesidad de recursos estratégicos para imponerse. Hay que empezar a adaptarse a ese nuevo juego, lamentablemente hay que empezar a entender a Trump, a ver con qué fichas está jugando, porque quien se le enfrente va a ver en muchísimos problemas. Lo vimos hace poco con el presidente Petro, que estuvo a punto de meter a Colombia en un lío enorme por no saber maniobrar en este nuevo escenario geopolítico.
P: ¿El fracaso de muchas de nuestras naciones en la lucha contra la desigualdad, la criminalidad y el narcotráfico nos muestra como naciones incapaces de gerenciarse y, por lo tanto, escenarios propicios para las intervenciones que pretende Trump?
R: No necesariamente. Es verdad que nuestros países, y más en los últimos años, sufren de una epidemia de violencia, de un problema de delincuencia y mafias que se han empoderado muchísimo y que han escapado al control estatal, pero finalmente esto es un problema local, geopolíticamente poco relevante excepto por las migraciones y el tráfico de estupefacientes. Nuestros problemas internos son irrelevantes a la luz del tablero global: en América Latina no hay problemas de fronteras, no tenemos problemas entre países, el riesgo de una guerra es bajísimo. Somos bastante más estables que Europa, donde todavía se están peleando las fronteras, donde estamos en un proceso de negociación y de reconfiguración de las de Ucrania. Vivo en España, donde hay pulsiones secesionistas. Sin embargo, nuestra delincuencia nos debilita, puede dar la sensación de que el Gobierno central es incapaz de controlar problemas virulentos que se ceban en población, dar la impresión de estados fallidos.
P: ¿Es tan débil nuestra arquitectura institucional, que nuestras democracias pueden ser burladas sin consecuencias?
R: Sí, tenemos serios problemas institucionales. Por ejemplo, México está inmerso en un experimento con la institución judicial, aún incierto, pero posiblemente con siniestro desenlace. Los presidentes latinoamericanos -y hoy en día los de otros países, incluyendo Estados Unidos-, están en guerra contra las instituciones. Asumen que el único representante de la soberanía y del pueblo es el Poder Ejecutivo y por eso emprenden peleas viscerales contra el Judicial, contra el Legislativo, contra los órganos de control. Esto debilita las democracias y consume muchísimos esfuerzos que deberían estar dedicados a solucionar problemas reales, de salud, vivienda, infraestructura, comercio, producción. Eso juega en contra y nos debilita, nos hace poco serios, nos quita peso internacional, nos vulnera y nos deja expuestos ante estos nuevos titanes universales como Trump, que están cazando en el mar contemporáneo a las presas débiles.
P: La extracción de Maduro plantea un dilema entre celebrar la liberación y rechazar la violación del derecho internacional sin garantizar una transición democrática. ¿Cuál sería la salida?
R: Es una situación dilemática que plantea un problema que no es nuevo: por un lado, tenemos un derecho internacional que garantiza la paz; por el otro lado están los derechos humanos, que impiden la tiranía y garantizan la libertad individual. Si universalizamos el derecho internacional, tendremos que aceptar que en algunas situaciones se violen los derechos humanos; si universalizamos los derechos humanos, tendremos que estar dispuestos a que en determinados casos se viole la soberanía nacional para quitar del camino a los tiranos. Es un dilema irresoluble, no podemos tener las dos cosas al mismo tiempo. Planteado como un problema moral y jurídico, esas son las variables. Los venezolanos, por supuesto, querían recuperar su libertad, que se respetaran los derechos humanos y por eso estaban dispuestos a sacrificar su soberanía. El observador que no está directamente afectado por la situación tiránica de Venezuela, tiende a poner el énfasis en la legalidad internacional, que garantiza la paz entre Estados y que es fundamental para que el mundo no se desordene. Ambos tienen razón.
P: Después de lo que pasó en Venezuela, ¿qué podría esperarse en Nicaragua y Cuba?
R: La situación para Cuba va a empeorar muchísimo, por la presión política y por su situación económica, que ya es dramática. Pero, puede siempre empeorar un poco más y no pasa nada, entonces es difícil aventurar un escenario a mediano o a corto plazo. Marco Rubio, por supuesto, tiene entre cejas al país de sus padres, y quiere que caiga el régimen. Militarmente lo tendría muy fácil, pero no sé si van a repetir alguna acción como la que hicieron en Venezuela, es un escenario que está entre paréntesis. Nicaragua sería la tercera ficha de este dominó, aunque con menos urgencia. Ahora la atención está recayendo en Groenlandia y Trump mueve una ficha tras otra.
P: ¿Este momento es el resultado de décadas de populismo, ahora con Milei, Bukele, Petro o AMLO, o lo es de un multilateralismo fracasado?
