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Cómo empieza una guerra

Es fácil empezar una guerra. Mucho más difícil es transitarla y, sobre todo, darle fin. Ir a la guerra conserva todavía un simbolismo épico que algunos gobiernos saben utilizar cuando necesitan reforzar autoridad o iniciativa política. Es que apenas se produce, existe siempre un instante de entusiasmo previo a cualquier balance de daños y consecuencias que pudiera traer.

En la confrontación creciente entre Israel, Irán y Estados Unidos, los motivos invocados se acumulan de manera confusa: amenazas nucleares, ataques indirectos, misiles que cruzan fronteras, operaciones encubiertas, advertencias sobre líneas rojas que ya nadie sabe bien dónde están. Cada parte afirma actuar en defensa propia. Cada una sostiene que la escalada era inevitable.

Pero, como decía Kissinger, cuanto más grande es lo que está en juego, más frágiles son los datos básicos que fundamentan la decisión. Si uno lee con atención la reconstrucción que hace el New York Times sobre cómo se llegó a este punto, lo que impresiona no es la contundencia de las razones sino su fragilidad. Surge información ambigua, contradictoria, interpretada bajo presión y directamente subordinada a la urgencia política.

En este punto, el aforismo de Karl von Clausewitz vuelve a ser pertinente: la guerra transcurre en la niebla. Pero hoy esa niebla no es sólo militar; es informativa, diplomática y política. Trump presentó la ofensiva como un movimiento necesario para restablecer la disuasión y evitar un Irán nuclear. Sin embargo, la secuencia de los hechos sugiere algo más impulsivo que estratégico: un cálculo político que privilegia el impacto inmediato, mostrar fuerza, reafirmar alianzas, enviar un mensaje interno, por encima de un plan claro de salida.

Israel, por su parte, sostiene que no puede convivir con una amenaza existencial permanente. Irán responde que la agresión confirma lo que siempre denunció: un cerco destinado a debilitarlo. Estados Unidos quedó atrapado entre el compromiso con su aliado y el riesgo de quedar absorbido en otra guerra prolongada en Medio Oriente. No deja de llamar la atención que la voz más sensata haya sido la de Tucker Carlson, el periodista de derecha que entrevistó a Milei hace un par de años, quien instó a Trump a evitar un ataque sobre Irán.

La niebla también distorsiona la identificación del enemigo principal. ¿Se trata de destruir capacidades militares concretas? ¿De modificar el régimen iraní? ¿De forzar una negociación? ¿De redefinir el mapa de poder regional? Cuando los objetivos no están claramente jerarquizados, la escalada sustituye a la estrategia. Y entonces la guerra deja de ser una herramienta al servicio de un objetivo político y empieza a adquirir una lógica propia, difícil de controlar. Lo único claro es que la lógica adoptada apunta a que los bombardeos logren un resultado decisivo en un plazo limitado, evitando así el despliegue de tropas en el terreno y una incursión prolongada. Algo similar a Venezuela, que -por ahora- no parece el caso.

Lo más preocupante no es sólo la guerra en sí, sino la sensación de que la decisión de cruzar este Rubicón no fue el resultado de una reflexión exhaustiva sobre consecuencias y escenarios. Declarar la guerra es un acto relativamente simple. Pensarla hasta el final, en cambio, exige una prudencia que rara vez sobrevive al primer misil.

Es que en el fondo de estas decisiones existe una dimensión profundamente humana que suele quedar oculta. Los gobiernos hablan de disuasión, equilibrio regional o capacidades militares, pero las decisiones concretas las toman personas sometidas a presiones políticas, al clima de una época, a percepciones sobre el riesgo y la oportunidad. Incluso en los niveles más altos del poder, como el de aquellos que tienen a su disposición el botón rojo, decidir implica moverse entre información incompleta, interpretaciones discutibles y el temor a parecer débil frente al adversario. La guerra, en ese sentido, no surge sólo de cálculos racionales: también es el resultado de cómo los seres humanos procesan la incertidumbre. Es lo que ocurre en decisiones cotidianas, una inversión o una relación de pareja, pero que no tienen este tipo de consecuencias.

Y en un conflicto donde lo que está en juego puede alterar el equilibrio de toda la región, y también del orden global, la fragilidad de los fundamentos no es un detalle menor: es el verdadero problema.

Redacción

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