“Tengo una corazonada de que algo va a ser esto. Tenemos que meterle corazón y algo va a salir”. Eran las dos de la mañana y Rubén Córdoba junto a Marita, su esposa, estaban rastrillando con una carretilla. No se habían dado cuenta de la hora. Era verano y el silencio de las estrellas, en el medio de la nada, hacía que parezca una noche más de limpieza en ese campo vacío en medio de la Patagonia.
Cuando recuerda el momento, Rubén se emociona. Recuerda que muchos le dijeron que estaba loco, que era imposible hacer algo en ese sitio, pero él vio algo diferente: un lugar con historia, con un paisaje inhóspito y un sueño.
Estancia El Sol se encuentra a 82 kilómetros de Comodoro Rivadavia, en medio de la meseta patagónica, sobre la ruta provincial 27, pasando el Cañadón Ferrais. Para llegar al lugar se debe atravesar un tramo de ripio y un camino que el propio Rubén construyó cuando aún no había nada.
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Siete años después, el paisaje es muy diferente. La casa de 1920 es habitable, hay un quincho al aire libre para recibir a decenas de personas y varios proyectos avanzan a paso firme, entre ellos una hostería, una casa de té y un escenario. Pero también hay una capilla en medio del desierto, una osadía que Rubén se propuso por amor a su madre, devota de la Virgen María del Rosario de San Nicolás. “Sentí que, como hijo, quería hacer algo para poder estar más con ella”, dice con emoción cuando comienza a contar esta historia de película.
Rubén construyó una capilla en medio de la nada. Foto: Fredi Carrera.
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Una vida de trabajo y sueños
Rubén es comodorense, oriundo de Laprida, “el barrio más lindo de Comodoro”, dice con orgullo. Hijo de catamarqueños, creció entre la fe y el trabajo, y a los 11 años, cuando dejó la escuela, decidió aprender un oficio.
“Tuve la suerte y la gracia de Dios de que un gringo, Nicolás Milkovic, que fue mi mentor en el barrio, me abrió las puertas de su taller y trabajé con él hasta los 20”, dice con agradecimiento al recordar sus inicios. “Yo le pedí que me enseñara, no quería que me pagara, y ahí aprendí todos los oficios: maquinista, mecánica, soldadura, gomería. Hacíamos todo ahí y eso me permitió desarrollarme en la vida en cualquier oficio, siempre con actitud, que es lo importante”.
Rubén vivió la vida rápido. A los 15 conoció a Marita, su esposa, y dos años después se convirtieron en los papás de Belén. Por ese entonces, continuaba trabajando en el taller con don Nicolás, pero un día sintió que tenía que dar un paso más y siguió su camino.
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“Necesitaba dar un pasito más para mejorar el sueldo. Me costó, pero tuve que decirle que me iba a ir. Lloramos juntos. Él ahora tiene 80 años y sigue siendo mi amigo; es como mi segundo padre. Pero durante mucho tiempo seguí trabajando con él. Cuando salía de trabajar iba y lo ayudaba. Es una gran persona”.
Con don Nicolás, Rubén conoció el mundo de los áridos y el oficio de maquinista, que le permitió trabajar durante 10 años en la empresa Torraca. Cuando lo cuenta recuerda a don Vicente, esos años de trabajo arriba de la máquina y su ambición de poder progresar.
“Ahí estuve 10 años y fui ahorrando para comprar un semi y después me endeudé hasta la cabeza para comprar un camión. Ahí arranqué. Estuve endeudado varios años, hasta el límite de tener un capital pero no tener nada. Pero le metía. Cuando salía de vacaciones, me iba a trabajar a Burgwardt a hacer reemplazo de maquinista y ahí conocí al jefe y le comenté que me quería comprar un camión. Me dijo: ‘Comprá y cuando lo compres te doy trabajo’. Y así fue. El día que me metí, lo fui a ver y me dio trabajo. Trabajé en Burgwardt haciendo locaciones con el camión durante cinco años, hasta que en 2009 se terminó la época de laburo”.
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Rubén junto a Nicolás Milkovic, el hombre que le enseñó diferentes oficios cuando solo era un niño. Foto: Archivo familiar.
Cuando el trabajo bajó, Rubén se fue a Perito Moreno a trabajar para Contreras. Allí conoció a Juan José Hamer, su socio, con el que montó su propia empresa.
