Desde la vereda de la avenida Belgrano, la escena no promete demasiado. Mueblerías una al lado de la otra, fletes que van y vienen, empleados descargando sillones y vidrieras apretadas. En medio de ese pulso comercial, detrás del gran portón de madera de la Basílica Santa Rosa de Lima, se esconde uno de esos tesoros urbanos que muchos miran sin ver.

Encajada entre edificios, su fachada de ladrillo no permite dimensionar lo que guarda puertas adentro. Sin embargo, al levantar la vista, aparece la cúpula que se eleva más de cincuenta metros sobre el barrio porteño de Balvanera y deja claro que ahí adentro sucede algo distinto. No es solo un templo: es un recorrido cultural, sensorial y, al final, una experiencia gastronómica que convierte la visita en un plan sorprendente.
El café más inesperado de la ciudad

Las visitas guiadas a la Basílica Santa Rosa de Lima se realizan una vez por mes y requieren reserva. Hay que dejar en claro que no es un recorrido apto para personas con movilidad reducida, ya que implica subir y bajar muchas escaleras. Cada tramo vale el esfuerzo. Lo recaudado se destina al mantenimiento del templo, sus espacios y su histórico órgano.
La experiencia dura cerca de tres horas y propone explorar la basílica desde adentro hacia arriba. Se recorren pasillos, terrazas, escaleras de mármol, habitaciones de retiro espiritual y la cripta donde descansan los restos de la marquesa y su esposo, familiar directo del expresidente Marcelo T. de Alvear.

Uno de los momentos más impactantes llega al subir a la cúpula. Desde ahí, la vista panorámica de la ciudad se abre 360 grados, tomando otra dimensión de un barrio con una innegable historia.
En lo alto, además, aparece un pequeño museo suspendido: planos originales, fotos antiguas y objetos que cuentan cómo se construyó y se sostuvo este templo a lo largo del tiempo.
Video: gentileza @vivamosba
El recorrido también cuenta con banda sonora. La basílica conserva su órgano alemán original, que todavía suena en vivo durante las visitas. Las notas recorren la nave central mientras las luces se encienden de a poco, como si la música marcara el pulso del espacio. No es raro que, por un momento, el visitante se olvide de que está en pleno centro porteño.
Pero lo que convierte a Santa Rosa en un verdadero “café oculto” llega al final. Después de subir, bajar y dejarse sorprender por la arquitectura, el recorrido desemboca en el llamado comedor de la marquesa: una sala donde el tiempo parece haberse detenido. Ahí se sirve la merienda.

Café, té, pan casero y pastelería artesanal llegan a la mesa en vajilla antigua para hacer sentir a los visitantes verdaderos miembros de la aristocracia.
Un templo nacido de una promesa

La historia de Santa Rosa de Lima comienza con una mujer y una visión. María de los Remedios Unzué de Alvear, integrante de una de las familias más influyentes de la época, donó el terreno y financió la construcción del templo con la idea de dejar una obra que hablara de lo trascendente. Para eso convocó al arquitecto Alejandro Christophersen, el quien había diseñado el Palacio San Martín y había soñado con proyectar el Congreso Nacional.

En esta basílica se tomó su revancha estética: la cúpula de Santa Rosa es la segunda más alta de la ciudad y dialoga, en espíritu, con aquella que no pudo firmar en el Congreso.

El resultado es un edificio con influencias neorrománicas y neogóticas, vitrales coloridos y muros recubiertos por miles de teselas de vidrio veneciano colocadas a mano por artesanos italianos. Algunas llevan pan de oro y, vistas desde lejos, revelan ángeles, santos y escenas bíblicas que parecen flotar sobre el interior del templo.


