Desde sus novelas y también desde el ensayo, Eduardo Sacheri, escritor de ficciones y profesor de Historia, viene construyendo una consistente narrativa de la Argentina, que ha ganado miles de lectores y que ha impactado más allá de nuestras fronteras.

La insurgencia y la represión en los años 70, la dictadura cívico militar y sus secuelas, el colapso (la estafa colectiva) de 2001, el fútbol como pasión unánime y creación de identidad, son temas recurrentes de su obra. No es extraño que incorpore a ella dos largas novelas con un eje: el conflicto de Malvinas, complejo si los hay.
Después de la guerra del 82, Malvinas, sin dejar de ser una “causa nacional” superviviente en un país fragmentado, remite al bochornoso intento de una dictadura por perpetuarse en el poder a costa de la inmolación de sus jóvenes. Los libros Demasiado lejos y Qué quedará de nosotros, de Sacheri reflejan cabalmente esta contradicción, esta angustiante paradoja.
¿Por qué dedicarle dos novelas, y no breves, publicadas dentro del mismo año 2025? Por un lado, esto dimana de la poética misma de un narrador afecto a expandirse, que suele prodigarse en multiplicidad de personajes, diálogos y cursos de acción. Por el otro, esta narrativa se despliega en dos escenarios que se comunican entre sí difícilmente y con múltiples interferencias. Demasiado lejos asume la perspectiva de la guerra desde el continente. Qué quedará de nosotros, lo que ocurre en el teatro de las islas.
Historia colectiva
Conocedor profesional de la Historia colectiva, el narrador Sacheri sabe contarla novelescamente “desde el margen y desde abajo”, y aplicar el foco de la “microhistoria” sobre sus variados personajes. Fuera de la figura del general y presidente de facto Leopoldo Fortunato Galtieri, presente, pero no protagónica, el resto de quienes desfilan por estas páginas son tan ficticios como representativos (de ideologías, de oficios y profesiones, de perfiles sociales y de época, de posiciones de género), sin perder espesor ni reducirse a meros estereotipos.
Por el contrario, vemos actuar a seres vivos atravesados por pasiones, prejuicios, temores, ilusiones, inclinados a la maldad o a la bondad, ambiciosos o modestos. “La gente común” encarnada en individuos concretos, nuestros prójimos.
La primera novela nos presenta a las familias de los soldados (y entrañables amigos) que protagonizarán la segunda. Todos viven en ciudades vecinas del conurbano Oeste de Buenos Aires: los López, Carlos y Marisa, padres de Carlitos y de dos hijas, dueños de una inmobiliaria próspera; los Gálvez, Hugo y Azucena, padres de Gustavo, alias el Conejo, y de Magalí, que tienen un taller mecánico; parte informal de esta familia es Antonio, un provinciano pobre, ex compañero de colimba de Carlitos y del Conejo, que se hospeda en el taller de Hugo, donde también trabaja. Magalí, aún estudiante de secundario y Antonio, sin recursos para pretenderla oficialmente, son novios secretos, representantes de la única historia de amor romántico en estas dos ficciones. Los muchachos, que volverán a ser llamados a filas, llevan adelante la trama nuclear; seguiremos en vilo, en pos de su destino, de una novela a la otra.
Una de las familias provee también al gran oponente que encontrarán los amigos: el mayor Camargo, tío materno de Carlitos, al que Marisa recurre, en un desesperado intento de proteger a su hijo. Resulta un acierto novelesco que el peor adversario sea interno, que provenga del grupo familiar.
Este personaje oscuro y sin escrúpulos, que no ha tenido reparos en estafar y dañar a su propia hermana y que, según todas las sospechas, ha mejorado en su carrera y en su posición económica por involucrarse en las acciones más aberrantes del terrorismo de Estado, representa la tragedia de la Argentina: una nación que se desgarra y divide desde sus bases, desde sus mismos vínculos fundacionales.
“Euforia”, primera parte de Demasiado lejos, describe con elocuencia el estado de sorpresa y exaltación que vive la sociedad cuando se produce el primer desembarco en las islas. El descontento creciente con el gobierno militar parece esfumarse por arte de una magia triunfalista. Rebrota el nacionalismo más rancio, cuyo vocero es Alessandri, uno de los cuatro personajes secundarios (aunque muy significativos) que se reúnen en el bar Asturias. Sus debates, sus cambios de ánimo y de opinión, son el mejor termómetro del humor social en todas sus variaciones.
Uno de ellos, el maniático Cullen, obsesionado por números y estadísticas, tendrá una función inesperada. Gracias a sus pesquisas aparentemente inútiles, a los parroquianos les será posible contar, por fin, con una maqueta de las islas, de escala real y verdadera precisión toponímica, donde podrán localizar los sitios nombrados en los noticieros, comprobar la fragilidad de las posiciones argentinas y prever también la inevitable derrota.
La campaña de censura, mentiras, eufemismos y ocultamientos, pergeñada desde el poder (con la anuencia de poderosos medios manejados por civiles) es un tema constante de la novela, y se enfoca desde el intrigante y arribista capitán Molinero, designado jefe de las comunicaciones de Estado.
Hasta entonces un burócrata más en la Casa Rosada, logra filtrarse en el círculo de confianza del Presidente y explota, con adulación oportuna, su ambición de convertirse en líder popular. Su vertiginoso ascenso y abrupta caída son contemplados desde otro tipo de funcionarios: los estables, los de siempre, los que han visto a militares y civiles entronizarse y pasar.