“Nos conocimos y los fines de semana que paraba para Contreras le iba a fletear a él, pero se paró el trabajo por problemas sindicales. Me vine a Comodoro y un día me dice: ‘¿Qué podemos hacer?’. Yo le dije: ‘Me crié en canteras’ y él me apadrinó para arrancar. Él fue el que me ayudó para hacer Febisa Mix. Fue un año probando; veíamos difícil entrar a Comodoro, pero con mucha ayuda de todos y de muchos amigos que colaboraban se fue dando. Hoy tenemos 22 empleados y la luchamos como todos, día a día, y queremos mejorar”.
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Hacer para emprender
Rubén no se considera empresario. “Soy emprendedor”, dice con humildad y lo explica. “El estudio para mí es una parte muy importante que un empresario necesita para desarrollar un montón de cosas. Yo tengo 7.º grado y siempre me he considerado emprendedor. Me gusta hacer cosas, inventar, arrancar; capaz de brutalidad, hago muchas cosas por inercia. Digo: ‘lo voy a hacer’. Vos te preguntás: ‘¿es negocio?’. Y por eso no me considero empresario, porque el empresario calcula antes de hacer negocios, calcula si está bien o está mal. Yo arranco siempre al revés, a prueba y error, y he tenido mis inconvenientes también, pero es la debilidad de mi ser, de querer hacer y después le doy forma”.
El hombre admite que Marita es su gran apoyo y su pilar fundamental en este camino. «Ella lo es todo, porque yo no podría haber hecho nada sin Marita; siempre me guió y me hizo las críticas que tenía que hacerme. Hasta el día de hoy yo le digo: ‘si algún día vos ves que se me suben los humos, hacémelo saber’, porque alguien te tiene que poner los pies sobre la tierra».
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Junto a Marita, su compañera hace más de 30 años. Foto: Archivo familiar.
Juntos llevan 33 años casados y dos hijas: Belén y Agostina. Ellas también son parte de la Estancia, este campo de 20.000 hectáreas que la empresa compró hace unos años para tener materia prima para los áridos.
“Muchos amigos me dijeron que estaba loco, ni regalado me vengo acá, pero mi idea era darle vida a esto, porque nosotros veníamos y la casa estaba destruida. Entonces no podía entrar mi familia, no podía entrar nadie, y empecé a trabajar en la casa: hacer los pisos, los techos, hasta que la pudimos empezar a usar. Ahí comenzamos; empecé a limpiar y un día estábamos con Marita y le digo: ‘¿Viste la hora que es? Las dos de la mañana’, y nosotros seguíamos rastrillando con carretillas. Y le dije: ‘Tengo una corazonada de que esto va a ser algo. Tenemos que meterle corazón’, y se fue dando. Arranqué con el quincho, a armar esto, y cuando le dije a mi socio, me dijo: ‘Hacelo para vos y la familia y que la empresa te ayude a darle forma’. Entonces dije: ‘Pruebo’; por eso voy a estar agradecido de por vida. Porque cuando encontras un socio que te deje hacer no tenés límite. Le metés nomás, pero acá no había nada, no había camino, no había nada. Quince días tardé en hacerlo porque estaba destruido porque el agua lo había borrado”.
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Junto a su socio Juan José Hamer. Foto: Archivo familiar.
Rubén comenzó con la restauración de la casa y quiso plantar árboles. Cuenta que fracasó en los primeros intentos, hasta que pudo llevar agua. Hoy tiene más de 1.200 árboles que crecen a paso firme.
El campo está a 82 kilómetros de Comodoro Rivadavia. Foto: Fredi Carrera.
Como el lugar tiene historia y diversas formaciones rocosas, pensó en hacer un emprendimiento turístico para que la gente lo pueda conocer y cumplió el sueño de su vida: tener sus propios burros, aquellos animales que conoció en su infancia en la tierra de sus padres y que lo enamoraron.
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Hoy el lugar cuenta con una casa para el puestero, una cortina de árboles con el nombre de su esposa, 13 burros, algunas vacas, entre otros animales: ovejas, gallinas, una cabra y hasta un loro que va y viene entre Comodoro y la estancia.
Rubén junto a uno de sus burros, los animales que conoció cuando era un niño y que hoy cuida. Foto: Fredi Carrera.
Pero todo cambió cuando tuvo la idea de construir una capilla para aquella virgen de la que su madre es devota. “Esto comenzó luego de que falleció mi papá. Sentí que, como hijo, quería hacer algo para poder estar más con mi madre. Ella, por depresión, llegó a la virgen hace 32 años; es coordinadora y colabora en los viajes de peregrinos que van a la virgen de San Nicolás, pero yo nunca había ido. Mis hijas sí, mi esposa también. Mis hermanos también la han acompañado y sentí que necesitaba estar más conectado con mi mamá. Siempre le daba prioridad al trabajo más que a la familia y se dio la oportunidad de ir a conocer el lugar.”