R: Es el resultado del triunfo del populismo —pero no en América Latina, donde ya teníamos una larga experiencia con esos liderazgos—. El populismo en Estados Unidos es la verdadera novedad y está introduciendo un elemento entrópico y caótico en la gobernanza mundial. Nadie imaginó que el país que forjó el orden mundial de posguerra sea el mismo encargado de desmantelarlo Nadie esperaba algo diferente a que Putin fomentara guerras arbitrarias. En cambio, en Estados Unidos sí es una sorpresa. Es desconcertante, sobre todo, que el Partido Republicano, siempre fiel a los principios democráticos estadounidenses, se haya convertido en una secta de culto al líder que tolera todo lo que se le pasa por la mente a Donald Trump.
P: ¿Cómo será el mundo en una década? ¿Pasamos de la soledad de América Latina a la soledad de Estados Unidos? Martín Caparrós plantea que Estados Unidos regresa a ese viejo barrio, algo que muchos interpretan como un gesto de poder, pero, al contrario, “es una confesión gritona de impotencia”
R: La forma en la que ese país está siendo moldeado a partir de una psicología muy particular —narcisista, infantil también—, lo expone Unidos a serios riesgos. Si Estados Unidos pierde su vínculo estrecho con Europa, con Inglaterra, se va a ver en soledad. El antiamericanismo latinoamericano ya lo tiene heredado, es una tradición en nuestra región. Lo que sería sorprendente es que una coalición de países le haga frente en Groenlandia, lo que parece que se empieza a cuajar. Eso aislaría a Estados Unidos. El problema es que sigue siendo un hegemón, sigue teniendo un poder de influencia brutal por el comercio, por las armas… Sería más bien como un bully solitario que inevitablemente se relaciona a las trompadas con el resto del mundo, y sobre todo con América Latina.
P: ¿Qué papel puede jugar Europa? Vuelvo a Caparrós, que decía que es la más cualificada para unirse, hacer valer su experiencia y tratar de calmar a Trump
R: Sí y tenemos la buena noticia de que, finalmente, después de un cuarto de siglo, firma el tratado con el Mercosur. No es solamente un tratado comercial, es un mensaje al mundo. Intenta dar algo de orden, reforzar los lazos multilaterales entre el Suramérica y Europa. Eso empieza a formar un vínculo, que puede de alguna forma contrarrestar el desorden que está reinando en el resto del mundo. Por otro lado, si hay un interlocutor sólido, con peso y con poder, que puede frenar o al menos amortiguar el impacto de Trump es Europa. El problema es que Europa está un tanto desconcertada, mareada con esta nueva situación, y además tiene una oposición interna muy fuerte en los nuevos movimientos nativistas y ultraderechistas que están totalmente sintonizados con Trump para redefinir el mundo como un lugar destinado a una raza, la blanca; una religión, la judeocristiana; y un conjunto de naciones potentes. Es decir, esos movimientos están atacando a la Unión Europea y él quiere que se desintegre para que Europa pierda potencia como zona geopolítica.
P: ¿Qué pasa con China?
R: China es una potencia ascendente, la X que explica la ecuación de Trump. Todo lo que está haciendo él en el panorama global es para frenarla, es su gran obsesión. China ha sido estratégica: no intenta imponer su modelo, simplemente establece negocios. Se ha convertido en un constructor muy influyente en América Latina, como el puerto de Chancay en Perú, compra materias primas y se ha convertido en un prestamista también. Su estrategia ha sido más sutil, pero es un agente muy potente. Tiene el problema que no es una democracia, mientras Estados Unidos, mal que bien, sigue siéndolo. Trump no va a ser eterno, en cambio Xi Jinping sí. Con el trumpismo tendremos que lidiar un tiempo, pero se irá tarde o temprano. China no va a cambiar su política en quién sabe en cuánto tiempo.
P: ¿Estamos ante la deshumanización en lo migratorio, en la era de la cancelación del moralismo autoritario? ¿cómo llegamos a este punto?
R: En parte es consecuencia del populismo político, que tiene el rasgo muy odioso de ser totalmente anti pluralista. El populismo exige unanimidad y homogeneidad de pensamiento. Eso excluye todo aquello que es diferente. La persona diferente, la que viene de otro lugar, con otras creencias, costumbres y cultura, se convierte en una amenaza que contamina, que rompe una sociedad que se cree pura y auténtica. El populismo es una amenaza, un elemento que daña el consenso, que inocula el caos, la corrupción, el descontrol, la anarquía. Todo responde a que todo en occidente, nos hemos vuelto en general más populistas.