Coherente con su realismo integral y panorámico, Sacheri elige representantes de dos estamentos muy distintos: el de algunos diplomáticos de Carrera, como Alcira, que mantienen una mirada tan lúcida como desesperanzada, y el de los dos mozos de la Casa Rosada, invisibles para todos, como robots, pero no ciegos ni tontos, que también intuyen hacia dónde soplan los vientos.
La única épica posible
En Qué quedará de nosotros, la experiencia emocional y crudamente física de los personajes se profundiza y aparece la única épica posible en una guerra delirante. Sacheri toma un camino mucho más explorado en los testimonios de combatientes que en la ficción: narrar la férrea solidaridad interna de un grupo (el de los tres amigos), en el frente de batalla y en las peores condiciones, y también el ejercicio de la responsabilidad y el cuidado en parte de los mandos bajos e intermedios.
Eso no implica que dejen de mencionarse torturas y abusos de poder. Y, por cierto, el maltrato, la humillación de los subalternos, las órdenes irresponsables y absurdas, se hacen siempre presentes en la figura del mayor Camargo, que descarga su sadismo e ineptitud contra su subordinado, el teniente Quinteros. Este es el gran personaje que añade Qué quedará de nosotros a la saga malvinense, no menos conmovedor que los tres soldados a su cargo.
Aunque enmarcada en un sistema tan clásicamente vertical y patriarcal como lo ha sido secularmente el de las Fuerzas Armadas en cualquier país, la práctica de Quinteros es mucho más afín, no al poder que otorga la pura jerarquía, sino al ejercicio de la autoridad, tal como la define la filósofa feminista Luisa Muraro: ser jefe, le explica en vano a un bisoño subteniente admirador de Camargo, “significa aprender qué órdenes dar, y cuáles no”, “no es cagar a pedos a los subalternos”, que solo “van a confiar en sus jefes si los ven sacrificarse como ellos y, si (…) saben que entienden cuánto se están sacrificando”.
Quinteros, que tiene genuina autoridad porque merece respeto, se guía por la racionalidad y por la responsabilidad hacia quienes están bajo su mando. Mientras los generales se pierden en feroces discusiones internas y dan órdenes contradictorias, él cuida, sobre el terreno, las vidas de los suyos y los sostiene hasta al fin.
¿Hubo en la realidad histórica oficiales como Quinteros? En la literatura de ficción (desde Los pichiciegos, de Fogwill, a Las islas, de Gamerro, entre otras novelas) dominan las representaciones negativas que presentan el accionar de las fuerzas nacionales sobre los cuerpos de sus soldados como una prolongación de las torturas aplicadas en la represión clandestina.
Apoyándose en testimonios y entrevistas, Sacheri elige reponer también otras figuras, otras conductas, que añaden matices sin bajar línea a la lectura.

La pregunta que da título a la segunda novela la hace Carlitos a Quinteros, en la última conversación que se registra entre ambos, ante la certeza de que la guerra está perdida: “¿Se acordarán, allá, de que peleamos? ¿De todo lo que nos pasó? ¿De lo que hicimos acá? ¿O pasará el tiempo y la gente en una de esas prefiere olvidarnos? (…) Me pregunto qué quedará de nosotros. Si es que queda algo, ¿vio? En la memoria de la gente, después…”.
Instrumento fallido de una dictadura agonizante, que logró, empero, movilizar el apoyo de multitudes, la guerra significó por mucho tiempo vergüenza y olvido. Con estas dos novelas que forman una, la memoria coral de la buena literatura cumple su función reparadora.
Demasiado lejos y Qué quedará de nosotros, de Eduardo Sacheri (Alfaguara).