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«Me acuerdo que empecé a caminar, escuché un poco la historia, cómo formaron la obra, cómo se presentó la virgen y fui a preguntar cuánto salía una virgen para poder traer una. Y cuando vi la imagen que era grande, pensé ‘quiero esta’. La señora me dijo: ‘tiene que pagar la mitad y la otra mitad cuando la retire. Va a tardar un año porque es una réplica. Pero hay otro inconveniente, usted necesita que el obispo le dé el visto bueno para que la imagen no quede en un galpón, tiene que quedar en una capilla’”.
Rubén junto a su madre. Admite que cuando falleció su papá sintió que tenía que estar más cerca de ella y así conoció a la virgen de San Nicolás. Foto: Archivo personal.
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Rubén compró la réplica y, junto a su mamá y su hija Agostina, eligieron el lugar donde iba a construir la capilla. En principio pensó en un lugar pequeño que permitiera resguardar a la Virgen y poder compartir un momento con ella. El plano lo dibujó en un cuaderno, pero los planes cambiaron cuando un amigo lo visitó y le ofreció ayuda para construirla.
“Estaba dibujando en un cuaderno lo que quería hacer y vino un amigo a visitarme y me vio dibujando. ‘¿Qué estás haciendo?’, me preguntó. ‘Quiero hacer una iglesia para mi mamá’. ‘¿Y qué necesitás?’, me dice. ‘Ladrillo’, le digo. ‘Pero si vos vendés arena, ¿por qué no hacemos canje? Te doy ladrillo y hierro. Si hacemos las cosas bien, vamos a trabajar toda la vida juntos’. Así que me animé a soñar un poco más grande y le hice un portal, los baños, la habitación para que el padre se pueda vestir, el campanario y tuve la suerte o la bendición de Dios, porque hubo algo que me ayudó”.
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Su madre y su hija el día que eligieron el lugar donde se iba a construir la capilla. Foto: Archivo personal.
Rubén se emociona cuando cuenta cómo se gestó la capilla. El constructor, Carlos, había sido catequista en su país y lo tomó como una misión. La carpintería Zambón construyó los bancos, le hizo precio y le regaló uno. Las maderas de las puertas también se las regaló un amigo y las piedras del altar salieron del mismo campo. Mientras que el atril lo hizo un soldador amigo de Rubén y la imagen de Cristo se la llevó un amigo que es ateo pero sintió la necesidad de colaborar. La cruz, en tanto, está hecha con madera de El Bolsón.
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La capilla tiene 90 metros cuadrados y fue inaugurada el 9 de marzo del año pasado. Asistieron cerca de 500 personas, quienes llegaron en vehículos y hasta en un colectivo, algo soñado para Rubén.
“Siempre era algo que pensaba. Si un día entra un colectivo, va a tocar la trompa y no va a poder entrar. Así que trabajé mucho en eso, soñando que iba a entrar un colectivo algún día y el día que íbamos a inaugurar. Muchos amigos me ayudaron a armar, a colaborar, vinieron amigos con caballos a desfilar. Se enlazaron muchas energías y muchas personas. Yo creo que la Virgen quería estar acá. Se tenía que dar porque esto se dio soñando, pero siento que algo divino pasó”.
El día de la inauguración, cerca de 500 personas visitaron la capilla. Foto: Archivo familiar.
El próximo 15 de marzo, la estancia celebrará el primer aniversario de la capilla. Ese día, a las 11:30, habrá una peregrinación, acompañando a la Virgen desde la cruz, mientras que a las 12:00 se celebrará la primera misa. Así, la capilla celebrará su primer año de vida.
Rubén junto a su familia.
Rubén admite que es un sueño todo lo que está viviendo con su familia. Él quería que fuera gente al campo y cada vez los visitantes son más frecuentes. Entiende que la tranquera siempre tiene que estar abierta para que quien quiera pueda visitar a la Virgen.
“Yo siento que la tranquera tiene que estar abierta siempre; yo no siento que puedo limitar a alguien, que puedo poner un horario para el que quiera venir a la iglesia: la iglesia va a estar abierta siempre. Siento que es como algo más grande; el obispado, en algún momento, se hará cargo, pero yo, con que venga gente a compartir y estar, tengo el sueño cumplido. Que algo que era totalmente desierto hoy tenga vida; con eso ya estamos. El resto es tener salud, que es lo más importante: que tu familia te acompañe, que la mesa esté llena, que tu familia esté; no aspiro a más que a eso”, dice el hombre que construyó una capilla en el medio de la nada por amor a su madre.