P: ¿Por qué el ciudadano premia a quien incita al odio, al rabioso, a los políticos mesiánicos y aún más a quienes burlan la justicia, incluso a costa de sus propios derechos? ¿cómo entender a quienes usted llama hispanotrumpistas antinatura?
R: La política ha dejado de ser el espacio de la responsabilidad y de la solución de problemas reales y se ha convertido en una variante del espectáculo y del entretenimiento. En esa política, los villanos están ganando y nos están fascinando porque resultan ser bastante más divertidos y entretenidos que los bienpensantes. Los políticos aburridos que entienden de salud pública, de transporte, no entretienen, no movilizan pasiones. En cambio, los que insultan los que sacan banderas, espadas, gorras, camisetas, estos sí funcionan muy bien en una política del espectáculo, en la lógica del infotainment, de la política performática. Mueven el odio, una emoción visceral y muy fácil de despertar si se tiene dominio mediático, y lo aprovechan para fidelizar a los suyos y demonizar a los demás. Una estrategia vil, repugnante, nociva a muerte, pero muy efectiva. Ese es el problema.
P: ¿Esas batallas culturales e identitarias que describe en su libro alimentan la polarización política?
R: La alimentan convirtiendo en caricatura al otro, con una etiqueta como fascista, o castrochavista, que reduce todo a un equivalente al mal. Al mismo tiempo, nosotros nos erigimos como el lado correcto, la fuente del bien, de toda moralidad, y a nuestro líder en la encarnación de todas estas virtudes. Luego, nuestro líder es una persona intocable, para la cual no cabe ninguna crítica. Ese es el gran problema de nuestro presente: los nuestros nunca critican a su líder, sí al otro que es el demonio. Eso no solamente daña la política, sino que pervierte a los partidos, pervierte las ideas, pervierte las ideologías y las convierte en simples instrumentos de culto al líder.
P: ¿Qué neceistamos entonces? ¿Una ciudadanía más politizada, que desafíe los postulados del hombre blanco o o ahí está la trampa?
R: Recuerdo que hace unos 15 años el gran problema que se detectaba en la sociedad era su despolitización, y ahora estamos en el escenario opuesto, en la hiperpolitización. Lejos de mejorar la situación, ha empeorado porque hay un culto al sectarismo, una manera de entender la política cercana a la religión mezclada con el entretenimiento. Estamos consumiendo noticias como antes consumíamos productos culturales, estamos afiliándonos a nuestro líder o a nuestro mesías como antes lo hacíamos a las estrellas de rock. Esto no está ayudando a que se hagan mejores políticas, sino a que estemos todo el tiempo peleando por política. Casi que prefiero la despolitización, con un espacio público más aseado y más sano, a esta hiperpolitización de consigna, insulto, odio, símbolo y performance.
P: ¿Qué esperar de la educación? ¿cómo romper ese arte que usted plantea que se ha convertido como una especie de arma ideológica?
R: La educación cumple un papel fundamental. Nuestras sociedades quieren forjar ciudadanos democráticos, pero no hacen absolutamente nada por explicar qué es la democracia. El sistema democrático es complejo y tiene elementos contraintuitivos como defender a las minorías, repartir el poder, tener organismos de control e instituciones que regulan la vida. Es mucho más fácil de asimilar la idea de que quien gana unas elecciones tiene todo el poder, y eso se está empezando a tolerar, aceptar y volver sentido común. Nadie les explica a los jóvenes qué diablos es la democracia, no hay materias en los colegios que se ocupen de ella. Eso explica el por qué la democracia está en retroceso y por qué el populismo va en ascenso.
P: No podemos terminar sin hablar sobre Gustavo Petro: ¿terminará siendo el parteaguas de la política colombiana o la gran decepción?
R: Al punto de hoy, si nos guiamos por las expectativas que creó y por la imagen que tiene de sí mismo, es una enorme decepción. Colombia está un tanto descuajeringado. El problema de seguridad es terrible, el de déficit es realmente serio y lo heredamos por bastante tiempo. Ahora tiene una oportunidad de oro con su visita a la Casa Blanca. Tal vez lo más importante que haga durante su mandato sea calmar a Trump, jugar estratégica, diplomática e inteligentemente para que Colombia salga de la mira del presidente de Estados Unidos.
P: ¿Es posible?
R: Espero que esté muy bien asesorado para esa reunión y que se la tome con mucha responsabilidad, que deje su megalomanía a un lado, que entienda que no se trata de él y de la imagen que va a dejar para la historia, sino de un asunto muy serio para colombianos de carne y hueso, cuyas vidas, prosperidad y futuro dependen de lo que ocurra en esa reunión. No está jugando con un monigote, está jugando con un tipo que es atrabiliario y que juega durísimo. Ojalá: la suerte de Colombia pueda jugarse en esa reunión.

