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Cómo se encuentra hoy el colegio de monjas entrerriano donde Emilia Mernes vivió «un calvario» cuando era adolescente

En el corazón de Nogoyá, a metros de la plaza principal y pegada a la Basílica, hay una estructura de muros altos y ventanales antiguos que se destaca entre las casas de la zona. Se trata del Colegio Nuestra Señora del Huerto, un predio que para los vecinos es sinónimo de estatus, pero que trascendió las fronteras de la provincia por una confesión dolorosa: fue el escenario donde Emilia Mernes (29) sufrió en silencio.

En 25 de Mayo 1040, Nogoyá, está la puerta por la que Emilia ingresó tantas veces.

Para entender el contraste entre lo que promete la institución y lo que vivió la estrella pop, primero hay que dimensionar el peso que tiene «ir al Huerto» en esta localidad entrerriana.

El emblema histórico de Nogoyá

El colegio no es un edificio más. Fundado por la Congregación de las Hijas de María Santísima del Huerto hace 118 años, es un verdadero complejo educativo que atraviesa la vida de sus alumnos desde que dejan el jardín hasta que se convierten en profesionales.

En este espacio colmado de libros y estanterías, los estudiantes hacen de todo: desde participar en olímpiadas matemáticas hasta asistir a charlas informativas.

Sus instalaciones se despliegan sobre casi una manzana completa, delimitada por las calles 25 de Mayo, Centenario, Caseros y Quiroga y Taboada. Dentro del marco de sus paredes conviven alumnos que van desde el Nivel Inicial hasta el Nivel Superior (Instituto D-226, un semillero clave donde se forman los futuros maestros y profesores de la zona).

En el patio de la escuela se suceden los encuentros multitudinarios siempre bajo la guía de las hermanas.
Así es por dentro el salón de actos del Colegio Nuestra Señora del Huerto.

Cualquiera que camine por sus pasillos -de techos altísimos y baldosas calcáreas que resuenan a cada paso- va a descubrir que no sólo hay aulas: también hay una capilla en la que se respira respeto y silencio.

Tanto los alumnos de primaria como los de secundaria asisten a misa en esta cálida capilla de bancos de madera y paredes de color limón.
La parte de atrás de la capilla en la que se aprecian los cuadritos del Vía crucis a los lados.

Ahí mismo, entre imágenes de santos y bancos de madera lustrada, se celebran misas y celebraciones religiosas que, dentro de la institución, son tan importantes como los exámenes de Matemática o Lengua.

Del uniforme a la «familia» gianellina

La identidad visual del colegio es inconfundible. Las alumnas llevan un pantalón azul combinado con una chomba blanca con doble franja azul en el cuello y en las mangas. El escudo -en azul y verde- va al frente, justo al lado del corazón.

La chomba que lucen los integrantes de la «familia gianellina» -así se conoce a la «familia» del Colegio Nuestra Señora del Huerto-.
Este es el gimnasio en el que entrenaban Emilia y sus compañeras de curso.

Es un colegio privado confesional con una jornada simple pero intensa, mucha carga horaria de catequesis, actividades pastorales como «la Infancia Misionera» y un fuerte énfasis en la disciplina. De hecho, en su ideario aparece la idea de la caridad «atenta y vigilante», cuando es justamente esa última palabra, «vigilante», la que algunos dirán que resuena con ironía al conocer la historia de la cantante.

Cuando el refugio se volvió trampa: «Nadie hizo nada»

Emilia Mernes llegó al colegio de monjas buscando un entorno seguro después de haber sufrido acoso en su ex secundaria, la Escuela Normal, pero… (spoiler) no lo encontró.

Fue durante su paso por el ciclo PH: Podemos Hablar (Telefe) donde la artista contó su verdad. Frente a la atenta mirada de Andy Kusnetzoff, aseguró que el bullying no sólo no paró al llegar, sino que mutó. «En el colegio del Huerto de Nogoyá había una líder llamada Milagros a la que le molestaba mi existencia», arrancó a describir poniéndole nombre a su agresora.

«Ella me azotaba el banco, me tiraba la cartuchera, gritaba en el aula ‘después de clase vamos todos a tomar mate y comer no sé qué en mi casa, menos Emilia’, y yo veía como todos se iban sin mí…», empezó a enumerar en televisión dando a entender que la violencia no era sutil y que ocurría dentro de esas mismas aulas históricas.

Pero lo que generó más impacto en su Ciudad de aquel relato no fue la crueldad de una adolescente, sino la respuesta de los adultos encargados de esa «vigilancia» que prometía el lema del colegio. «Lo triste es que nadie saltaba por mí. Nadie le decía ‘Che Milagros, está mal lo que estás haciendo’. De hecho, yo en un momento no daba más, lo conté en mi casa y mis papás se fueron a quejar, pero nadie hizo nada. Los preceptores y los profesores hacían oídos sordos», aseguró la cantante ante las cámaras.

Esa desconexión entre los valores que se enseñaban y lo que sucedía hace más de diez años en los bancos le dejó una marca imborrable. Con honestidad brutal, Emilia -aún dolorida por el recuerdo- definió a la histórica institución con una frase lapidaria: «Predican el catolicismo, pero comen santo y cagan diablo».

Tras la viralización de estas declaraciones, que pusieron al histórico establecimiento en el ojo de la tormenta, la respuesta institucional fue el hermetismo absoluto. El colegio -hasta hoy- nunca emitió un comunicado oficial ni respondió públicamente a los dichos de su ex alumna, optando por no confrontar con la artista, mientras que Milagros le pidió perdón.

Hoy, para la ciudad, el Colegio del Huerto sigue siendo un emblema educativo y de caridad; pero, para los fans de Emilia, es el lugar donde su ídola tuvo que aprender a ser fuerte a través del dolor.

Fotos: Redes sociales

Redacción

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