El mes de abril debería actualizar su refrán más famoso con la rima “libros mil.” A pocos días de la insuperable celebración de Sant Jordi –no olviden que este año encontrarán a las incansables floristas de la Rambla en la plaza de Catalunya, esquina Bergara– uno se atreve a desear que William Shakespeare hubiera estado en Barcelona. Viendo cómo los mercaderes de Verona hacen creer a medio mundo que Julieta realmente vivió y lloró en un balcón medieval, aquí podríamos montar algo similar y no lo haríamos nada mal, considerando todo lo logrado con Gaudí y Picasso.
Tendríamos alguna inscripción allí donde se hubiera alojado, en la línea de lo que siglos después se hizo en el hotel Oriente con Hans Christian Andersen -no así con George Sand, ya que la placa municipal en el Cuatro Naciones solo recuerda a su hombre, Frederic Chopin– y se harían camisetas y mapas y guías con fotos de sitios relacionados con el escritor inglés.
Más allá de oportunismos y exageraciones políticas a favor o en contra, estamos en deuda con Cervantes
O no…
Quien sí estuvo en nuestra ciudad, y sin fabular, fue el gran coetáneo de la literatura universal: Miguel de Cervantes. No solo eso. También hizo que el protagonista de la primera novela moderna recorriera nuestras calles, aquí descubriera una imprenta donde él mismo desenmascaraba a un plagiador y recuperara la cordura al ser derrotado en la playa barcelonesa. Pero parece que aquí no se haya enterado casi nadie. Reivindicar El Quijote , a según quién, le puede dar cierto miedo porque en su resumen de Barcelona hay descripciones para todos los gustos, o disgustos: “archivo de la cortesía, albergue de los estranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única.”
¡Cuántas ciudades del planeta darían lo que fuera por aparecer así en El Quijote ! Cervantes nos lo hizo gratis y, más allá de oportunismos y exageraciones políticas a favor o en contra, estamos en deuda con él. De momento, podemos seguir su rastro empezando, de modo algo inconexo, en el rosado parque de Pedralbes. A continuación, trasladarnos hasta el Call y dar con la tienda que aún luce el nombre de Dulcinea en los bajos de la casa que fue una imprenta. Buscando la calle Cervantes, seguir hasta el paseo Colom y ver la placa en la casa donde –quizá– se hospedó el autor. Luego, entrar en el vestíbulo del hotel Duquesa de Cardona para admirar el facsímil de un original de El Quijote , y hacerlo mirando hacia el mar recordando el duelo con el Caballero de la Blanca Luna. Desde allí llegaremos hasta el renovado Museu de Cera donde, aquí sí, nos esperan Cervantes, su ingenioso hidalgo y también el analfabeto y sabio Sancho Panza. Y, por el mismo precio, encontraremos otra figura adecuada para el psicoanálisis barcelonés: Copito de Nieve. El único gorila albino de la historia que, después de vivir 37 años en una jaula del zoo, fue incinerado para respetar su dignidad.



